La pena de la sombra

Una pareja se comía a besos en la esquina de un solitario y estrecho callejón. El hotel, a dos pasos de distancia. Sus miembros calentaban para lo que estaba por venir; una cama que conocería la misma pasión que en noches anteriores. Y la ventana, abierta para que la suave brisa del amanecer acariciara sus cuerpos descompuestos por el esfuerzo. Ése era el plan. El que repetía la pareja cada fin de semana.

Lo suyo fue una guerra de guerrillas. Un bar, una noche, un cruce de miradas. Curiosidad, acercamiento posterior y un «yo nunca te he visto aquí» al que respondió un «pues a mí me pasa lo mismo». Dos meses habían transcurrido ya desde aquella primera noche. Él era moreno, bien parecido, de pelo rizado y ojos tan negros como la noche. Ella, también morena, de delicadas curvas que las manos de él surcaban con suavidad, como quien conoce cada centímetro de ellas para extraer el mayor provecho.

Ojos negros, lo de él y los de ella, que se quedaron estupefactos al ver la sombra que apareció por la esquina opuesta del callejón. Caminaba despacio murmurando.

—Mi pena, mi inmensa pena… —la oyeron rumiar.

—¡Entremos en el hotel! —pidió la chica a su pareja, muy asustada.

—Calma —trató él de tranquilizarla protegiéndola con su abrazo.

—Mi pena, mi inmensa pena…

La pena se detuvo a tres pasos de la pareja. Con la cabeza agachada y encorvada, así se mantuvo unos segundos. ¿Cuántos? Cinco gotas de agua que se precipitaron al suelo desde un cercano canalón. Una eternidad en el silencio.

—¿Qué pena? —preguntó él.

—Saber que la quieres tanto ahora… —La voz de la recién llegada, profunda y gutural, estremecía. Lo que sintió él; un escalofrío devastando su cuerpo. Tanto, que su pareja lo percibió—. Veremos si dentro de un tiempo la quieres igual.

—La querré lo mismo —contraatacó el otro, algo molesto—. ¡Qué sabrás tú cuanto la quiero!

La sombra sonrió. Fue la suya una sonrisa nada agradable.

—Porque conozco esos besos, esa manera de mirarla, de tocarla, de mesar sus cabellos… –La recién llegada se retiró el embozo que ocultaba su oscuro y agrietado rostro. El horror hecho persona—. Y conozco tus mentiras porque son las mismas que contáis a todas las mujeres. ¡Ten cuidado con él! —advirtió entonces la sombra a la chica apuntándola con un dedo—. Hoy eres bella, mañana ya no lo serás. Te acordarás de mí y de estas palabras.

—¡Vámonos al hotel! —volvió a pedir la chica a su pareja.

Él apartó a la sombra de malos modos y prosiguieron su camino. La sombra quedó atrás, lamentándose de su desgracia.

—Mi pena, ¡ay, mi pena!…

La chica se giró para verla por última vez. Su pena.

Muchos años después, una noche de verano cálida y serena, otra pareja deambulaba por el mismo callejón camino del hotel. Se pararon para besarse. Ella se asustó al ver una sombra en medio de la calle. Él la tranquilizó. La sombra llegó hasta ellos y se dirigió a la muchacha

—Ten cuidado con él —le advirtió la sombra— o sabrás lo que es la pena.

Después prosiguió su camino arrastrando su propia pena. Que empezó el mismo día que el hombre al que decía amar la dejó por otra cuando su belleza comenzaba a ser un recuerdo. Desde entonces se limitaba a avisar a las muchachas que encontraba a su paso, como hiciera con ella una sombra en ese mismo lugar bastantes años antes. Una más de las sombras que hablaban de penas vividas y recibidas. Sombras eternas que un día conocieron el amor y ahora conocían el desamor. Esa inmensa pena.

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