La calle del beso

Alfredo frisa la veintena y camina por una estrecha calle. Luce el sol en un día que ya conoció el mediodía y avanza hacia la tarde. Alfredo se apellida Fernández y camina mirando hacia delante por la estrecha calle que acaba de enfilar tras doblar la esquina de la que dejó atrás, que lleva Búho por nombre.

Quizás sea por eso que, de cuando en cuando, lanza miradas hacia atrás, como si buscara algo o a alguien. Se cerciora, abre bien los ojos. Cuando vuelve a posarlos en lo que le queda de calle, sonríe. No está solo. Se le acerca una joven. Es pecosa y menuda y lleva el pelo recogido en una larga trenza. Ella también sonríe, o al menos eso le parece a él. Lo que sí hace como él es lanzar miradas hacia atrás con idéntico propósito. Al igual que él, ella entró en la estrecha calle tras doblar una esquina y dejar atrás otra calle, la del Cristo, lugar al que mira ella -se llama Casimira, Casimira Hernández. Alfredo la conoce-, como si quisiera asegurarse de que nadie la ha visto entrar en dicha estrecha calle. Ninguno de los dos se detiene en su andar. Avanzan paso a paso, con calma, mirándose. Sólo cuando están lo suficientemente cerca se dedican la mejor de sus sonrisas. Y se cruzan. En ese instante, Alfredo gira la cabeza y besa en los labios a Casimira, que cierra los ojos mientras abre la boca. El instante es efímero, pero para ambos sabe a eternidad. Se separan y siguen caminando hacia delante, cada uno en sentido contrario al que tomaron cuando entraron en la calle. Antes de doblar la esquina se giran para mirarse por última vez. Sonríen. Luego, Casimira y Alfredo lanzan miradas en derredor para asegurarse de que nadie los ha visto. Y suspiran.

***

―¿Y si gano yo?

―El premio me lo das tú allí.

―Ya. Pero, ¿y si el que ganas eres tú?

―Entonces seré yo quien te dé el premio.

―Pero el premio es el mismo…

―¿Acaso quieres otro?

―No, no…

―¿Quieres?

―¡Por supuesto!

―¡Pues vamos!

Fue sonar la última palabra y echar a correr los protagonistas de tan particular diálogo. Quien lo inició fue una joven de larga y azabache morena y largas piernas. Rosa Pérez, se llama, y con apenas dos zancadas toma ventaja a su contrincante en la peculiar carrera que han determinado emprender. Al contrincante lo bautizaron como Celestino García y es algo más bajo y rechoncho que ella, por eso le cuesta seguir el ritmo de la muchacha. No llegan a la veintena y se conocen desde que apenas levantaban cada uno un palmo del suelo. Rosa es guapa a rabiar y su madre vigila cada paso que da. Un panal de miel que atrae a demasiadas moscas, considera la progenitora. Demasiado moscón a su alrededor, le repite a Rosa para que tenga cuidado. Más o menos guapos, con más o menos posibles, todos se presentan ante ella, la pretenden. Ella, sin embargo, los rechaza a todos menos a uno. Ese uno es Celestino, que no es ni guapo ni feo, pero que tiene algo que a ella le hace mucha gracia y sentirse a gusto en su compañía.

―¡Te voy a ganar! ―chilla ella ufana desde su posición adelantada.

―¡Ya… no… puedo… más! ―resopla él, casi sin respiración.

Rosa dobló la esquina de la calle San Miguel y entró en la estrecha callejuela donde se encuentra la imaginaria meta sabiéndose ganadora. A la mitad de la calle se detiene y alza los brazos. Tarda en ver entrar a Celestino, que arrastra su humanidad como buenamente puede. Incluso le cuesta llegar hasta ella, que lo recibe con una sonrisa.

―¡Gané! ―le dice ella levantando los brazos de nuevo.

―Demasiado… rápida ―a Celestino le cuesta respirar ― para mí.

Rosa baja los brazos y con ellos rodea la cabeza de Celestino. Antes de hacerlo echó un vistazo a un lado y otro de la calle. Y lo besa. El beso se eterniza. Se separan y aún con los ojos cerrados, ella pregunta:

―¿Otra mañana?

―Vas a acabar conmigo… ―replica él, ya algo más recuperado, con una sonrisa en los labios.

Una bandada de pájaros cruzó el cielo. Celestino toma la calle del Búho y Rosa la del Cristo. Tienen que descansar. Mañana les espera otra carrera.

***

―¿Y dices que fue ella?

―Ella, sí.

―¡Pero si ya no tiene edad para esas cosas!

Tomás Gil y Teodora Rubio llegan a Aldeanueva. Día duro, sol abrasándoles la cabeza desde media mañana, apenas protegida con un pañuelo. Toca segar, y cuando regresan al pueblo el mismo sol que los ajustició casi toda la jornada se marcha ahora tras la sierra dejando un reguero de llamas en un cielo rojizo. Han perdido la cuenta de los años que llevan casados. Veinte, quizás treinta. Hablan de vuelta a casa. Y ha sido ella, Teodora, la que sacó la conversación que siguió él, Tomás, que no acaba de creer lo que le cuenta su esposa.

―¿Pero estás seguro que fue Fulgencia?

―¡Te digo que fue ella! ―replica Teodora a su esposo con vehemencia―. ¡Que bien me conozco los andares de la Jiménez!

―Así que con el Vicente…

―Con tu amigo, el Gilarte. ¡Mira qué callado se lo tenían los dos!

―Porque… ―Tomás se rasca la cabeza antes de contestar―. Claro, si… ―vuelve a rascársela―. Pero, ¿seguro?

―¡Para que no les viera nadie allí! Por eso entraron en la calle. ¡Y a oscuras!

―¡Virgen santa! ―resopla Tomás―. ¡A su edad!

―¡Habrase visto! ―zanja Teodora la conversación.

Sin darse cuenta, ambos han entrado en la Calle del Beso, el lugar al que aludieron en su conversación. Una calle estrecha donde, dice la leyenda, los novios se besan. Una calle apartada de miradas furtivas, tranquila. «Pues ya que estamos aquí…». Tomás hace ademán de besar a Teodora, que lo rechaza. Tomás se duele de la sonora bofetada recibida.

―¡Velaílo! ¡Ni que fuésemos zagales!

Enfurruñada, ella sigue hacia delante. Varios ojos la siguen al salir de la calle del Beso, al igual que hacen con Tomás. Esperan a que la calle esté vacía para entrar en ella. Su amor espera aprobación. La de la calle. Como siempre fue.

Relato publicado en la Revista Pencona, en julio de 2017

REVISTA PENCONA 2017 baja-14

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