La ilusión de un penalti

El árbitro lo pitó y sus compañeros se abrazaron como locos. En el otro extremo del área, los contrarios rodeaban a la pequeña figura que vestía de negro y que con saltos pequeños y ridículos pugnaba por quitarse de encima la caterva protestona.

 
—¡Mételo, por tu padre!
 
Eso le dijo un compañero al protagonista de esta historia cuando le vio dirigirse hacia el balón, olvidado en un punto cercano a la portería. Otro también se le aproximó con idéntico propósito. Y otros dos más. A su espalda, la madeja de alegría se había deshecho y ahora todos lo miraban. Ojos ilusionados, rostros expectantes. Un penalti. Apenas dos minutos para que el partido terminara, y marchaba empate a uno. Que había sido bronco. Demasiadas patadas permitidas por un árbitro que no sabía dónde meterse. Quizá pitó la pena -clara, muy clara-, harto de todo lo que vio y soportó durante el partido.
 
—¡Lo vas a meter, tío, lo vas a meter!
 
Se lo gritó otro compañero mientras colocaba la pelota en el punto donde los restos de cal blanca apenas eran un recuerdo. Se giró para verlo. Se llamaba Juan y el fútbol lo era todo para él. Sin oficio ni beneficio, los domingos se transformaba en lo que vivía una y otra vez en sus sueños. Una vez pitaba el árbitro el final, todo se desvanecía como una ligera pompa de jabón, sin dejar rastro alguno. Y le sonrió. ¡Claro que lo iba a meter! Por él y por Martín, que fue el primero que le deseó lo mejor nada más coger el balón y que necesitaba con urgencia el dinero en forma de prima que se llevarían todos por ganar. Una silla de ruedas con motor para su madre para que pudiera moverse con libertad, sin recurrir a ninguna ayuda. También por Héctor, que había prometido a sus padres un viaje de ensueño. A ellos, que nunca salían del pueblo y que se sentían orgullos del hijo que empezaba a despuntar en el fútbol.
 
—¡Venga, venga, que va para dentro! —chilló Adrián desde la otra portería. Horas antes, camino del estadio, le confesó que la prima, de ganarla, la destinaría a pagar su boda con Inés, una preciosa morena de ojos verdes que sorbería el seso de cualquier otro de no ser por una maldita cojera que la polio le dejó como recuerdo siendo niña.
 
Porque de su acierto ante la portería dependían muchas cosas. Recuerdos que le vinieron a la cabeza, de golpe. Tan intensos como las galopadas que había emprendido su corazón desde el momento en el que decidió ser él quien convirtiera el penalti en gol. Los beneficios de subir de categoría. Más patrocinadores, mejores contratos, cambiar las pensiones por hoteles de respetable categoría.
 
—¡Duro y al centro!
 
—¡Arriba con fuerza!
 
Tampoco podía abstraerse de los gritos del público. Ni una localidad vacía. Al salir al terreno de juego a calentar lo pudo comprobar. Casi podía jurar que toda la población, en cuerpo y alma, estaba allí. Esperando. Su disparo. Del que también dependían tantas o más esperanzas como las de sus compañeros de equipo. La ciudad que le vio nacer aparecería todos los días en los periódicos, en la televisión. Vendría gente de fuera, mucha gente, para gastar dinero los días de partido. Mucho dinero. Sabía que todos los ojos de los espectadores estaban puestos en él. Se llevó las manos a la cintura y respiró. Bajo los palos, el portero del equipo contrario se movía de un lado para otro sobre la línea. Quería ponerlo nervioso. ¡Iluso de él!
 
Dio cuatro pasos hacia atrás y se detuvo. Siempre hacía lo mismo. Así, siguiendo el mismo ritual, había convertido cuatro penaltis en toda la temporada. Ese sería el quinto en caso de transformarlo. Inspiró con fuerza, y antes de soltar el aire buscó a alguien en la grada. Sí, estaba allí, en la tribuna. Había acudido. Expulsó el aire retenido, corrió hacia el balón y lo golpeó tal y como solía hacer. No era persona de cambios ni de improvisaciones. Con el rostro contraído vio volar el balón hacia el punto donde lo dirigió. Tantas ilusiones esperando. Y su vida. La que se jugó dos días antes, tras una borrachera descomunal, con un traficante de armas que apostó a cambio la mitad de su fortuna a que él haría el gol definitivo.
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