La noche que se hundió el Titanic

Bueno, pues tal día como el de hoy de 1912, y con nocturnidad ―a eso de las dos y media de la madrugada―, el Titanic se fue al fondo del mar, matarile, después de chocar con un iceberg en pleno Atlántico Norte. La palmó mucha gente, más de 1.500 personas, y se salvó menos ―apenas la mitad, 705―; el barco que no podía hundir ni Dios.

¿Se podía haber salvado? Pues depende, oigan, que últimamente no dejan de salir teorías de todo tipo que elucubran al respeto. Pues puede que sí.

De todo tipo las teorías, decía. Desde que a David Blair se le olvidó entregar la llave del armario donde se guardaban los prismáticos a su sustituto, Charles Lightoller, ―completamente verídico. La llave fue subastada en 2007―, con lo que a este último no le quedó más remedio que escudriñar el horizonte con ojos de búho. Las consecuencias, las ya sabidas―, hasta la tardanza en lanzar el primer aviso de auxilio, pasada ya la medianoche ―el choque se produjo a las 23:14―, lo que hubiera dado tiempo al buque ‘Californian’, el que navegaba más cerca, a socorrer a la tripulación del Titanic.

Total, que la palmó peña para aburrir, y James Cameron pudo rodar una película del copón, llena de efectos especiales, etcétera, y con una escena ―la de Rose encima de un trozo de madera y Jack, a su vera, siendo consciente de que nada ni nadie le iban a salvar de ponerse a criar malvas en medio del Atlántico Norte, más frío que las fuentes del Moncayo en invierno―, que también ha dado para muchas teorías. La última de todas dice que sí, que se podían haber salvado los dos, que había madera más que suficiente ―demostrado―, pero que Rose se acojonó cuando vio cómo la madera se iba a pique después de intentar subir el otro, y con un chillido le dijo que a dónde vas, muerto de hambre, que al fin y al cabo yo soy una señorita y tú nada más que un muerto de hambre. Y por mucho amor y tal, yo no quiero morir y de aquí no me apeo.

Y eso fue lo que pasó.

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