La muerte del emperador Carlos V

Monasterio de Yuste,

Madrugada del 21 de septiembre de 1558

Desde que escuchara las palabras de Bartolomé de Carranza Carlos V parecía dormir en un estado de absoluta paz. Los monjes seguían elevando sus letanías al cielo, mientras algunas lágrimas se derramaban por los rostros de los servidores presentes en su habitación.

De repente, y, para sorpresa de todos, el emperador abrió los ojos.

Sus ojos, más azules y llenos de vida que nunca, se dirigieron a su mayordomo. Éste, al verle, no pudo reprimir una lágrima mientras le sonreía tiernamente.

—Ya es tiempo… —exclamó con un susurro el emperador.

Méndez de Quijada se llevó las manos a los ojos para que aquél no le viera llorar.

—Encended las velas y traedme una —pidió Carlos V.

Poco a poco los servidores fueron encendiendo las nueve velas blancas, que el emperador había mandado guardar para llegado el momento de su fallecimiento.

—El crucifijo…

Otro servidor puso en sus manos un crucifijo que, de inmediato, se cruzó en el pecho. Era el mismo crucifijo con el que su amada Isabel, la emperatriz, dio su último aliento de vida. Carlos V lo levantó para volver a colocárselo en el pecho. Otra vez trató de levantarlo pero las fuerzas le fallaron. Bartolomé de Carranza, al verle, se acercó hasta el lecho y se lo mostró firmemente.

Con una mano la sujetó, aunque no sería la última vez que habló.

El emperador lo miró con enorme ternura, clavando sus ojos en Cristo sin abrir la boca. De repente, su voz se escuchó fuerte y poderosa. Tan fuerte que pudo escucharse en otras dependencias del palacio.

—¡Ay, Jesús!

Sus ojos se cerraron definitivamente, cayendo ladeada la cabeza sobre la almohada. El llanto de Luís Méndez de Quijada se contagió a todos los presentes en la cámara imperial. El Arzobispo de Toledo sostuvo por un momento el crucifijo y se quedó mirándolo por un instante.

La sala era un llanto único de pena por la muerte de Carlos V. Carranza miró a su alrededor y todo era gestos de rabia y dolor por la muerte del emperador. Sólo Fray Juan de Regla se atrevió a dirigirle la mirada en aquel momento. Sus acuosos ojos no ocultaban, sin embargo, un odio contenido hacia su persona.

 

Jeromín dormía. A su lado, junto a la cama, Magdalena de Ulloa escuchó el triste tañido de las campanas.

El niño, de pronto, se despertó sobresaltado.

Magdalena de Ulloa rezaba.

—¿Ha muerto? —preguntó nervioso—. ¿Ha muerto?

La mujer, con cariño, acarició su rubia cabeza.

—Reza, hijo, reza…

 

Las campanas tañían su desolador canto en todo el recinto de Yuste. Dávila entonces se detuvo, junto al estanque, mientras paseaba en compañía de Bertrand de Brugge. El soldado extremeño se mantuvo sobrecogido a cada tañido, sintiéndolas como hirientes punzadas en su corazón. Bertrand de Brugge, entonces, decidió sentarse en el suelo.

Multitud de imágenes se sucedieron ante sus ojos. Su vida como soldado a las órdenes del gran emperador Carlos V pasó a tal velocidad que le parecía imposible que pudiera detenerse en tantas y tantas vivencias. Tantos años a su servicio que ahora se sentía huérfano.

Bertrand de Brugge se sentía solo.

Dávila se arrodilló a su lado y le animó con enorme cariño. El capitán le devolvió el achuchón con ternura.

Y le miró.

Cuando no sabía qué decirle decidía mirarle. El soldado extremeño tenía la virtud de leer en los ojos lo que De Brugge era incapaz de explicarle con palabras. Y en sus ojos leyó que, por fin, el capitán estaba en paz.

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