La conquista de Jerusalén

Y al fin, un acontecimiento Hors catégorie, que dicen en el pueblo donde nací, lo que sucedió tal que un 15 de julio de 1099; lo mejor de lo mejor de cada casa se juntó allí, a las puertas de Jerusalén. Ni misericordias ni hostias. Eso fue el asalto y conquista de aquella ciudad a manos de los cruzados.

Recapitulando que es gerundio, todo comenzó a finales de 1095, cuando su santidad Urbano II, viendo que las masas estaban más calientes que el palo de un churrero con eso de que Jerusalén estuviera en manos de los infieles, pegó cuatro gritos en el Concilio de Clermont —realmente, lo que se dice pegar, fueron tres: Dios lo quiere—, e instó a la peña a dejarse la vida si fuera preciso con tal de recuperarla para la cristiandad.

Así, durante unos cuantos años, lo mejor de cada casa, como ya he dicho —allí había desde nobles hasta rateros, pasando por gente con cuentas pendientes con la justicia deseosa de no acabar colgada en una horca—, y tras prepararse para el asunto, se dedicó a marchar hacia Jerusalén conquistando lo que se pudiera asaltar/conquistar en el camino, como ocurrió con Antioquía —con Arqa no pudieron. Cosas que pasan—, hasta alcanzar las jerosimilitanas.

Ya allí, la peña congregada a la voz de su Santidad se dedicó a preparar el asedio a conciencia. Y cuando creyeron estar listos, se lanzaron contra aquellas murallas —13 de julio—, pero la cosa acabó malamente, tra tra. ¿Se desanimaron? En absoluto, que la vida siempre está llena de segundas oportunidades.

Y esa les llegó la noche del 14 al 15 de julio de 1099.

Pero, hasta entonces, los alrededores de dichas murallas se convirtieron en un vodevil, procesión de los cruzados descalzos rodeándolas incluida porque así lo quiso Pedro Desiderio, un cura que dijo haber tenido una visión. El colega se despachó asegurando que alguien le había pedido que ayunaran durante tres días y que después marcharan todos descalzos en procesión. Así, entrarían en Jerusalén. Claro que como para pedirle tres días de ayuno a una peña que daba como cosica verla, que raro era el día que se llevaba algo a la boca. Ayuno es todos los días, le pudo decir más de uno y de dos. Pero la procesión se celebró. Y mientras, venga a construir torres de asedio como si no hubiera un mañana con la madera de los barcos llegados a Tierra Santa para ayudar a los cruzados, que fueron enviadas a las murallas de la ciudad la noche ya mencionada entre la sorpresa y conmoción de los defensores.

Una noche preciosa de unos subiendo escalas y otros echándolas abajo, de torres de asedio llenitas de soldados con unas ganas de dar rienda suelta a todo el odio acumulado durante meses —que era mucho—, de saetas incendiadas volando por un cielo que parecía de día… De todas las barbaridades que os podáis imaginar, y más, hasta que los cruzados lograron penetrar en la ciudad y convertir sus calles en ríos de sangre, y no exagero. Ojo a cómo contó cómo fue aquello Raimundo de Aguilers, canónigo de Puy: «Estábamos a punto de presenciar escenas maravillosas. Algunos de nuestros hombres (y esto fue lo más piadoso) les cortaban la cabeza a los enemigos; otros los abatían con flechas haciéndolos caer desde lo alto de las torres; otros los torturaban un poco más, lanzándolos a las llamas. En las calles de la ciudad se veían montones de cabezas, manos y pies. Había que ir sorteando cadáveres y caballos muertos. Pero esto fue insignificante en comparación con lo sucedido en el templo de Salomón…».

¿Que qué pasó allí? Por resumir, fueron asados vivos los cerca de 2.000 judíos —mujeres, niños, ancianos. De todo—, que buscaron refugio. Cosas de la conquista de Jerusalén por parte de los cruzados tal que un 15 de julio de 1099.

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