‘La mató ‘El Palenque’

—Dicen que la mató ‘El Palenque’. La mató porque no quería que no le quisiera. Ya ve usted.

El tipo que dijo estas palabras se llevó el brazo izquierdo a la frente exagerando el gesto. Qué pena, qué crueldad. Todo eso parecía decir con tal gesto. Como respuesta, las risas de los congregados. Curiosos, turistas, descuideros de carteras atentos a la aglomeración para sacarse el jornal del día. El escenario, el Mirador de San Nicolás. Al fondo, La Alhambra. Vigilante, Sierra Nevada, huérfana del manto blanco. Tarde de calor y de abanicos; los que manejaban con gracia escasa algunas de las espectadoras presentes.

—Y no la quería porque ella quería a otro. ¡Ay, si lo quería! Tanto, que su amor eterno le prometió.

El tipo repitió ademán, ahora con el otro brazo, ocultando así su rostro. Un rostro moreno, agitanado y agrietado, al que un bigote tan blanco como su cabellera —alborotada, algo rizada— adornaba de cierta comicidad. Y realmente el tipo lo era. Con eso se ganaba la vida. Cuatro duros, dos para comer, beber y cenar, y los restantes para pagar la pensión en la que malvivía; sin más horizonte que el de La Alhambra con el sol del atardecer dorando sus muros. Y juraba que no volvería a cumplir los 50, y cuando juraba no era en vano.

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—Pero ‘El Palenque’ se enteró, una noche besándose los vio, y de una cuchillada la mató.

Y dicho lo cual, el tipo se agachó e hizo una reverencia al público presente, al que arrancó una pequeña cantidad de monedas. Deshecho el corrillo de espectadores, buscando los turistas un lugar donde apagar la sed y saliendo del lugar como si nada los descuideros de carteras, contentos con lo afanado, el tipo se sentó en el pretil de piedra con una pierna colgando en el aire y la otra en el suelo. Encendió un cigarrillo y se lo fumó con calma. Por la plaza algunos pregonaban las baratijas que vendían y varias gitanas la dicha de la buenaventura. Una de ellas era joven, morena, con el pelo recogido con un pañuelo. Acompañaba a otra mayor que ofrecía ramitas de romero a todo aquel o aquella que se movía a su alrededor sin demasiado éxito. Ella, claveles. Rojos. «¡Préndela uno al pelo, que lo está deseando!», clamaba con una sonrisa que embaucaba, cortejando a los hombres que paseaban junto a su pareja por la plaza. El tipo dejó de mirarla cuando ella se sintió observada por él y clavó la mirada en el suelo. Cuando volvió a levantarla, ya la tenía delante. Su tez morena, los ojos verdes, nariz fina y unos labios finos y tan rojos como los claveles que vendía. Le tendió un clavel. La sonrisa, la expresión de su rostro. Al tipo no le costó adivinar el brillo acuoso que bañó repentinamente los ojos de la gitana.

—Llévaselo. De mi parte.

El asintió también con los ojos humedecidos y la vio marcharse reclamada por la otra gitana, que dedicó al tipo una mirada nada amistosa. Se levantó, echó un último vistazo a la muchacha, que regresó a su particular asedio de parejas solitarias o de enamorados, y buscó el camino del cementerio, donde depositaría el clavel encima de la tumba de la gitana que más amó y que ‘El palenque’ le arrebató porque no quería que no lo quisiera.

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