La copa de la muerte

Sostuvo la copa en el aire. A través del líquido ambarino se filtraba la luz de la lámpara del techo. La examinó en silencio. El mismo que se extendía a su alrededor, donde cuatro ojos lo miraban expectantes. Antes fueron doce.

Esbozó una sonrisa esquinada y suspiró antes de abrir los labios. Un gesto mínimo pero suficiente para que el silencio se deshiciera en pequeños murmullos que emitió el tipo que tenía enfrente. La copa, el hombre que la sostenía para llevársela a los labios. Sus labios. La sonrisa esquinada se convirtió en una risa que desconcertó al que lo seguía observando con interés. Seis personas anónimas, sin más nombre que el pronunciado antes de sentarse ante aquella mesa donde tantas copas esperaban a sus respectivos comensales. En el centro, una importante suma de dinero. Billetes de todos los valores y colores, uno tras otro, puestos sobre la mesa al calor del alcohol y de la valentía que dicha sustancia despierta hasta en los corazones menos valientes.

Y un tipo, como él, esperando el momento. Los demás ya no contaban, y el reloj descontaba los minutos que faltaban para la muerte.
 
vaso de whsikyEl que tenía la copa en la mano lanzó un rápido vistazo al centro de la mesa. ¿Cuánto dinero habría allí? Se lo volvió a preguntar una vez más. Había perdido la cuenta de las veces que vio caer los billetes sobre el mantel de cuadros, dejados por manos que cada vez temblaban más. Y a él ya no le quedaban más billetes en el bolsillo. Una pena, se lamentó. Por no seguir jugando, por no ver cómo el otro, su oponente, caía en la mesa como un fardo. Igual que hicieron los otros. Quién sabe… Se llevó la copa a la nariz. Whisky bueno, sin duda. Lo sirvió un tipo vestido de manera impecable que, de pie, apartado de la escena, no despegaba la vista de la mesa. A su lado, un pequeño carrito con copas, una cubitera llena de hielos y una botella de whisky cuya longevidad todos desconocían menos el tipo vestido con elegancia. `La copa de la muerte’. Así se llamaba el juego en el que decidió participar el hombre que sostenía la copa. Era de experiencias fuertes, de bailar con la muerte y contemplarla con la lucidez suficiente como para saber dónde estaba el camino de no retorno.
 
Y con dinero siempre de por medio. Mucho, demasiado para malgastarlo en una vida sin freno que tenía una fecha de caducidad fijada: cualquier día. Es lo que tiene jugar.
 
Y la muerte esperaba en la puerta, riéndose. Se iría con un gran botín de aquella sala.
 
La copa de la muerte no tenía reglas: seis jugadores, cinco copas mortales. Cuatro ya habían ingerido la suya después de quedarse sin dinero, como le ocurría a él. Unos billetes retrasaban consumir la copa propia y obligaba al siguiente a pagar para no beber… Si podía. Él, ya no. Quien ganara se levantaría de la mesa con una gran suma de dinero. Y vivo.
 
Sintió el frío del cristal al posarlo en su labio inferior sin dejar de mirar al tipo que tenía enfrente. Después, miró en el hombre que iba vestido de manera elegante. Y, por último, reparó en la considerable suma de dinero que había sobre la mesa. Mucho dinero. Tanto, que no sabía que haría con él.
 
Cerro los ojos e ingirió el whisky de golpe, que abrasó su garganta.
Y esperó.
 
Había demasiado dinero en la mesa como para que se echara a perder en manos que no fueran las suyas.

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