La espada del mago Avalón

—Hacemos chas y…

El tipo que pronunció estas palabras agitó un sombrero de copa con la mano derecha y lo movió con suavidad. Quitó el pañuelo que tapaba su interior con la izquierda y usó dicha mano para volver a taparlo. Luego dirigió una mirada de complicidad al grupo de niños que lo observaba expectante, sentado a su vera.

—¡Y vuela!

Del interior del sombrero surgió una paloma blanca que voló por la habitación hasta encontrar una salida por la ventana que estaba abierta. Los niños aplaudieron el truco, que tampoco era nada del otro mundo: previamente introdujo un puñado de canicas en un sombrero que tenía sobre una mesa camilla, lo que le permitía guardar en él la paloma sin que el público lo advirtiera, y con las canicas fuera y la paloma dentro lo agitaba para dejar volar al ave. Un truco sencillo para un mago que se ganaba el jornal en fiestas infantiles. Los niños eran su especialidad, y a ellos se debía.

El tipo aparentaba tener menos edad de la que rezaba su documento de identidad, donde se decía que los cincuenta ya no los volvería a cumplir. De pelo blanco y media melena revuelta, flaco y alargado como un junco, aparecía ante su público vestido con un esmoquin que ya perdió su brillo. Gustaba de lucir un lazo negro, tampoco demasiado largo, que con el sombrero puesto le confería un inquietante aspecto de enterrador, que no era. Lo suyo era despertar ilusiones, generar alegrías, imaginar sueños. Todo lo que se podía crear estaba en una pequeña maleta de cartón con la que iba de un lado a otro. En un bolsillo de su americana guardaba un fajo de tarjetas con su nombre —Avalón, mago e ilusionista— y teléfono de contacto. Y así sobrevivía, con fiestas como la que atendía, rodeado de un grupo de niños -no más de diez—, en la que el mago contratado por los padres del cumpleañero hacía la delicia de todos los presentes.

—Ahora, necesito un voluntario.

Los brazos en alto fueron los más y los gritos de los candidatos llenaron la habitación del homenajeado, que negando la cabeza y con los brazos cruzados se oponía a ser el elegido.

—¿Quieres salir?

La elegida fue una niña de parecida edad a la del cumpleañero. Sandra, dijo llamarse. Morena, de preciosos ojos grises, el mago Avalón sólo necesito echar una mirada al protagonista de la fiesta para comprobar lo mucho que la niña llamaba su atención. Y también a alguno más.

—Es un juego complicado —advirtió a la niña.

—Seguro que sé resolverlo.

El mago sacó de la maleta una espada, que mostró a todos los presentes.

—Voy a meterte la espada por la boca, ¿estás lista?

Sandra no pudo frenar el escalofrío que le provocó tocar el frío acero que el mago puso en sus manos. Lo miró con esos ojos grises que anunciarían a los hombres tanto tormentas como eternos paraísos con el paso de los años, y asintió con la cabeza componiendo un rictus de preocupación.

—Tranquila, ya verás.

El mago tomó la espada y comenzó a introducir la hoja en la boca de la pequeña. Primero, poco a poco, para después empujarla con determinación. Un truco sencillo, lo había hecho cientos de veces, pero siempre le provocaba algún que otro temblor en la mano con la que ejecutaba la acción. Sandra lo dejaba hacer convencida, aunque también se percatara del extraño temblor que se había apoderado del brazo del mago; cuya expresión tornó en cierta preocupación. Sudaba, y ni mucho menos sonreía. Hasta que de la hoja de la espada no quedó más que el recuerdo y la empuñadura que asomaba por la boca de Sandra.

—¿Estás bien? —preguntó él.

La niña respondió afirmativamente con la cabeza. Los ojos del resto de niños, abiertos, habían dejado de pestañear. Ni un ruido se oía en la habitación. El mago Avalón tomó la empuñadora y de un golpe extrajo el filo de la boca de Sandra, que sonrió aliviada mientras recibía una gran ovación del resto de niños. Todo eran preguntas para ella: qué había sentido, cómo… El mago, apartado, recogía todos los instrumentos que había utilizado para guardarlos en la maleta. Lo último fue la espada, que examinó con calma. Una espada de hoja retráctil que cedía cuando era introducida en el cuerpo o boca de alguien. Un truco espectacular, sobre todo para los niños, y que retomó después de mucho tiempo. Los presentes en la habitación le dedicaron una salva de aplausos a modo de despedida a la que el mago respondió con una reverencia. Al incorporarse clavó los ojos en Sandra y recordó los de la niña mientras introducía la espada por su boca. Una mirada suplicante, como la de tantas niñas y niños que habían protagonizado el mismo truco. En especial, una, que tenía unos ojos tan grises como los de Sandra, y que permanecería en su recuerdo desde el día en el que, ensayando el número, una espada similar se quedó en su boca hasta asfixiarla. En la boca de su hija.

espada

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