La risa del payaso

La primera fila reía con ganas. La segunda y la tercera, también. Era verano. En la distancia se oía el batir de las olas contra el cercano espigón, y la suave brisa atenuaba el calor del día recién acabado. Las farolas del paseo marítimo ya estaban encendidas. Serían quince niños los que se divertían con las gracias de un payaso que estaba caído en el suelo. El golpetazo ―quizá buscado, quizá natural―, lo había llevado hasta allí y poco le importaba. Compuso una mueca de disgusto al incorporarse, pero pronto la cambió por otra más risueña mientras se quitaba de encima el polvo.

―Parece que el suelo resbala un poco.

Y volvió a caerse tras dar un nuevo paso en falso. Una caída aparatosa que arrancó muchas más carcajadas que la anterior caída. El payaso se arrodilló y frotó el suelo en varias ocasiones para después encogerse de hombros e incorporarse con cara de no entender nada.

―Pues no sé por qué resbala.

Y se cayó. Una, dos y hasta por tercera vez. Algunos de los padres observaban los movimientos del payaso desde un cercano bar. Intercambiaban comentarios, veían felices a sus hijos. Ellos, a lo suyo. Las cervezas y copas corrían de mano en mano.

―¡Qué bueno es el cabrón!

―Pero los costalazos le tienen que doler una barbaridad.

―¡Eso lo tiene ensayado! Nada. ―Terció uno de los padres―. Ni un
moratón.

Una sonora ovación puso fin a la actuación del payaso, que se despidió de cada uno de los niños con un beso. Recogió su maleta, junto al muro, y se acercó a la barra del bar. El camarero, viendo que se aproximaba, llenó una copa de coñac cuyo contenido el recién llegado hizo desaparecer de inmediato. La copa vacía y su media sonrisa eran la indicación que el camarero necesitaba para rellenarla; tan rápido la sirvió el uno como se la bebió el otro. Uno de los padres alzó la voz para articular un comentario guasón:

―Así no me extraña que se meta los guarrazos que se mete…

Las risas corrieron por toda la barra. El camarero miró al payaso, que volvió a asentir. Una tercera copa no le vendría mal. Ni una cuarta, tampoco. Ni mucho menos una quinta. Llevaba la cara pintada y una pequeña bola de gomaespuma en la nariz. El rostro aparentaba ser risueño. El camarero le extendió un bocadillo que el payaso guardó en uno de los bolsillos de su chaqueta. Y clavó la mirada del padre que acaba de soltarle la frase anterior. Su tono, seguro:

―Pues gracias a eso hoy tu hijo se irá con una sonrisa a la cama. A ver si tú eres capaz de decir lo mismo.

Y dejó al padre con la palabra en la boca, tan sorprendido como los demás. La sonrisa del niño. Una alegría que el payaso necesitaba día tras día. Camino de la pensión recordó las risas que aún llenaban sus oídos. El mar acariciaba la arena de la playa, pero él sólo oía risas. Las que desaparecieron y le mataron en vida. Las echaba tanto de menos que abandonó todo y abrazó la soledad por compañera recorriendo pueblos y ciudades sin más objetivo que conseguir la risa de un niño. La misma que se quebró la noche en que su hijo murió.

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