La isla de Alexia

―¿Volverás?

―Volveré.

Se lo prometió mientras acariciaba la melena de la joven, de un intenso azabache. Hundió su cabeza en ella mientras el cielo estallaba en mil pedazos rojizos.

Claro que volvería.

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Había sido el verano más intenso de su vida. Un viaje inesperado, una oferta de última hora, una isla perdida en el Mediterráneo. Vida tranquila, poca población. Algo de lectura y mucho descanso después de un año intenso. Un pequeño apartamento junto a la playa de un caserío que se desparramaba ladera abajo hasta dejarse acariciar por el mar. Una pequeña tienda donde se vendía de todo: prensa, alimentos, ropa, calzado, pan. Y ella. Su pelo negro, liso, intenso; sus ojos azules, calmados cuando lo miraba y bravíos cuando lo besaba.

Alexia.

Ése era el nombre de la chica a la que prometió volver cuando el suspiro que suponía un año lo devolviera a la isla que lo había atrapado. ¿Que cómo se llamaba? Casi ni recordaba su nombre. Era la isla de Alexia, una isla tomada tras breve pero intenso asedio en el que participó lo mejor de su ejército: primero, los zapadores, horadando la muralla que la protegía. Un fuerte muro lleno de almenas, aspilleras y barbacanas. Defensas dispuestas para aguantar sus acometidas en forma de dulces palabras y susurros; después, la infantería tomando posiciones, derribando una a una esas defensas a base de besos y caricias; finalmente, la vanguardia más aguerrida, que percutía una y otra vez un ariete contra la puerta que quería derribar, y que derribó una noche tras otra contemplándolos la luna en una playa de suave arena.

―¿Seguro que volverás?

―Seguro.

La vuelta a Barcelona estaba prevista para el día siguiente. El cuerpo de Pablo embarcaría en un avión que lo devolvería a su ciudad, pero no así su alma ni tampoco su corazón, que permanecerían atracados durante mucho tiempo en la isla de Alexia. Para eso todavía quedaba un año. En eso pensaba observando un sol que se derretía entre las aguas de un mar que siempre fue suyo, pero ahora mucho más. Abrazó a Alexia y contemplaron juntos su última puesta de sol. Un pescado a la brasa en la taberna de Giorgios ―un orondo paisano que se hacía pasar por el padre que Alexia no tenía― regado con un vino blanco poderoso llenaría después sus cuerpos de la energía que necesitaban para afrontar el postrero combate antes de la despedida. El escenario ya estaba escogido. Faltaban ellos. Los preparativos previos a la batalla. Después…

―Claro que volveré.

El sol se puso en la isla de Alexia cuando se fundieron en el primero de los últimos besos antes de la partida de Pablo. Volvería. Lo había prometido. Incluso lo había jurado. Que el sol lo derritiera cualquier día en Barcelona si osaba no cumplir con su palabra. La isla de Alexia lo merecía. Y ella, más.

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