La toma de la Sorbona de París

Hay que reconocer que a los parisinos les va la marcha. Pero que mucho. Si un 14 de julio de 1789 le dijeron a su monarquía que vale ya de tanta tontería, tal que hoy hace cincuenta y un años fueron los estudiantes los que salieron a las calles y dijeron exactamente lo mismo a sus rectores, pero como cantaba Frankie ojos azules. Pues eso.

Lo de la toma de la Sorbona no fue como la de la Bastilla, ni mucho menos sus consecuencias, pero sí que puso los cojones por corbata al Gobierno francés. Tanto, que el presidente de la república, el viejo general De Gaulle —héroe nacional, etcétera, etcétera—, disolvió la Asamblea Nacional y convocó elecciones semanas después de lo ocurrido; que fue más allá de este 16 de mayo. Pero mucho más allá. Al lío.

Como suele ocurrir con estas cosas, de una tontería se hace un mundo, y eso fue lo que pasó con los estudiantes franceses. Todo surgió como una protesta sin más, casi pueril, y le faltó el pelo de un calvo para acabar como lo de la Bastilla. Dos meses antes de los hechos que os cuento, en marzo de 1968, un grupo de estudiantes empezó a montar bulla porque estaban hasta el gorro del autoritarismo académico de la época. Lo que ellos pedían —fin de la segregación sexual, los hombres por un lado y las mujeres por otro. Eso, entre otras cosas— era visto como Sodoma y Gomera por parte de los rectores del momento. Y como no les hicieron ni santo caso, se lió.

Cansados de lo que consideraban un régimen, los estudiantes se organizaron para protestar, y tomaron el edificio administrativo del claustro en Nanterre, entonces a las afueras de París. Mes y medio después, las autoridades académicas decidieron que hasta ahí había llegado la charlotada, e intentaron reprimir la revuelta. Consecuencia: las protestas ganaron eco, y de la periferia de París se trasladaron a la Universidad de la Sorbona, en el mismo centro, a dos pasos de Notre Dame y de la Isla de Francia. Corazón de París. Y se montó la de Dios es Cristo.

El número de estudiantes cabreados creció conforme pasaron los días, ahora también peleados contra el sistema capitalista, y en general contra el mundo conocido. Hordas y hordas de estudiantes encabronados campando a sus anchas por las calles del Barrio Latino, y la policía esperando el momento de desatar una tormenta de guayas y magunzadas sobre ellos en cuanto recibieran la orden. En la atmósfera se mascaba la tragedia, oe oe; que arrancó la noche del 10 de mayo, cuando policías y estudiantes se dieron de lo lindo, hasta en el cielo de la boca, en lo que ha pasado a la historia como ‘La noche de las Barricadas. Al día siguiente, Francia amaneció conmocionada: coches incendiados, ventanas rotas, cerca de mil heridos. Panorama que terminaron de incendiar los trabajadores de Francia, que pensaron en aquello de a río revuelto, ganancia de pescadores. Millones de trabajadores declarados en huelga —entre siete y diez millones, cuentan las crónicas de la época—. Y De Gaulle, con los cojones por corbata.

Y el día de hoy, como dije al comienzo de estas letras, pasó a la historia porque los estudiantes de París tomaron la Universidad de la Sorbona. Para resumir, el jaleo duró unas cuantas semanas más, De Gaulle convocó las elecciones de las que antes os hablé, las ganó otra vez, pero terminó dimitiendo un año después, en abril de 1969. Harto, muy harto de los franceses; los franceses se calmaron, los estudiantes volvieron a las aulas; y consiguieron poco o nada de lo que pedían, pero demostraron que, si se quiere y se trabaja —que dice mi admirado Diego Pablo Simeone—, se puede. ¿El qué? Lo que cada cual desee. A gusto del consumidor.

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