La cruz del templario

Relato ganador del Primer Certamen Literario ‘Princesa Jariza’, organizado por el Ayuntamiento de Jaraíz de la Vera. Septiembre de 2020.

Anochecía cuando, a lo lejos, comenzaban a brillar las primeras luces del pueblo, a medio camino entre la sierra de Santa María y la de Fregenal. El coche se deslizaba lentamente por la carretera aunque se hubiera dado el pistoletazo a la semana santa y todas las autopistas, autovías y calzadas en general se prepararan para recibir riadas de coches, ante la atenta vigilancia de la Dirección General de Tráfico, que se había encargado, desde que saliera de Madrid, de recordar en todas las emisoras de radio extremar la precaución en la enésima Operación Salida.  Jerez de los Caballeros se desparramaba en el horizonte, con sus airosas torres, decoradas con brillantes ladrillos que le confieren un colorido especial cuando el sol se refleja en ellas, como una mancha luminosa que viniera en su búsqueda, haciéndose cada vez más grande hasta engullirle por completo.

Enclavada en el sur de la provincia de Badajoz, crisol de caminos entre una Andalucía que ya se deja sentir en sus calles y la Extremadura nobiliaria por excelencia, Jerez de los Caballeros es el punto propicio para zambullirse en la historia medieval, no sólo por ser epicentro de una comarca donde los vestigios y restos legados por la Orden del Temple aparecen por doquier, sino también por ser la cuna de y cuna de conquistadores y locos aventureros como Vasco Nuñez de Balboa o Hernando de Soto, buscadores de fortuna y gloria, arquitectos de un imperio que empezaba a ver el sol, un sol que nunca se pondría en los vastos territorios del imperio español.

Las calles de Jerez tornaban bulliciosas conforme penetraba en el interior de la localidad. En las innumerables guías que había leído, y que alguna traía consigo, Jerez de los caballeros era el centro de la comarca, histórico enclave templario y escenario de una de las mejores semanas santas de la región, muy parecida a las de la cercana Andalucía. El coche se detuvo delante del hotel, y el aparcacoches se encargó de vaciar el portaequipajes y de llevarle el vehículo hasta el garaje, mientras le indicaba el camino para llegar a la recepción.

         En el mostrador, una chica más pendiente de cómo acabar un solitario con éxito que de su llegada, no reparó en su presencia, hasta que, primero carraspeó y posteriormente procedió a identificarse. Los ojos de ella se clavaron rápidamente en los de Mario García, que es como vino a llamarse, y que había realizado la reserva una semana antes desde Madrid. A pesar de que ya rebasaba los cuarenta, su pelo cubierto de unas más que tempranas canas, rostro de suaves facciones y una cuidada perilla, recortada un poco por encima de la base del mentón, unido a unos vaqueros lavados a la piedra pantalón, polo rojo Burdeos y una impecable cazadora, le daban un aire juvenil, antes de llegar a la madurez. Con la llave de su habitación en la mano, pidió consejo a la joven sobre los lugares donde poder cenar y tomar una copa con tranquilidad antes de acostarse. El aparcacoches le acompañó hasta su habitación, portando la maleta y bolsa de viaje que llevaba por compañeras. Una vez dentro de la habitación tomó una rápida ducha y se dispuso a colocar la ropa dentro del armario, y a ordenar los libros y la cámara de fotos encima de la pequeña mesa, junto a la televisión.

         Mario García trabajaba como profesor de Historia Antigua en una universidad de Madrid, y tenía previsto aprovechar, desde aquel lunes de Semana Santa, los días al máximo para recorrer los distintos puntos de unión de la comunidad templaria, tanto en Jerez como en los pueblos de alrededor. Terminó de ducharse cuando le interrumpió el teléfono, a punto de comenzar a vestirse. La chica de la recepción terminaba su jornada y se marchaba del hotel, pero antes le dejaba en el vestíbulo de entrada la información que le había requerido sobre lugares para cenar y copear. Mario García agradeció la llamada y aseguró que en cuanto se hubiera arreglado recogería las direcciones que la recepcionista le había dejado.

         La noche del lunes santo era tenue; una pequeña brisa de bochorno envolvía la atmósfera de Jerez, lo que aventuraba una semana santa algo calurosa. El centro respiraba un ambiente juvenil por los cuatro costados, los bares de copas empezaban a registrar gran movimiento y desde las terrazas que atestaban las aceras se oían risas y conversaciones que fluían sin cesar. Encontró, entre tanta algarabía, un remanso de paz para cenar, un pequeño restaurante en el que se dejó llevar por las sugerencias del dueño para probar las excelencias de la zona, mientras hojeaba las notas que la recepcionista del hotel le había proporcionado para tomar la última copa de la noche.

         El bullicio del exterior le volvió a recibir tras salir del restaurante, cuando, desde una de las terrazas, una chica morena de larga melena agitaba la mano para llamar su atención. No prestó mucha atención en un comienzo, pero la chica seguía en su ademán, y al acercarse a ella, la reconoció como la recepcionista del hotel.

– Veo que te han servido las notas que te dejé, pero nunca te fíes de ellas, es mejor que tú mismo conozcas los lugares sin que nadie te los recomiende.

         Mario García  observaba a la chica, una preciosa joven de morena y larga melena que recogía en una coleta, y de piel bronceada embutida en un largo y ajustado vestido rojo. Al menos, pensó, era bueno que la primera persona que había conocido en el pueblo fuera tan gentil, aunque las apariencias siempre hubiera que guardarlas.

– Al menos podrías invitarme a tomar algo. Una información tan valiosa como la que te di no se encuentra así como así.     

– Ya que tú conoces tan bien esto, llévame a algún sitio donde podamos conversar con tranquilidad.

No pretendía más que saber algo de su vida mientras caminaban por las calles de Jerez. Se llamaba Yamila, extraño nombre para una chica que era de la misma localidad,  cosas de mi padre, un enamorado de la cultura hebrea, se disculpaba ella. No era pregunta fácil saber su edad, pero no debía estar aún cerca de los treinta, y trabajaba desde hacía cuatro en el hotel donde se había alojado unas horas antes. Un trabajo que le reportaba unos ingresos aunque su pretensión más importante no pasaba de beberse la vida, y cuantos más tragos bebiera, mejor.

El centro de Jerez, a esas horas de la noche, ya tenía vida propia, y encontrar una terraza donde sentarse, y encima sin mucha gente alrededor se presentaba como una tarea de difícil conclusión, aunque excepciones siempre se encuentran, y tres o cuatro pasos de más fueron suficientes para encontrar una mesa y un par de sillas para iniciar la conversación.

– O sea, que eres historiador y profesor, y seguro que has venido a ver la semana santa. Por estas fechas siempre tenemos el hotel repleto de gente que viene a lo mismo. Suele resultar bastante aburrido tener el mismo tipo de cliente.

– Míralo como quieras. Aún así no es la semana santa lo que centra mi viaje, sino más bien conocer la zona, su historia, sus historias y tradiciones. Y si eso implica también ver su semana santa, pues bienvenido sea, ¿no crees?

         A lo lejos sonaban trompetas y tambores, a ritmo de saeta, que llenaban con su música el cielo de Jerez. La gente de la terraza se levantaba y tomaba la misma dirección, hacia el paso de semana santa que en ese momento comenzaba su marcha.

– Es la procesión del Cristo del Perdón, que sacan los hermanos penitentes de la Cofradía de los Empalados. Salen todos los lunes santo del Convento de la Gracia. Aquí si quieres ver procesiones no vas a tener muchos problemas. Tienes una cada día…

         Yamila dejó caer las últimas palabras con un deje de aburrimiento que denotaba hastío. O quizá cansancio, cansancio de ver las mismas caras, los mismos escenarios, las mismas procesiones, la misma semana santa, un año tras otro. De pronto se escuchó un enorme griterío, gente corriendo sin saber el sentido de su carrera. No habían transcurrido ni cinco minutos desde que había comenzado la procesión, así que decidieron acercarse hasta el convento, entre hombres, mujeres y niños e incluso los cofrades, que pugnaban por alejarse del convento, sin saber muchos porqué lo hacían. Rápidamente una patrulla de la policía acordonó la zona, mientras a la entrada del convento, a pocos metros del paso del Cristo del Perdón, un cuerpo reposaba en el suelo. Mario García logró acercarse todo lo posible al cuerpo, saltando el cordón policial, sin que los agentes repararan en su presencia. Fue un gesto de curiosidad, no sabe muy bien porqué lo hizo, pero debajo de la sábana permanecía el cadáver de  un joven de mediana edad, con un profundo corte en el cuello. De pronto, reparó en el pecho, al descubierto y con signos de haberle rasgado la camisa con violencia. Del cuello ensangrentado pendía una cadena que sostenía un pequeño escudo de madera. Dentro del escudo aparecía tallada una cruz, que reconoció al instante, aunque sin intuir el motivo: era la cruz de la Orden de los Caballeros del Temple.

         La mañana rompió de forma soberbia a través de la ventana de la habitación de Mario García. Aún aturdido por los acontecimientos de la noche anterior, el teléfono acabó por incorporarle de la cama. Al otro lado la cálida voz de Yamila quería darle más datos de lo ocurrido a la salida del Convento de la Gracia. Todavía tenía grabada en la retina la imagen del joven con la vena yugular seccionada y esa extraña cruz que llevaba colgando en el cuello. Pensó, sin darle más vueltas al asunto, que la moda de revivir todo lo que es vestigio de la antigüedad habría llevado a alguien a vender esas cruces, sin conocer seguramente el significado.

– He hablado con mi padre, que trabaja como funcionario en el ayuntamiento. La policía está trabajando con varias hipótesis, pero parece que no pasan más allá de un ajuste de cuentas entre varios miembros de la cofradía, aunque la forma de ajustarlas no fuera la más apropiada. Tengo ahora media hora de descanso. Si te apetece quedamos para desayunar en el comedor del hotel.

         Tampoco estaba más interesado Mario García por el caso. Al fin y al cabo él había venido a Jerez para pasar unos días de vacaciones, no para saber si un ajuste de cuentas o no era el motivo de la muerte de un joven en plena procesión de semana santa. Las mafias, si era asunto de mafias, no se andan con chiquitas, y tampoco les importa el dónde, el cuándo y el cómo para liquidar sus asuntos pendientes. Se vistió con celeridad y bajó al comedor, donde compartió el desayuno con Yamila. Intentó que la conversación no girara sobre los acontecimientos de la noche anterior, aunque tampoco era su obviarlos.

– Dice mi padre que la mañana está muy revuelta en el ayuntamiento. No es normal que ocurra algo como lo de anoche. Por lo general, este es un pueblo tranquilo, como ya te he comentado. Desde luego, tuviste arrestos para levantar la sábana y ver al fiambre allí en el suelo. ¿Tan guapo era que te quedaste embelesado tan de cerca durante unos segundos hasta que te echó el policía de allí? 

         Mario García daba vueltas a la cucharilla, una y otra vez, con la vista puesta en el café, absorto en la mancha marrón que se abría ante sus ojos encima de la mesa. El movimiento concéntrico de la cucharilla movía continuamente el café, y en su superficie sintió reflejada de nuevo la cruz que llevaba el joven asesinado.    

– ¿Has oído hablar alguna vez de la Orden del Temple o de los caballeros templarios?

– Hombre, el único temple del que he oído hablar es del que tienen que tener los camareros del bar con los clientes que se pasan con las copas…                 

         Una sonora carcajada se escapó de la boca de Yamila, que rápidamente reprimió, quizá sin llegar a comprender el motivo de la pregunta que le había hecho Mario.

– El chico que asesinaron anoche llevaba una medalla que asemejaba el escudo que portaban los caballeros templarios. Eran, por decirlo, monjes guerreros, pertenecientes a una orden fundada en 1118 por Hugo de Payens y Geofrey de San Omar, con el fin de defender a los peregrinos que visitaban los Santos Lugares. Los caballeros templarios juraban votos de pobreza, castidad y obediencia, además de combatir al servicio de Jesucristo Vestían un hábito de color blanco con una cruz roja central. Tuvieron tanto poder que, tanto el papa como la corona francesa les veían como una amenaza real, por lo que doscientos años después de su fundación se procedió a la supresión de la Orden, así como la ejecución de muchos de sus integrantes. Aquí, en Jerez por ejemplo, los caballeros quisieron resistir al mandato papal de disolución haciéndose fuertes en el castillo. Entonces el rey Fernando IV les derrotó y ordenó que fuesen degollados en la torre del homenaje, que desde entonces se llama La Torre Sangrienta.

         Yamila, con la boca abierta ante el torrente de conceptos, ideas y datos históricos que acababa de escuchar, no pudo reprimir una carcajada de admiración, acompañada por una palmada que denotaba haber sido superada por los acontecimientos.

– Tus alumnos tienen que quedarse como yo cuando entras en trance y les sueltas una charla como la que me acabo de tragar ahora, ¿no? Y todo eso porque vistes que ese chaval llevaba una cruz en el cuello. Cruces como ésa las hay en muchos puestos de los mercadillos de la zona. Es más, esta semana, si quieres, puedes acercarte a uno de ellos y comprobarlo por tí mismo. Sal a despejarte un poco y respira aire puro, que te vendrá bien. Si quieres nos vemos esta tarde, cuanto termine de trabajar.    

         Yamila se levantó de la mesa, y por un instante todas las ideas, pensamientos e imágenes que tenía en la cabeza se concentraron en su figura, que se alejaba por el pasillo, contoneándose sin el menor pudor. Apuró el café que aún quedaba en la taza y subió a la habitación. De la bolsa de viaje sacó una pequeña mochila en la que depositó la cámara de fotos  y una pequeña guía. Bajó por las escaleras y antes de salir del hotel le dedicó un guiño a la joven recepcionista, que ésta le devolvió. 

         El sol brillaba con fuerza en aquella tranquila mañana sobre Jerez. Parecía como si de lo ocurrido por la noche sólo quedara alguna que otra esporádica conversación en cualquier perdida esquina. El castillo se abría en uno de los extremos del pueblo, y aprovechando el buen tiempo, anduvo por los pequeños y recovecos barrios de Jerez hasta llegar al pie de las murallas. El imponente castillo de la Orden del Temple, castillo que levantaron tras entregarles la ciudad el rey leonés Alfonso IX, de tal manera que la original Jerez de Badajoz pasó a llamarse Jerez de los Caballeros, cabeza del bailato de tierras y pueblos templarios, hasta que la trágica fecha de 1312 terminó con todos los caballeros de la orden, degollados en la torre del homenaje de su propio castillo.

         La luz era propicia para animarse a sacar fotos del todo el recinto desde una de las torres, y así decidió a hacerlo Mario García, prestando especial atención a la famosa Torre Sangrienta, donde perecieron todos los templarios que aún vivían en Jerez después del mandato papal. Desde una de las almenas percibió la figura de un hombre, que también parecía estar dando una vuelta por el castillo. Avido de que pudiera darle más información, algún tipo de anécdota que deja el paso del tiempo, o como forma de entablar una conversación, se acercó a él. El hombre, de aspecto cansino, alto y extremadamente delgado, permanecía quieto, erguido ante una de las barbacanas del castillo, deslizando suavemente la mano por la piedra, antes de volverse hacia el intruso que pretendía apartarle de su soledad y quietud casi mística. La cara reflejaba unos rasgos muy marcados, con unas cejas muy pobladas sobre un ceño fruncido, junto a una nariz aguileña y ojos muy vivaces, que rápidamente se clavaron en su mirada, como si quisiera escrutarle el pensamiento. Frente a frente, Mario García no supo cómo enfrentarse con una mirada tan inquisitorial como la que le estaba dedicando aquel extraño individuo. Optó por el camino más fácil, el de aquel que no sabe dónde ésta, y si está, qué y cómo es todo aquello que le rodea, método que suele dar resultado ante la desventaja que eso supone respecto a un contrincante, que en la mayoría de los casos, juega con el as en la manga de conocer el terreno de juego.

– Disculpe si le he molestado. Le he visto paseando por el recinto y pensé que también se podría mostrar interesado en el legado que dejaron estos caballeros no sólo en Jerez, sino también en toda la zona. 

         Ni un movimiento dejó traslucir la única persona que, junto a Mario, se encontraba aquella radiante mañana de Martes santo en el castillo templario de Jerez de los Caballeros. Seguía en actitud poco amistosa, alzando su vista por encima de las almenas de la muralla y dirigiendo su vista hacia las torres de las iglesias de San Bartolomé y de San Miguel, que brillaban con especial intensidad, reflejándose el sol sobre la cerámica, el barro vidriado y las tallas de ladrillo en colores azules y amarillos que decoraban sus cúpulas. Levantó la cabeza, cerrando los ojos, y se giró hacia Mario García con ademán de interrogarle.   

– Por lo que parece es usted un hombre versado en temas de la Orden del Temple…

         Mario entendió la pregunta casi como un desafío. La persona que se lo proponía tendría tantos conocimientos o más incluso que él respecto al tema, por lo que la respuesta tampoco tendría que demostrar ni una gran sapiencia ni la absoluta ignorancia. En el término medio estaba la virtud, y quizá la llave para comenzar una conversación con un personaje tan enigmático.

– Creo conocer aspectos de la historia de la Orden del Temple, su nacimiento, el inicio del proceso que concluyó con la supresión de la Orden, tanto en Europa, Santos Lugares o los episodios vividos por la comunidad templaria aquí mismo, en Jerez. Deduzco de su pregunta que también usted conoce algo respecto a la historia del Temple.

El gesto adusto e interrogatorio de aquel extraño personaje tornó en un asentir con la cabeza, dando por buena la respuesta que Mario García le había proporcionado. De nuevo le volvió la espalda, levantando el brazo izquierdo y trazando con el dedo índice un movimiento que simulaba dibujar la silueta de la torre de la iglesia de San Bartolomé. Bajo el brazo y concluyó el dibujo dando un leve chasquido con los dedos, al tiempo que con un rápido giro de cintura volvía a enfrentarse a Mario García, esta vez apuntándole con el mismo dedo índice con el que había simulado trazar la silueta anterior, dirigiéndose hacia él con paso firme y decidido mientras su cara mostraba un gesto cada vez más crispado e insolente

– ¿Y tanto que cree saber, si los caballeros templarios no sólo hubieran desobedecido el edicto papal de Clemente V, apoyado por el rey de Francia Felipe IV, sino que además hubieran plantando cara allí donde fueran perseguidos, como sí hicieron los templarios en Jerez, no habrían extendido sus ideales por todo la tierra, siendo la única fuerza respetada por los siglos de los siglos, además de verdadera garante de los ideales del cristianismo frente a una iglesia y un poder político corruptos y fuera de sitio?      

         Mario García permaneció hierático, al igual que su extraño compañero aquella mañana, que seguía manteniendo el dedo índice apuntándole directamente a la cara, hasta que bajó el brazo y sin la menor vacilación, tomó el camino de una de las escaleras que descendían hacia las murallas, desapareciendo sin mediar más palabras. Mario encontró acomodo en uno de los huecos del lienzo de la muralla interior, encendió un cigarrillo, y expulsó el humo suavemente, intentando ordenar la conversación que acababa de mantener, los gestos y ademanes de aquel extraño sujeto, pensando si realmente no había sido todo un sueño o había hablado con quien no sólo se consideraba un experto en todo lo que concierne a la Orden del Temple, sino que además se identificaba con sus valores, hasta el punto de considerarlos irrefutables y el único camino a seguir por toda la humanidad. Apuró el cigarrillo, lo apagó, aplastándolo contra una piedra del suelo y decidió volver al hotel, e intentar olvidar todo lo ocurrido aquella mañana, si era posible hacerlo.

         El teléfono sonó a las nueve de la noche en la habitación de Mario García. Miró el reloj y comprobó que había dormido más de la cuenta; ni siquiera recordaba a qué hora terminó de comer  y subió a la habitación, aunque no había olvidado que cenaría por la noche con Yamila, por lo que el insistente sonido del teléfono sólo podía responder a la llamada de la joven recepcionista. Descolgó el inalámbrico, mientras salía a la terraza de la habitación. Un tenue telón rojo comenzaba a teñir el cielo por el horizonte, cuando empezaban a encenderse las luces de la calle.

– Un poco más y empalmas el día con la noche. Qué pasa, ¿has olvidado la cita de esta noche o qué?- Yamila llevaba llamando desde hacía quince minutos, esperando en el recibidor del hotel. Demasiado tiempo, dijo Mario García, el que he estado durmiendo. Demasiado tiempo, sin duda, pero suficiente para olvidar los acontecimientos de la noche anterior y la conversación de la mañana, aunque ésta todavía rondara por su cabeza.

         El restaurante era pequeño y coqueto, decorado con un estilo a medio camino entre la modernidad más vanguardista y el típico sabor de la taberna de pueblo de toda la vida; una rueda de carromato a la entrada, de las tartanas de principios de siglo que traían semanal o mensualmente los encargos de la ciudad al pueblo, compartía el protagonismo con varias vasijas y tinajas de barro junto a innumerables copias de cuadros de Warhol y Pollock. Yamila quería que Mario conociera la comida de la zona de verdad, más allá de las recetas tradicionales de la noche anterior y de la comida del hotel, que para los gustos de la joven no pasaba de ser comida para llenar el estómago.  

– No sólo de lomo, chorizo de bellota o queso curado vive el hombre. No me gustaría dejarte marchar de aquí sin haber probado algo más que lo que las guías turísticas recomiendan, que es casi siempre lo mismo. Además, no te preocupes por la línea, si es lo que realmente lo haces. Cuando vuelvas a la rutina de tu trabajo ni te acordarás de lo que comiste en Semana Santa.

Más cercana a la comida andaluza que a la extremeña, la cena transcurrió fluidamente. Mario estaba cada vez más impresionado por la jovialidad y vitalidad de Yamila, siempre con una sonrisa en la boca. Esa noche reparó con especial atención en su belleza, los ojos marrones que irradiaban un brillo especial, mientras entreabría la boca, con unos labios rojos que dejaban translucir unos dientes blancos perfectamente alineados. El pelo negro, suelto, caía por detrás los hombros, que sujetaban, con extrema fragilidad, los tirantes de un largo y ajustado traje negro. Trató de alejar todo tipo de pensamientos de su cabeza, aunque ella, como si hubiera leído en los ojos del historiador lo que estaba pensando, no dudaba en seguir explotando su coquetería, pasándose varias veces la mano por detrás del cuello y colocándose, una y otra vez, la larga y lisa melena negra.

– Ahora hay dos opciones. Una sentarte en cualquiera de las terrazas que ahora estarán repletas de gente y tomar una copa, o dejarme que te enseñe Jerez de noche, callejeando y conociendo de verdad este pueblo de noche, para que no sólo conserves en tu recuerdo el tumulto de ayer.

Las palabras de Yamila resonaron en su cabeza con una cadencia casi musical. Y la invitación podía derivar en Dios fuera a saber qué, pero bien merecía la pena tras los sobresaltos de la noche pasada y de esa misma mañana.    

Decidieron recorrer el centro de Jerez, bajo las luces de los faroles que alumbraban las empedradas y estrechas calles, bordeadas de casas blancas cuya arquitectura, llenas de fantasía, sin balcones de forja sino ventanas con rejas, que anunciaban ya una relativa cercanía con la vecina Andalucía, y que nada tenían que ver con la rancia Extremadura, aunque alguna que otra casa señorial les saliera al camino. Empedradas cuestas, que discurrían por debajo de arcos moriscos que comunicaban casas de distintas aceras, y que conforme se hacían más angostas tornaban oscuras, perdiendo el brillo que los faroles les proporcionaban.

Yamila seguía riendo ante cada una de las ocurrencias de Mario, quien sentía rozar su mano con la de ella, entrelazando, primero un dedo, luego dos, y tres, y terminando los dos cogidos de la mano. Mario se detuvo delante de una puerta de una casa que tenía todas las trazas de ser de importante familia. Una reja negra daba paso a un pequeño porche, donde reposaban dos mecedoras y una mesa de jardín. Encima de la reja una placa dejaba constancia, en dialecto que más se aproximaba al castellano antiguo que al latín, que en aquella casa sus caballeros tenían “derecho a llevar daga y espada”. Ambos no pudieron reprimir una sonora carcajada que Mario cortó con un intenso beso, rodeándole el cuello Yamila con sus brazos y acariciándole poco a poco la cabeza. Un susurro al oído y continuaron los dos su camino, abrazados por la cintura,  adentrándose por un parque, donde la única luz era la que, ya a una cierta distancia, se vislumbraba en las calles de Jerez. Mario y Yamila apartaron de sus mentes la imagen del chico acuchillado, la espectral y feroz figura del extraño individuo del castillo templario y se entregaron el uno al otro, brotando de la unión de sus cuerpos el mayor de los placeres que un ser humano pueda concebir.

Las iluminadas calles de Jerez volvieron a recibirles, dejando atrás el parque en el que habían compartido la más estricta y dulce de las intimidades. Seguían salpicando las carcajadas con los besos cuando escucharon un fuerte grito, junto a voces que se alejaban, mezcladas con fuertes pisadas que las estrechas calles reverberaban hasta la saciedad. Los dos corrieron sin saber de dónde había surgido el grito, aunque al instante los gritos se multiplicaron y las voces crecían en intensidad. En la misma puerta enrejada donde se detuvieron para leer la placa que la coronaba y se habían besado por primera vez, un enorme tumulto se había formado mientras el ruido de sirenas indicaba que la policía, que algún vecino había llamado, estaba a punto de llegar. Mario no quiso volver a pensar en la misma imagen de la noche anterior, pero su pensamiento había errado, mientras abrazaba a Yamila, quien gritaba horrorizada ante la visión que acababa de presenciar. En el suelo yacía un joven con un profundo corte en el cuello del que brotaba sangre sin cesar. Los gritos de histerismo se mezclaban con las primeras voces de los policías, instando a dejar libre la entrada de la puerta. Se arrodilló ante el cuerpo, y con un enorme temblor que le sacudía el brazo derecho, estiró el cuello de la camiseta deportiva que vestía el joven. El mismo escalofrío de la noche anterior volvió a recorrerle todo el cuerpo: portaba un colgante, un escudo de madera con una cruz tallada en su interior, idéntica cruz, idéntico colgante. A pesar del nerviosismo, reparó en que el joven tenía, agarrado en el puño, un trozo de papel, que le arrancó cuando un policía le apartó con brusquedad del suelo, empujándolo contra la pared de la casa. Yamila corrió asustada hacia Mario, pidiéndole encarecidamente que se marcharan de ese lugar. Lo hicieron abrazados, llorando la joven e intentando él darle todo el consuelo posible, y asegurándose de que llevaba en el bolsillo el trozo de papel que le había quitado al joven. 

Una intensa luz de media mañana inundaba la habitación. Buscó el teléfono para hablar rápidamente con Yamila. Sentía preocupación por la joven después de las dos últimas noches vividas. Cuando descolgó el teléfono pudo respirar tranquilo. Al menos había ido a trabajar y no mostraba signos de nerviosismo. Le pidió desayunar juntos, algo a lo que accedió sin menor vacilación, pues quería comprobar personalmente su estado anímico. Colgó el teléfono y se marchó a la ducha. Apenas unos minutos después, aún con el albornoz puesto, registró los bolsillos del pantalón que vistió por la noche, buscando el trozo de papel que quitó al joven poco antes de ser empujado por el policía. Estaba cuidadosamente doblado en cuatro partes, y tras abrirlo encontró una inscripción trazada con tinta, de trazos graves y rudos, dando la impresión de haber sido hecha con una pluma natural. Concentró su atención en las letras, juntas y muy entrelazadas, y tras identificar todas y cada una ellas, anotó en una hoja el resultado de su deducción. La nota iba firmada, y el nombre lo reconoció al instante. Sentía como se le aceleraba la respiración, acompasada al ritmo cardíaco, cuando descifró el mensaje que contenía la nota: “Cuando la sangre brote de las llagas de nuestro señor Jesucristo, aquella que llaman sangrienta limpiará su sangre con la de sus justicieros y todos los de su linaje. Firmado: Jacques de Molay”.

Solitaria, con el pelo recogido y marcadas ojeras que hacían indicar una aparente mala noche, esperaba Yamila sentada en una de las mesas que daban al patio interior. Mario García, aún con el pelo mojado, se sentó delante de ella, quien, al percatarse, le dirigió una dulce sonrisa antes de besarle los labios. Mario dejó sobre la mesa la nota y cogió de las manos a Yamila antes de anunciarle su contenido. Ambos se miraron fijamente, intentando darse mutuamente el mayor de los apoyos.

– Me comentaste ayer que tu padre trabaja como funcionario en el Ayuntamiento. ¿Tienen alguna noticia, alguna pista del motivo del asesinato de anoche?

Yamila contuvo la respiración por un momento y expulsó todo el aire de un sólo golpe antes de contestar, tomándose unos segundos, que a Mario le parecieron una eternidad.

– Están totalmente desconcertados. Nunca en Jerez se había producido tal cantidad de asesinatos y en tan corto espacio de tiempo. En el caso del primer joven barajaban la hipótesis del ajuste de cuentas, porque tras numerosas entrevistas con compañeros de la cofradía a la que pertenecía, confirmaron que en los últimos tiempos había tenido problemas con las drogas, y que incluso decidió alejarse por unos meses de Jerez tras contraer algunas deudas, por lo que no es descabellado pensar en el ajuste de cuentas. Pero en el caso de anoche –hizo una pausa, jugando con las manos, como si no encontrara explicación a lo que iba a decir- no han encontrado ni una mínima pista que seguir. El joven llevaba menos de un año residiendo en Jerez, no tiene familiares directos, al menos conocidos, vivía sólo en una pensión, y tras un registro en su habitación, sólo han encontrado algunos libros antiguos y una cruz de madera, nada más…. 

– Una cruz de madera como la que llevaba en el cuello, y como la que llevaba el otro asesinado, y los dos han muerto de la misma manera, con el cuello seccionado. Además –sacó el trozo de papel junto a unos cuantos folios donde había realizado diferentes anotaciones- antes de que el policía me empujara contra la pared, logré quitarle este trozo de papel –volvió a desdoblarlo, como había hecho momentos antes en su habitación, y se lo entregó a Yamila, quien lo leyó mientras gesticulaba sin lograr entender nada de lo escrito- que seguramente quien le haya matado se encargó de ponérselo en la mano, cerrándole el puño. No he logrado aún entender qué pueden significar esas palabras, pero si conozco al personaje que la firma.

         – ¿El tal Jacques de Molay? – preguntó Yamila, deletreando del nombre ante la dificultad para pronunciarlo completo.     

         – Jacques de Molay fue el último maestre de la Orden del Temple, arrestado y ejecutado como otros muchos de sus integrantes, tras la persecución que sufrieron por parte del rey Felipe IV de Francia y del papa Clemente V. Jacques de Molay resistió las presiones que el papa ejerció sobre él, instigado por el rey francés, hasta que finalmente murió en 1314. Finalmente se demostró que en Francia el proceso contra la Orden no fue sino un fraude impulsado por el codicioso deseo de Felipe IV de poseer las riquezas de los caballeros templarios. En otros países, como España o Portugal, se demostró la inocencia de los componentes de la Orden. Sólo en Jerez se acabó drásticamente con todos aquellos que no acataron el edicto papal de disolución. Todos los caballeros que no aceptaron el mandato del papa Clemente V fueron degollados, tras ser derrotados por el rey Fernando IV. Degollados,- deletreaba las sílabas de la palabra mientras miraba fijamente a Yamila y reproducía en su cuello, con su dedo índice, el movimiento de una espada o un cuchillo -. Degollado murió el joven asesinado en la procesión del lunes, degollado murió otro anoche. Ambos llevaban en el cuello una cruz de madera, igual que la cruz de los templarios, y encima, la habitación de la última víctima estaba presidida por una gran cruz de madera, y para terminar, esto – poniendo su mano sobre la nota de papel que Yamila había dejado en la mesa tras leerla.

         Los dos se quedaron en silencio, mirándose sin saber qué responderse, cuando la joven recepcionista volvió la vista hacia la entrada del restaurante, donde alguien estaba haciéndole señas insistentemente.

         – Perdona, pero no me he dado cuenta de que mi tiempo para desayunar ya ha terminado.- Se levantó bruscamente, pero antes de marcharse, abrazó por detrás a Mario García, mientras la besaba el cuello, como temiendo, con un negro presentimiento, que el historiador pudiera seguir el mismo camino. O ella, o cualquiera. Se sentía espectadora de una locura, una locura que no sabía como había empezado ni como iba a terminar, y ni siquiera, a qué se debía dicha locura.

– Ten cuidado, no sabemos qué puede estar pasando ni qué es esta locura que estamos viviendo. Ten mucho cuidado.- 

         Yamila apuró el paso hacia la salida del restaurante, mientras Mario García miraba el patio central del hotel a través de los cristales. Viendo el agua de la fuente caer sobre el estanque, pensó en el peligro que brota allí donde nunca se espera, aunque en esta ocasión sentía lo sentía más cerca de sí que nunca. Una preocupación que se mezclaba con ciertas dosis de miedo, miedo por no saber qué estaba pasando, que iba a pasar y si tanto él como Yamila pudiesen tener reservado algún papel de protagonistas. Ante sí desfilaban las imágenes de los dos jóvenes asesinados, del anciano del castillo, la nota de papel que seguía sin entender, la Torre Sangrienta. Todavía recordaba cuando unas semanas atrás había concertado la reserva en el hotel para pasar unos días de vacaciones que pensaba exprimir al máximo. Ahora se esforzaba por espantar de su cabeza la idea de las muertes ocurridas, suspirando porque aquella pesadilla tuviera final. 

         Antes de ir hacia el restaurante, pasó por la recepción donde Yamila le había dejado una nota. La joven prefería quedarse en casa y descansar. Aunque no lo quería decir, la carta esbozaba un miedo encubierto que estaban sintiendo tanto ella como él. Guardó el trozo de papel en el bolsillo de la camisa de cuadros que vestía, cerrando cuidadosamente el botón, y se sentó en la mesa de todos los días, que miraba hacia el patio interior del hotel. Con la noche, la fuente ofrecía un espectáculo de agua y luz, tornando los chorros del color que surgiera de los focos que la alumbraban, colocados en su base.    

         Absorto contemplando el juego de luces y agua, sin apenas probar bocado, una voz que le resultó conocida le devolvió al mundo terrenal. Era una voz gutural, grave, muy modulada, arrastrando cada una de las sílabas que salían por su boca, resonaba  a su espalda, y quien se estaba dirigiendo a él parecía conocerle.     

         – Es curioso cómo cambian las cosas según el color con que se miren, ¿verdad? Lo que ayer era blanco, hoy es negro y mañana,  sólo Dios y nuestro señor Jesucristo lo saben.   

         Se giró lentamente, primero la cabeza, y después todo el cuerpo, y frente a él, allí estaba el anciano del castillo, mirándole fijamente, como la mañana de su primer y hasta el momento único encuentro. Cogió su bandeja, y haciendo ademán de pedirle permiso para compartir la mesa, el anciano asintió con la cabeza, iniciando una conversación que comenzó en el castillo, de forma inesperada, al igual que su final, aunque Mario se había afanado por continuarla, de no ser por la súbita desaparición del anciano. El historiador se fijó en la camisa que vestía, una camisa blanca de algodón, con las mangas desabrochadas, así como los dos últimos botones, dejando al descubierto un cuello extremadamente fino, venas perfectamente marcadas, así como la nuez, además de parte del pecho, donde reposaba un pequeño escudo, y dentro, tallada, una cruz de madera.

         – ¿Acostumbra a salir así a la calle?     

         El anciano cogió suavemente la copa que reposaba en la bandeja, bebió tres tragos y la volvió a dejar en su sitio, antes de contestar la pregunta, mirando fijamente al historiador.     

         – Estas noches de abril empiezan a ser ya calurosas, y es bueno estar prevenido, tanto contra el calor como contra el frío.      

         A Mario García le asaltaban tantas preguntas que intentaba ir de lo más trivial, simples artificios para ganarse la confianza de su interlocutor, para entonces intentar averiguar quién era, si es que realmente merecía la pena saberlo.  

         – Deduzco entonces que tiene previsto pasar la noche, o al menos parte de ella en la calle.

         – Es más que probable. Jerez está en plena Semana Santa, y si vienes a visitar la ciudad, es bueno interesarte por todas sus actividades, tanto profanas como seculares. Además, esta es una época de exaltación del espíritu religioso, ¿no cree?        

         El profesor creía haber encontrado un resquicio por donde intentar retomar la conversación inconclusa del castillo, y decidió apostar todas sus monedas al caballo ganador.   

         – Cuando tuvimos aquel encuentro tan fugaz en el castillo el martes por la mañana, me pareció ser un gran entendido en materia de órdenes religiosas, especialmente en lo que concierne a la Orden del Temple y, si no lo considera una indiscreción, por la cruz que lleva, debe tratarse de una persona con un gran sentido de la religiosidad.       

         – Digamos que procuro mantener mi alma en paz con Dios  y con nuestro señor Jesucristo. No confío demasiado ni en sus pastores ni en la jerarquía que los sustenta, que fue creada para predicar y propagar su palabra por todos los confines de la tierra. En cuanto a la cruz, – levantándola por encima de la camisa y enseñándosela al historiador sobre la palma de una mano- es muy simple, de madera. Suelo llevar cruces de distinto tipo salvo ésta, una humilde cruz de madera, que adquirí a comienzos de semana en un tenderete callejero.        

         – Pues para ser semana santa no está siendo todo paz y tranquilidad ni un crisol de unión entre los hermanos cristianos, como recogen las Sagradas Escrituras…      

         – ¿A qué se refiere?

         – No me irá a decir que no ha tenido conocimiento de las dos muertes ocurridas en Jerez en el transcurso de las dos últimas noches, una de ellas incluso en plena procesión del Cristo del Perdón. Por cierto, no quiero desearle ningún mal ni ser pájaro de mal agüero, pero ambos llevaban una cruz semejante a la que usted porta.        

         Una pequeña sonrisa se escapó de la boca de Mario García, que también contagió al anciano. La risa se convirtió en una sonora carcajada que desconcertó al historiador, aunque no consiguió borrar de su cara la sonrisa inicial. El anciano, bebiendo de su copa, levantó la mano en un intento de recuperar el resuello, antes de seguir la conversación.  

         – Por Dios, no me desee ese mal, aunque La Parca no creo que tarde mucho en lanzarse a mi caza. Pero para su información, no es nada extraño encontrar cruces como la mía y, como usted afirma, parecida a la de esos jóvenes. Es más, incluso le diré que si se deja caer por algunos de esos tenderetes que le he dicho podrá encontrar no sólo cruces iguales a ésta, sino un auténtico muestrario. Algunas de ellas le pueden recordar símbolos tanto de órdenes religiosas como de cuerpos de elite de los ejércitos más variopintos.  

         Terminaba de pronunciar las últimas palabras cuando se levantó de la mesa y le estrechó la mano, gesto que imitó el historiador con cierto recelo.      

         – Creo que me voy a dejar caer por alguna de las procesiones que salen esta noche. Si es su deseo acompañarme, muy gustosamente aceptaré presenciarlas en su compañía.     

         – Le agradezco el ofrecimiento. Pero he decidido quedarme esta noche en el hotel descansando. Mañana es un día grande, con múltiples actos y acontecimientos para ver, y me gustaría vivirlos en toda su intensidad.  

         El anciano se acercó al rostro de Mario García, mientras seguía sosteniendo la bandeja con sus manos, y le guiñó un ojo de complicidad antes de decirle, con un ligero susurro, un dato que Mario acogió con gran sorpresa e incredulidad.    

         – Claro, claro, la compañía femenina no puede requerirse todas las noches…  

         Antes que terminara de hablar, con una sonrisa en la boca, Mario García se levantó de la mesa para preguntarle cómo conocía el anciano ese extremo de su estancia en Jerez. No llegó a incorporarse del todo cuando el anciano puso una mano sobre el hombro del historiador, dándole a entender que sabía muchas cosas sobre él, mientras que Mario García prácticamente no sabía más que la conversación que acababan de mantener.        

         – No es bueno que el hombre esté solo, y la chica parece que merece la pena. Tengo buena relación con personal de este hotel, y le puedo decir que las referencias que tengo de ellas son muy aceptables. Disfrútela, pues sólo Dios sabe cuánto dura una relación, salvo que delegue en sus hijos esta facultad.     

         Y con una nueva sonrisa en la boca se marchó del restaurante, depositando la bandeja sobre un carro lleno de otras bandejas, botellas y platos, saludando antes de salir a uno de los camareros, que solícitamente, como si le conociera desde mucho tiempo atrás, le devolvió el saludo. Súbitamente, como impulsado por una fuerza de la que no sabía su procedencia, corrió hacia el anciano, agarrándole del brazo antes de que abriera la puerta del restaurante, espetándole una pregunta casi a modo de disparo.    

         – Cuando Jacques de Molay, Maestre Mayor de la Orden del Temple, estaba siendo quemado en la hoguera en París, tras largos años de interrogatorios, maldijo no sólo al Papa Clemente V sino también al rey Felipe IV y a todos aquellos que le condenaron, miembros de la iglesia y de la realeza. ¿Sigue vigente la maldición, aún habiendo pasado los siglos y se ha reparado en gran parte el honor de la Orden?     

         El anciano se soltó con violencia el brazo con el que Mario García le sujetaba, y agarrándole de la camisa le atrajo hacia él, fulminándole con la mirada, a la par que le respondía agudizando el tono gutural de su voz. 

         – El espíritu de la Orden era algo que ha trascendido, trasciende y trascenderá más allá de los tiempos, y si alguien intentó destruir el espíritu, no sólo de Molay sino también de la Orden, sólo recibió lo que Dios y su hijo Jesucristo consideraron oportuno. Solo ellos tienen potestad sobre la vida y la muerte. Salvo, como le he dicho antes, que deleguen esa facultad en otros.             Retirándole la mano de la camisa, el anciano le dedicó una nueva sonrisa, antes de salir del restaurante, mientras Mario García le veía alejarse, tocándose el cuello y la camisa, en la que faltaban dos botones, producto de la energía con la que el anciano había agarrado al historiador. Decidió volver a su mesa, y una vez sentado llamó al camarero que había estado saludando al anciano. Quizá fuera la única persona en ese momento que le pudiera proporcionar información sobre su identidad.

         – Menudo temperamento tiene el Conde, ¿eh?      

         El camarero recogía los platos de la bandeja de Mario García. Éste le miró con curiosidad, y después de pedir una copa antes de subir a su habitación, quiso indagar más en la búsqueda de información sobre el anciano. Al menos, ahora sabía que era Conde.      

         – Le conoce usted desde hace bastante tiempo, al menos por el abrazo y saludo que se han dado antes de que se marchara de aquí.        

         – Claro, quién no conoce en Jerez a Don Enrique Gómez García de la Sierra, Conde de La Sierra, uno de las personas más ricas de la comarca. Reside en Badajoz y suele venir por Jerez cada cierto tiempo. Toda una figura.  

         Mario García decidió subir a su habitación, coger de la estantería todos los libros que había colocado el primer día y esparcirlos encima de la cama. Abrió las ventanas de par en par y se dirigió al baño para tomar una ducha. Tenía en mente pasar la mayor parte de la noche leyendo, uniendo los cabos que hicieran falta, pero estaba seguro de que todo lo que estaba ocurriendo durante esos días en Jerez tenía alguna explicación, y él estaba dispuesto a encontrarla.

         Al salir del baño ya resonaban por la ventana, con cierta claridad, los sones de las procesiones que irían desfilando por Jerez de los Caballeros a lo largo de la noche. Uno tras otro se sucederían los pasos de la Santa Cena, Jesús ante Pilatos, Santísimo Cristo de la Piedad o la María Santísima de la Paz, muestras de la rica imaginería española atravesando enormes veredas de gentes, sedientas de una religiosidad que se palpa y recorre España durante los días de semana santa.

         Apartó algunos de los libros esparcidos y sentó en una esquina de la cama, abriendo un cajón de la mesilla de noche de donde extrajo la nota que había quitado al joven asesinado la noche anterior. Los ecos de las procesiones se oían cada vez más nítidos. Desdobló la nota y volvió a leerla por enésima vez, sin lograr descifrar el significado que esas letras podían contener.      

         “Cuando la sangre brote de las llagas de nuestro señor Jesucristo, aquella que llaman sangrienta devolverá su sangre a todos los de su linaje”. Las palabras resonaban en su cabeza como el eco en una montaña, intentando buscar alguna lógica a esa conjunción de letras, si es que podían tener algún sentido. Dejó el papel sobre la cama y se levantó dirigiéndose hacia la ventana. Encendió un cigarro, mientras sus ojos contemplaban la noche, quieta y calma, sólo rota por los sonidos que llegaban del centro. Súbitamente, entró en la habitación, arrojando el cigarrillo por la ventana y escogió un libro de entre todos los que estaban esparcidos sobre la cama.

         “La Guía de la España Templaria”, un libro que siempre llevaba encima a la hora de visitar territorios donde los caballeros de la Orden habían tenido presencia. Lo abrió por una señal, sin importarle cuándo había puesto ahí esa reseña. Subrayado en rojo, aparecía un párrafo donde se recogía la rebelión de una partida de nobles contra el rey Alfonso X en 1272. El monarca logró contar con el apoyo del Maestre de la Orden, don Guillén Gómez García, quien obtendría importantes beneficios, terrenos y posesiones en Castilla y Extremadura, tras la derrota nobiliaria a manos de los partidarios y tropas de Alfonso X. 

         Cerró el libro y notándose cansado, apagó la luz, intentado conciliar el sueño. Era seguro que volvería despertarse en plena madrugada, por lo que no le preocupaba quedarse dormido ahora. Por un instante cesaron los sonidos de las procesiones. Una extraña quietud se apoderó de la habitación. En la cabeza de Mario García, como una película, se sucedían las imágenes del encuentro con el anciano en el restaurante del hotel y el camarero explicándole el genio y porte de tan singular personaje, que se hacía llamar Enrique Gómez García de la Sierra. Un Conde, para más señas. No lograba dormirse, así que, acompasando el sonido, ya difuso y amortiguado, que de nuevo llegaba de las procesiones, golpeaba con su mano izquierda el cabecero de la cama. Entonces, como un relámpago, en su mente se cruzó de nuevo la imagen del conde y la lectura del libro sobre templarios. Encendió la luz, incorporándose sobre la cama y buscando, nerviosamente, un bolígrafo entre los bolsillos de su mochila. Abrió la guía por la señal, que no había quitado, y allí centró su atención en el Maestre de la Orden del Temple, don Guillén Gómez García, y anotó su nombre cuidadosamente junto al del Conde, Enrique Gómez García de la Sierra. Pareció más tranquilo cuando acabó de escribir ambos nombres. Quizá fuera una perdida más de tiempo. O quizá una pista que podía llevarle a saber quién pudiera estar detrás de los asesinatos. Y el conde empezaba a escalar puestos en su lista de sospechosos. 

         Unos secos golpeas llamando a su puerta le despertaron. Miró el reloj y comprobó que había dormido más de la cuenta, Todavía no eran las diez de la mañana, y quien llamaba parecía tener bastante prisa. Mario García se levantó, cogiendo unas bermudas y una camisa, la ropa más cercana que tenía a mano, y se dirigió hacia la puerta. Al abrirla encontró el rostro lloroso de Yamila, echándose a los brazos del historiador. Mario García no acertaba a comprender qué le pasaba a la joven recepcionista. Acariciándole el pelo, e intentado ser todo lo dulce que podía, le preguntó que le ocurría. 

– Acaban de encontrar a Jesús, uno de los camareros del hotel, muerto dentro de la cámara frigorífica de la cocina. Le han cortado el cuello.      

         Mario García sintió recorrer su latigazo que se propagaba por todo el cuerpo. Ahora se encontraba con un muerto en su mismo hotel. Y un muerto que en nada difería, o al menos, por los datos de Yamila así lo parecía, a los anteriores.

         – No te muevas de aquí, vuelvo en unos minutos. 

         Besó la cabeza de la recepcionista, intentando retenerle. Mario, tranquilizándola, le aseguró que sólo iría a echar un vistazo, pero en los ojos de Yamila vio el miedo, y no empezaba a dudar si en los suyos no empezaba a anidar esa sensación.   

         La entrada del restaurante estaba atestada de policías, acotada por un cordón de tiras dispuesto hasta que fuera retirado el cadáver. Si quería comprobar por sus propios ojos lo que Yamila le había comentado, debía acercarse al cadáver, pero la misión se presentaba harto difícil. Bingo, se dijo alborozado. A través de la puerta tres agentes sacaban con una camilla el cuerpo del camarero asesinado.  Les siguió con la vista hasta que llegaron a la recepción. Fuera, un coche fúnebre esperaba para trasladar el cadáver. Dos de los agentes introdujeron la camilla dentro del coche, y junto al tercer agente, volvieron dentro del hotel. Sólo el conductor del vehículo permanecía en su puesto. Mario García se armó de valor, salió distraídamente del hotel, mirando el coche, y cuando comprobó que su conductor estaba más entretenido leyendo el periódico que de lo que ocurría a su alrededor, se apoyó en la parte trasera del coche fúnebre. Otra vez bingo. El cuerpo reposaba con los pies hacia dentro, y no le habían cerrado del todo la cremallera. La abrió y encontró el rostro, amoratado, del camarero que había saludado tan efusivamente la noche anterior al conde Gómez García, y quien le había explicado la identidad de tan singular personaje. Siguió abriendo la cremallera, para comprobar su cuello y observó que no llevaba ninguna cruz de madera ni ningún distintivo que se le pareciera. Voces que venían del hotel le hicieron cerrar precipitadamente la cremallera y dirigirse al aparcamiento del hotel, donde no despertaría sospechas.

         Yamila ya había vuelto a su puesto en la recepción. La joven aún parecía impresionada por los acontecimientos que acababa de vivir. Como una letanía, repetía las palabras. Mario García no conseguía entenderla.  

         – Un muerto, un muerto en Jueves Santo. Un muerto en Jueves santo, aquí en el hotel…  

         Mario García miró fijamente a Yamila, y lanzando una exclamación, le pidió rápidamente un papel y un bolígrafo. Parecía haber encontrado una lógica a las palabras de la nota de papel. Escribiendo con trazo nervioso, iba explicándole su razonamiento a la recepcionista. 

         – Hoy en Jueves Santo, fecha de la crucifixión de Jesucristo, derramando su sangre a través de las llagas que tenía por todo el cuerpo y por las heridas provocadas por los clavos que le mantenían atado a la cruz de madera. Fue crucificado cerca del anochecer. Ahora, la nota dice que la sangrienta devolverá su sangre a todos los de su linaje. ¿Qué hay con ese nombre aquí en Jerez?.       

         – La torre del castillo. – Yamila contestaba mientras Mario García le miraba sonriendo afirmativamente, como queriéndole decir que podían haber encontrado una pista que les condujera a la solución de los asesinatos.    

– Luego esta noche tiene que pasar algo en la torre del castillo. El qué, no lo sabemos, pero si que algo se está preparando. Y tenemos que estar preparados para saberlo.

Yamila y Mario García observaron el reloj. No eran todavía las once de la mañana. Fuera, un autocar de turistas acababa de parar en la puerta del hotel, descendiendo de él sus primeros ocupantes.

– No va a ser fácil averiguarlo. Hoy Jueves Santo va a ver mucha gente en Jerez.        

Por la puerta entraban los turistas. Mario García pensó en las palabras de la recepcionista. Demasiada gente para averiguar algo tan complicado. Al menos ya tenían una pista que seguir.

El bullicio crecía en las calles de Jerez de los Caballeros. El Jueves Santo, como en casi todas las poblaciones de España, era el día más importante de la semana santa, lo que se traducía en calles llenas, atestadas de gentes que iban de un lugar a otro mientras esperaban la hora del comienzo de las procesiones. El sol, aquel mes de abril, ya azotaba con justicia y se encaminó de nuevo hacia el hotel. La vuelta que había dado le sirvió para despejar su cabeza, y a la vez ir ordenando las diferentes ideas que le iban surgiendo, atropelladamente. Pasó por la recepción y le extrañó no ver en su puesto de trabajo. Quizá le hayan acortado la jornada y tenga del día libre, intuyó mientras subía las escaleras. Una vez en la habitación, miró fijamente todos los libros y papeles que permanecían esparcidos por el suelo, cuando comenzó a sonar el teléfono.   

– ¿Qué tal se encuentra, historiador, o prefiere que le llame de otra manera?.  

La voz le resultó familiar, muy familiar. El tono gutural, grave, acentuado por  la distorsión de la línea, hacia inconfundible esa voz.   

– Perfectamente, señor Conde Gómez García de la Sierra, si es su deseo que me dirija a usted así.  

– Veo que, por lo que me han contado ha hecho usted enormes progresos en cuanto a conocer más sobre mí, aunque no creo que todavía conozca todo, – la última palabra le llegó a Mario García con una intensidad especial, como si su interlocutor quisiera remarcarla con atención -. En fin, creo que conoce algunos detalles sobre algo, me han comentado, que cree que va a suceder esta noche en Jerez, y créame que esto y bien informado.  

Entonces a través del teléfono, de fondo, escuchó un enorme grito de otra voz que también le resultaba familiar. Era la voz de Yamila. El corazón empezó a latir con más fuerza en el pecho de Mario García, como si le faltaran fuerzas para bombear toda la sangre de su cuerpo   

– ¿Qué es lo que pretende?. ¿Qué hace ahí Yamila?.- La voz del historiador se volvía más nerviosa y atropellada, contrastando con la insultante tranquilidad que demostraba el anciano conde.     

– Yo que usted permanecería a la expectativa. Lo que va a presenciar esta noche no lo va a olvidar en su vida.    

La comunicación se había cortado. Mario García daba vueltas a la habitación intentando ordenar sus ideas. Ahora no podría actuar sólo, y era necesaria mucha ayuda. Y cuanta más ayuda, mejor.     

La comisaría estaba tranquila. Recorriendo los pasillos comprobó la enorme quietud que se respiraba en su interior, y pensó que en poco se parecía a una comisaría de ciudad o de localidad de mayor tamaño. No le fue difícil encontrar el despacho del inspector. Allí, hundido en un asiento de piel un individuo de mediana estatura, manos gruesas, piel estirada y de ya una más que incipiente cabeza con pérdida capilar, se presentó ante Mario García como el inspector Suarez. Le indicó también que ya estaba al día de las deducciones y pesquisas del historiador por la conversación telefónica que había mantenido con uno de los agentes. Mario García sacó de su mochila todos los papeles donde recogía las anotaciones que guardaba sobre los asesinatos, pistas y la nota que quitó al segundo asesinado, haciendo hincapié ante el inspector en este último factor, mientras éste desplegaba sobre la mesa, una preciosa mesa de madera de caoba, rematada por adornos y finos trazos de metal.

– Entonces cree que la torre del castillo templario será el lugar de algo esta noche, pero no sabe aún el qué.  

El inspector Suarez señaló sobre el mapa con una cruz la torre del castillo. Otras cruces indicaban el lugar de los crímenes ocurridos a lo largo de semana, hecho que no pasó desapercibido para Mario García.    

– Y estas otras cruces, ¿qué significan?.       

– Los lugares donde se produjeron los asesinatos. Para tenerlos localizados.   

Mario García le pidió el bolígrafo al inspector y trazó una línea que recogía los tres puntos, todos ellos incluidos en una línea recta. Siguió con el trazo de la línea y comprobó que ésta pasaba directamente por el castillo. Una sonrisa de satisfacción llenó el rostro del historiador, mirando fijamente el mapa. De fondo, como fuera del mundo, le llegaba como un rumor la orden del inspector de concentrar el mayor número de patrullas posibles cerca del castillo templario.        

Antes de las diez y media de la noche, el castillo estaba rodeado por los cuatro costados, y los policías habían realizado un registro por su explanada, sin encontrar nada anormal.   

– Nos mantendremos aquí todavía. Aún puede que sea pronto para que ocurra lo que usted cree que va a pasar. 

Mario García no podía creerse que no hubiera nadie en el castillo. Las palabras del inspector no le desanimaron, y de forma disimulada, se alejó de la concentración de coches policiales para entrar en el castillo. Recorrió parte del lienzo de la muralla hasta llegar a una puerta que parecía cerrada. Le dio un fuerte golpe, pero la puerta no cedía. Se giró para volver a subir las escaleras cuando, a su espalda, sintió abrirse lentamente la puerta. Encaminó sus pasos hasta ella, encendiendo el mechero para poder ver con más claridad. Traspasó el umbral de la puerta, sintió cómo ésta se cerraba repentinamente. Notó entonces un fuerte golpe en el cuello y cayó sin sentido al suelo.

         Se despertó sintiendo todo su cuerpo encordado. Junto a él estaba Yamila y sintió una enorme alegría por ver a la recepcionista viva. También ella estaba completamente atada, luego quien les hubiera atrapado quería conseguir algo a través de ellos. No tuvieron tiempo de intercambiar ni una sola palabra, cuando en la sala tres personas, ataviadas con una blusa y una cruz roja impresa, los transportaron hasta otra sala más grande. Allí, doce personas, ataviadas con una blusa y la misma cruz, calzas de cuero y cota de malla permanecían de pie alrededor de una mesa. Dos banderas, una con la cruz de la Orden del Temple y otra con la representación del Krack de los Caballeros de Tierra Santa, presidían la sala. Los caballeros permanecían de pie, mientras un ruido de pisadas, difuso primero y más perceptible posteriormente, dieron paso a la entrada en la sala al conde Enrique Gómez García. Vestido con una cota de malla que le envolvía  todo el cuerpo, el sobretodo con la cruz roja de la Orden, y la greba antigua calzándole los pies. Una capa blanca colgaba de sus hombros. El resto de caballeros le saludaron con una reverencia antes tomar asiento. Ante ellos se presentaba don Enrique Gómez García, Maestre mayor de la Orden del Temple.       

         Se movía con la insultante soltura de aquel que se siente seguro de sus pasos. Llamando a uno de los jóvenes que custodiaban la puerta, le pidió que colocara  tanto a Yamila como a Mario García de forma que pudiera dirigirse directamente a ellos.

         – Es más, tienen ustedes todo el derecho a preguntar. Ahora, señor historiador, tendrá el placer único de presenciar una reunión de la Orden del Temple. Gócela, disfrútela, pues será la última vez que la vea.        

         Frente a frente, Mario García y el Maestre no se retiraron en ningún momento la mirada, y ya que tenía libertad absoluta para preguntar, respiró profundamente y se preparó para iniciar su batería de preguntas. El conde Gómez García se sentó en su silla y dio orden de que comenzara la reunión. El mismo conde, mirando tanto a Yamila como a Mario García, fue el encargado de tomar la palabra.       

         – Si señor García, esta es la famosa Orden del Temple. Aún no han conseguido exterminarla, por mucho que se empeñen algunos poderes fácticos de este país. Solemos hacer una reunión trimestral donde deliberamos las actuaciones y todo aquello que concierne a la Orden. Naturalmente todos tenemos una vida social paralela a ésta, y muchos disfrutamos de una posición privilegiada en la sociedad, por lo que no es conveniente airear nuestros sentimientos para con la Orden. 

         – Tanto como para no implicarse en tres asesinatos.      

         La afirmación del historiador resonó en la enorme bóveda que cubría la sala. Mario García decidió no esperar a que terminara el Maestre mayor para lanzarle la primera pregunta. Este, con un gesto de aprobación, no le negó lo que quería saber.                   – Veo que tiene un especial interés por conocer el porqué de esas muertes, de compañeros de esta Orden, como creo que bien sabrá a estas alturas. Cada una tiene sus lógicas razones y motivaciones. Sepa de antemano que los que aquí nos reunimos formamos lo que vendría en llamarse la cúpula de la Orden, su cabeza representativa. Los tres muertos eran simples hermanos de fe, cada uno de ellos considerados herejes por esta cúpula, y sus hechos nos remitimos. El asesinado en la noche del lunes, según los informes elaborados por el Hermano Igueldo, – señalando a un caballero de tez morena y barba cuidadosamente rasurada que asentía afirmativamente, – no acabó de entender la diferencia de servir a la orden y continuar con sus prácticas, digamos festivas.      

         – Llama prácticas festivas el acudir como costalero a una procesión.- Interpeló Mario García sin llegar a comprender las palabras del Maestre Mayor.  

– Jesucristo es más importante que todas esas figuras que se sacan a la calle para que sean alabadas, muchas de ellas desfasadas y sólo establecidas para propagar un culto que se desvía de las directrices de Dios. En cuanto al segundo de ellos, al que creo que usted le quitó un correo de la Orden que debía haber llegado a las manos del caballero Ignacio de salas, aquí presente, demostró su escasa clase y falta de preparación para formar parte de la orden, optando por holgar placenteramente con un ser impuro antes de cumplir con sus obligaciones como miembro de la orden. Más aún cuando no supo guardar el correo, dejándolo a la vista de todo el mundo. Una pena, pues con un poco más de instrucción el chico podía haber llegado lejos dentro de la Orden.       

– Y el camarero, Jesús. ¿Qué hizo para que le matarais así?  

Ahora era Yamila quien preguntaba, mientras Mario García seguía intentado comprender las razones de tanto odio marcial y deseo de guardar las apariencias.  

        – Mi joven señorita. Sepa que su compañero Jesús y yo mismo mantuvimos una seria conversación hace un mes, la última vez que estuve en Jerez. No estaba de acuerdo en cómo se hacían las cosas últimamente dentro de la Orden y decidió dejarla. Tiene todo el derecho a hacerlo. Lo que no aceptamos es el chantaje. Tras abandonar la orden, nos pidió una cantidad de dinero por mantener su silencio, a lo cual nos negamos tajantemente. Ayer estuve hablando con él por la mañana y acordamos llegar a una solución intermedia, de ahí el saludo afectivo que vio darnos usted, señor García. Lógicamente esa solución intermedia era su muerte.    

        – ¿Y por qué entonces no llevaba la cruz en el cuello, como los otros dos jóvenes?- Mario García seguía atando cabos, para llegar a comprender la forma de actuar de la Orden.

         – Sepa usted, señor García, que todo aquel que abandona la Orden, debe devolver todas sus pertenencias. Incluida la cruz, por eso no la portaba.

         Y levantándose de su silla, se encaminó hacia el lugar donde permanecían atados Mario y Yamila. Antes de que el Maestre se decidiera a hablarles, el historiador volvió a hacerle otra pregunta.   

– Entonces, ¿qué tenía que tenía que ver el mensaje de la sangrienta, si ya se había derramado bastante sangre los días anteriores?.   

El Maestre se agachó y mirando fijamente a Mario García, le hizo saber sus intenciones de forma clara.

-Mi querido amigo, antes de cada reunión solemos despojarnos de todo aquello que vicia la orden, y para dar por terminadas las reuniones, nos reservamos el espectáculo final, un Auto de Fe para el que guardamos la última víctima. Aunque en esta ocasión, hemos tenido más suerte y no será una, sino dos. Y ahora si me quieren acompañar…

– Una última pregunta. Si no recuerdo mal, por estas tierras hubo un Maestre de la Orden llamado Guillén Gómez García. O mucho me equivoco, o su linaje y el suyo llevan líneas paralelas.

         – Muy perspicaz, mi querido amigo. Don Guillén Gómez García es una de las partes nobles de la familia, que arranca más allá de los primeros tiempos de la Reconquista. Mi sangre es pura castellana, de ahí que agradezca el detalle de mi noble antepasado  siguiendo sus pasos al frente de la Orden. Y ahora, se acabaron las preguntas.

Tres caballeros cogieron en vilo a Mario García, repitiendo la misma con el cuerpo de Yamila. Subiendo por estrechas y empinadas escaleras, salieron por la puerta que había utilizado el historiador para adentrarse en el castillo. Mario García sentía latir su corazón como nunca lo había hecho antes. La tensión se marcaba en su rostro, igual que en el de Yamila, cuando vieron al Conde Gómez García agarrar una tea para prender la enorme pira de madera. Tras prender el fuego, se dirigió al lugar donde permanecían atados tanto Mario como Yamila, y con un gesto de súplica, se agachó para hablar con ellos.      

         – Hemos tenido dudas sobre cuál de los dos irá primero a la hoguera. Es una duda bastante difícil de resolver pero…- y mirando fijamente a Mario García, que así se creía el primero en arder- quemaremos en primer lugar a la chica. ¡El ser más impuro de la creación será el primero en arder, para mayor gloria de Dios y de nuestro señor Jesucristo!.   

         Yamila comenzó a gritar, y sus gritos eran acompañados por los de Mario García, impotente ante la situación que se avecinaba. Los ojos de la joven recepcionista se clavaron en los del Conde Gómez García, intercambiándose mutuamente una profunda mirada de odio. Yamila fue atada al madero que sobresalía por encima de la pira, mientras sentía crepitar las maderas por debajo de sus pies.   

         Mario García observaba la situación, intentado forcejear con las cuerdas que le ataban por completo, encogiéndose hasta el límite de sus fuerzas, en un intento de aflojar las ataduras. Los gritos de Yamila comenzaban a resonar en su cabeza. Ya casi  ni podía mirarla debido a la espesa humareda que despedía la pira. Un ruido familiar le hizo levantar la cabeza, así como a todos los presentes. El sonido procedía de las aspas de un helicóptero de la policía, que sobrevolaba el patio del castillo. Al instante, un tropel de policías accedía al patio del castillo, donde la luz de la pira permitía ver con claridad todo lo que allí estaba sucediendo. Algunos de los caballeros templarios optaron por escapar del lugar, encaminándose hacia la Torre del Homenaje. Otros fueron rápidamente capturados por los agentes.    

         Mario García comenzaba a ver su salvación y la de Yamila, cuando sintió como le arrastraban en dirección a la pira. Volvió la cabeza y horrorizado, comprobó que el mismo Conde Gómez García era quien le estaba empujando hasta la pira, donde las chispas que saltaban del fuego prenderían rápido las cuerdas que le ataban. Antes de marcharse, ya colocado delante de las llamas, el anciano le levantó la cabeza, sujetándole por los pelos, y le dedicó una penetrante mirada antes de arrojarle de nuevo al suelo.

         – Quizá hayas ayudado a desmantelar parte de la orden, pero no vivirás para contemplar su resurrección.         

         Dicho lo cual se marchó corriendo en dirección a las murallas, aunque su carrera fue observada por varios policías que salieron en su búsqueda. Las cuerdas que ataban el cuerpo de Mario García había empezado ya a arder por los pies, y lo que más le inquietaba, ya no escuchaba los gritos de Yamila, ni siquiera podía verla por la gran cantidad de humo que salía de la pira. El fuego seguía ascendiendo y notaba cómo le quemaban las rodillas, cuando sintió que nuevamente volvían a agarrarle de la cabeza, pero esta vez para alejarle de las llamas. Miró a su alrededor y se alegró de ver al inspector Suarez, quien le había sacado de las llamas, y que estaba requiriendo, a través de un teléfono móvil la presencia de una camilla. Al quitarle las cuerdas, se cercioró de las enormes quemaduras que tenía en las piernas, pero aún más preocupado estaba por Yamila.        

– Tranquilícese, la chica está bien. Sólo tiene quemaduras en los pies y una intoxicación por inhalación de humo. Ahora mismo le van a trasladar al hospital.

De pronto mirando a su alrededor, pudo entrever una figura humana sobre el lienzo de la muralla que se encontraba encima de la pira. Intentó levantarse, a pesar del enorme dolor que sentía por las quemaduras, el inspector Suarez le sujetó para que no se moviera, pero consiguió caminar, y a duras penas, llegar hasta las escaleras que ascendían a las almenas de la muralla. Estaba convencido de que esa figura correspondía a la del Conde Gómez García. Y casi arrastrándose, llegó a la altura del anciano, que se veía rodeado. A escasos metros, cuatro policías estaban esperando el momento oportuno para echarse sobre él. El calor era sofocante y el humo de la pira reducía en extremo la visibilidad. Incorporándose, y apretando los dientes por el gran dolor que sentía en las piernas, anduvo hasta el anciano, quien le vio aparecer a través de la intensa humareda. Una mirada de resignación del Conde fue lo único que obtuvo por respuesta Mario García.  

– Bien, ha vencido. Ha sobrevivido incluso, lo cual no esperaba. Es usted un hombre fuerte y valiente, algo que consideramos como extraordinarios dones dentro de la Orden. Pero si viene a convencerme para que me rinda y esos policías me detengan ha pinchado en hueso. La Orden del Temple siempre ha sido perseguida a lo largo de los siglos. Los hombres pasamos, pero el espíritu templario permanece. De sus cenizas siempre habrá algún rescoldo que volverá a prender en la mente y en los cuerpos de otros caballeros, y así por toda la eternidad. Siempre al servicio de Dios y de nuestro Señor Jesucristo.

Los policías ya estaban a su altura. El Conde Gómez García estrechó las dos manos de Mario García, miró al cielo, y se arrojó a la pira, ante la horrorizada mirada del historiador. Una intensa llamarada subió vertiginosamente hacia arriba, para dejar caer las chispas y la ceniza esparcida sobre la muralla. Mario García se apoyó sobre una piedra de las almenas y cayó desplomado al suelo, sin conocimiento.

La ventana del hospital, totalmente abierta, dejaba pasar una intensa luz que llenaba toda la habitación. La puerta, entreabierta, filtraba el bullicio de los pasillos, mientras Mario García y Yamila dormitaban sobre las camas que ocupaban en la misma habitación. La puerta se abrió por completo y el sonido despertó al historiador, viendo al inspector Suarez delante de ellos. Sin duda, vendría a traerles las últimas noticias de los acontecimientos de la noche anterior. Apartó un montón de revistas que acolchaban una silla, y se sentó sobre ella, entre Mario y Yamila, ya despierta, y agarrando la mano del historiador.     

– Bueno, los bomberos consiguieron apagar el fuego, aunque les costó unas cuantas horas. Del Conde Gómez García han aparecido restos del ropaje y las suelas de las botas, con unas planchas de acero que milagrosamente no se han derretido. Del cuerpo, no hay rastro alguno. El resto de los caballeros han pasado la noche en la comisaría y no vean qué problema. Muchos de ellos son personajes relevantes de la vida pública, política y social de Badajoz y claro, tengo los alrededores de la comisaría llenos de periodistas y fotógrafos, esperando como buitres a que caiga la presa. Ya veremos que hacemos con los unos y con los otros. Ustedes a recuperarse, que es lo importante. 

Guiñándoles el ojo a Mario y Yamila, salió de la habitación. Volvió la quietud y el silencio a la habitación. Los dos seguían agarrados de la mano, a través del pasillo que separaba las dos camas. Yamila se incorporó sobre la cama y besó la mano del historiador, aunque el dolor que sentía en los pies le hizo tumbarse de nuevo.      

– Es curioso, viniste a Jerez a conocer su historia, sus gentes, sus templarios, y vaya si lo has conocido.  

– Como para escribir un libro…   

– Y serás capaz…        

         Una sonora carcajada invadió la habitación, rota por el gesto de silencio impuesto por una enfermera, que entró desde el pasillo ante el elevado volumen de las risas. Mario y Yamila se miraron divertidos, aunque decidieron continuar la conversación.    

         – Te propongo un trato. Ya que la primera noche, como yo no conocía nada de Jerez, me llevaste a un restaurante para probar lo que decías que era la Nueva Cocina Extremeña, cuando salgamos de aquí nos vamos a ir tú y yo a una buena tasca y nos vamos a comer unos buenos platos de Jamón y lomo de bellota, así como quien no quiere la cosa.   

         Yamila le apretó la mano, no muy contenta por el menú que le esperaba al salir del hospital.       

         – Buen menú para mantener la línea.   

         – Claro que si, – respondió locuazmente Mario García- propio de una vida ascética. Mira, como la de un templario.      

         Una nueva carcajada, más estruendosa que la anterior, salió de la habitación, mientras la enfermera de guardia se encaminaba por el pasillo para llamar de nuevo la atención a Mario y Yamila. Fuera del hospital, aumentaba el bullicio en las calles de Jerez de los Caballeros conforme las gentes se acercaban a la parroquia de Santa María, desde donde un buen número de procesiones marcaban el ritmo del Viernes santo, el día después de la muerte de Jesucristo.

                            Madrid-Valverde de la Vera

                               Septiembre de 2000

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