La caza y hundimiento del acorazado Bismarck

Las guerras están llenas de episodios deliciosos, de anécdotas que, en sí mismas, son tanto o más interesantes que las guerras; de momentos que pasan a la historia, que quedan grabados por lo siglos de los siglos en el ideario general. Uno de esos momentos ocurrió tal que hoy hace setenta y ocho años, cuando la aviación y la marina inglesas mandaron al acorazado Bismarck, el orgullo de la armada nazi, al fondo del mar matarile, rile. Ale, al lío.

Verlo ya daba miedo. El orgullo de los mares del tío Adolfo, el terror de las flotas aliadas. Un monstruo de acero de 251 metros de eslora —o sea, a lo largo. Diez menos que el Titanic, para que os hagáis una idea—, 36 de manga —ancho—, planchas de blindaje de 32 centímetros —como un disco de vinilo, más o menos. De largo, digo, no de canto—; y luego, artillería para aburrir: 64 cañones, torretas para defensa antiaérea, cuatro hidroaviones clase Arado Ar 196. En total, más de 50.000 toneladas de desplazamiento a una velocidad máxima de 55 kilómetros por hora. Y en su tripas, cerca de 2.000 tripulantes. Lo dicho, que más de uno y de dos se iban por la patilla al encontrarse de frente con semejante bicho.

El tío Adolfo en persona asistió a su botadura el 14 de febrero de 1939 en medio de la algarabía nazi acostumbrada para estos menesteres. O sea, mucha bandera, mucha cruz gamada, y el tío Adolfo pegando alaridos a la concurrencia; y de alegría en cuanto la proa del Bismarck tocó el mar. Insumergible. Eso dijo del barco llamado Bismarck en homenaje al hombre clave de la unificación alemana de 1871.

Y en cuanto se hizo a la mar, la lio floja. Barcos hundidos por aquí y por allá, pánico entre los marineros de la armada inglesa… Así que, claro, un bicho así no podía andar suelto sembrando el pánico en alta mar, por lo que el alto mando inglés decidió hundirlo costara lo que costara. Eso ordenó John Tovey, almirante inglés y comandante en jefe de la flota británica del Atlántico. Lo único que sabía del Bismarck a mediados de mayo de 1941 es que andaba por alta mar para que así no lo pescaran en puerto alguno, o bien no fuera tan fácil torpedearlo y dejar listos de papeles a sus tripulantes. Hasta que el 19 de mayo de 1941 lo avistó un crucero que navegaba por el Estrecho de Kattegar, entre Jutlandia y la costa de Suecia. Y Tovey dio la orden: al fondo del mar con él.

La que montó el colega para hundirlo fue floja: mandó a casi toda la flota del Atlántico en su búsqueda, y además escuadrillas de aviones de reconocimiento; y también apostó una escuadra de cruceros entre las Islas Feroe e Islandia. Y no se quedó en un despacho esperando acontecimientos, sino que embarcó en el King George V para ver con sus propios ojitos cómo el Bismarck dejaba de flotar para siempre.

En cuanto la niebla, espesa en la zona, levantó, se lio la marimorena. El Bismarck partió en dos un barco inglés, el Hood, de un cañonazo, aunque también los de la pérdida Albión le atizaron candela de lo lindo. Lo peor, que a consecuencia del encontronazo, perdía petróleo a mansalva, y la única posibilidad de repararlo estaba en la Francia ocupada, bien en el puerto de Saint Nazaire, bien en el de Brest.

Un día entero estuvieron los ingleses buscándolo desde el aire, hasta que lo encontraron el 26 de mayo. Al caer la noche, lo cercaron, la tripulación del Bismarck aguantó el tipo como pudo, y aún mandó a más de uno y de dos barcos ingleses a visitar el fondo del Atlántico; y en estas, el capitán del acorazado alemán, que no hacía más que decirle a su tripulación: “Nada ni nadie puede hundir al Bismarck. La fuerza espiritual de nuestro Führer lo sostendrá a flote y vencedor por toda la eternidad…”. Antes de que amaneciera el 27 de mayo, y tras una noche de intenso combate, el Bismarck se fue al fondo del mar, matarile. Su último mensaje: «Barco imposible de maniobrar. Lucharemos hasta el último proyectil. Larga vida al Führer».

Dicen que cuando el tío Adolfo se enteró de la noticia, se encogió de hombros. Total, siempre confió más en el ejército que en la marina.

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