La noche de los cristales rotos

Hoy se cumplen ochenta años de lo que se conoce como ‘noche de los cristales rotos’; la chispa de lo que después se transformó en un exterminio en toda regla, el barro que trajeron estos lodos.

Al grano. Que los judíos lo iban a tener chungo con Hitler en el poder saltaba a la vista. Bueno, judíos, comunistas, izquierdistas varios, homosexuales… Pero los judíos, por encima de todo. Hors de categorie, como dicen los franceses. Así que, poco a poco, empezó a tocarles las narices. Suave primero —a modo de bienvenida—, sin misericordia después. Hasta llegar a 1938. ¿Qué paso durante su mes de agosto? Que el Gobierno nazi canceló el visado de residencia a todos los extranjeros sin importarle el tiempo que llevaran residiendo en Alemania; en algunos casos, décadas. Como resultado, 17.000 judíos fueron expulsados hasta la frontera con Polonia. Bais, bais. Lo mismo. Y allí permanecieron a la intemperie durante semanas porque Polonia se negó a acogerlos. Hasta aquí, la línea. Empezamos para bingo.

Porque aquí entra en escena la familia Grynszpan, una de las muchas represaliadas por el Gobierno nazi. De todos ellos se salvó un miembro, Herschel Grynszpan, que residía en París con su tío. El tipo se fue calentando, se fue calentando —su familia perdida en una frontera, bajo el cielo ya lloviera o hiciera sol, y Polonia silbando para otro lado. Pues eso, que se calentó— y tal que el 9 de noviembre se presentó en la embajada de París y le pegó cinco tiros a un diplomático alemán, Ernst von Rath.

La lio parda el tal Herschel Grynszpan.

Aquello llegó a Alemania en menos que canta un gallo. Un judío atentando contra un alemán. Y Hitler dando palmas con las orejas. El Gobierno nazi tardó nada o menos en propagar la noticia de que un judío había atentado contra la comunidad alemana. Y los judíos no se iban a ir de rositas, vaya que no.

Y no, no se fueron. Para empezar, el Gobierno se afanó en calentar todo lo que pudo al pueblo alemán. Los judíos son unos asesinos, hay que acabar con ellos antes que lo hagan con nosotros, etcétera. Venga leña al fuego. Y pasó lo que tuvo que pasar: sinagogas quemadas, comercios judíos y casas asaltados… El recuento final: 1.600 sinagogas dañadas o destruidas lo mismo que más de 7.000 tiendas y 29 almacenes judíos, y más de 30.000 judíos fueron detenidos a lo largo de la noche e internados en campos de concentración donde les dieron de todo menos las buenas noches.

Ahora viene lo mejor del asunto. No hace mucho, un periodista e historiador, Armin Fuhrer, desveló que la muerte del diplomático alemán se pudo evitar, que llegó en estado estable al hospital después de recibir los disparos. Enterado Hitler del asunto no tardó en enviar a su médico personal para que lo atendiese mejor. Pero, cosas de la vida, el paciente empeoró y la espichó, y Hitler tuvo la excusa que buscaba para empezar a ajustar cuentas con el pueblo judío, que tanto detestaba.

Así son las cosas.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies