Era la noche del 11 de noviembre de 1556

Hoy se cumplen 462 años de la llegada de mi colega Carlos a Jarandilla de la Vera, donde se alojó durante unos meses mientras terminaban las obras de su palacete adosado al Monasterio de Yuste; llegada tras una jornada la mar de cansada, larga y laboriosa.

Por partes, que diría Jack: lo de llegar a Jarandilla en un pispás –sí, en un pispás. Ahora veréis por qué– lo decidió mi colega la noche anterior, en Tornavacas; adonde llegó después de una dura jornada de camino –otra más, otra de tantas–. Hacía una rasca del copón y corría el viento que se las pelaba. Sin más luz que la de las velas encendidas, cómo continuar el viaje se decidió después de que se apretara unas buenas truchas especialmente pescadas para él. Con el buche lleno uno piensa mejor. Eso pensaba, y también piensan muchos.

Llegar a Jarandilla, digo. Lo antes posible, que era lo que pedía mi colega, el emperador. Porque estaba ya hasta el gorro de viajar. Recordemos que llegó a Laredo un 28 de septiembre, por lo que llevaba más de un mes dando tumbos por la meseta recibiendo homenajes, agasajos y demás, para su disgusto. Que estaba hasta la punta de su pie gotoso de tanta zalamería y lo que realmente quería –ansiaba– era llegar a Yuste y olvidarse de todo y de todos. Para ello había dos opciones: la primera, proseguir camino hasta Plasencia y, de ahí, subir hasta Jarandilla. Cuatro o cinco jornadas más. Ni harto de vino, protestó el emperador; la otra, atravesar la Sierra de Tormantos. Más o menos unas ocho horas, lo que sí agradó al emperador. Un camino de aúpa entre robles y melojos sorteando cuerdas y gargantas cuyo bramido acojonaba más que diez cañones disparando, e internándose por veredas tan estrechas que había que desfilar de uno en uno por ellas. Cualquiera le decía nada, con la cama de mosqueo que llevaba y las ganas de alcanzar Jarandilla que tenía.

Total, que se escogió la segunda opción. Un cuadro. Porque el emperador comenzó el viaje en su litera y hubo momentos que lo hizo a hombros de sirvientes e, incluso, de los lugareños contratados para guiarle hasta Jarandilla; que también despejaban el camino, hoz en mano, como buenamente podían. Para quien quiera revivir la experiencia existe una ruta que recorre el mismo camino y que se puede realizar en cualquier época del año. Impresiona, ya lo advierto.

Ruta dura, dije antes. De las que acojonan. Esas gargantas bramando como si no hubiera un mañana; esas cuerdas que eran –y son– precipicios, esos puentes sobre las gargantas sin sujeción ni barandillas, a la buena ventura; esos puertos que costaba Dios y ayuda subir y bajar… Cuenta la leyenda que tras subir uno de ellos, y con Jarandilla ya a la vista, a mi colega Carlos le dio por decir que ya sólo le quedaba un puerto por subir, y era el de la muerte. Con ese ánimo iba, el amigo.

Y así, la comitiva alcanzó Jarandilla cuando las tinieblas hacían suyas las tierras de La Vera. Al emperador le tenían preparada una cena de esas que tanto le gustaban y una chimenea en su habitación que rugía como el infierno. Dio gracias a Dios por alcanzar su destino –temporal– y un pellejo de vino a los tornavaqueños que le ayudaron a conseguirlo. Porque eso le contestaron a su pregunta de qué querían como recompensa por sus esfuerzos. Eso le pidieron al hombre más poderoso de su época. Verídico.

Era la noche del 11 de noviembre de 1556.

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