La última copa

―La última…
 
―Sabes que no lo será.
 

―Sólo te pido la última.

 
―¿Por qué?
 
El camarero suspiró, tomó la botella y rellenó la copa del tipo que le había pedido auxilio.
 
—¿Por qué? —volvió a preguntar.
 
Por última vez, le aseguró el tipo que dormitaba con los brazos estirados sobre la barra, en la que descansaba su cabeza. El vaso estaba vacío y reclamaba más. El vaso. Al que se aferraba como el náufrago al palo de su balsa en plena tormenta; o para iniciar el viaje a un mundo y situación distintos a los habituales. Que tanto detestaba. El real, el que le asfixiaba. El camarero secó el primero de los dos vasos que le quedaban por guardar en el armario. El segundo era el que se negaba a rellenar.
 
—Te estás matando…
 
—¿Y a ti qué cojones te importa eso? —articuló el otro con su voz pastosa.
 
—Me preocupo por ti.
 
—¡Pues lléname el vaso de una vez!
 
No sería la última. El camarero lo sabía. No mientras la botella contuviera una sola gota de líquido. Y porque la escena le resultaba familiar. Demasiado. Desde el primer día que vio entrar al tipo en el bar, poco antes de cerrar. Cinco días antes, recordaba. Su buena memoria, que le permitía recordar la cara de los clientes asiduos. Treinta años de experiencia en el oficio. Era el mejor. Por eso caló de primeras al tipo que le exigía una última copa como si del oxígeno necesario para vivir se tratara.
 
La primera noche que entró el tipo pidió una copa y rumió su soledad en silencio. Tras la primera vinieron muchas más hasta el amanecer; la segunda noche fue como la primera y la tercera, como las dos anteriores; a la cuarta, el camarero ya osó inmiscuirse en la soledad del tipo.
 
—Voy a cerrar.
 
—¡Es mentira! —bramó el tipo. Levantó la cabeza y miró al camarero con ojos vidriosos—. ¡Tú no cierras hasta que yo me marche!
 
El camarero negó con la cabeza. Dos, tres, cuatro veces.
Finalmente, tomó la botella de whishy y llenó el vaso del tipo. Que agradeció el gesto con una sonrisa. Divertida cuando tomó el vaso, melancólica después de darle el primer trago.
 
—Así que esto es lo que eres… —murmuró el camarero.
 
El artista de éxito del que hablaba el periódico de la ciudad. Eso era el tipo. El actor cuyas actuaciones en el teatro local se contaban por interminables salvas de aplausos al concluir cada actuación; el que cosechaba premio tras premio y por el que muchas actrices mataban o vendían su alma al diablo sólo por actuar unos minutos junto a él. Ése era el tipo que llevaba cuatro noches entrando en el bar siempre antes del cierre.
 
El camarero masticó la pregunta antes de hacerla de nuevo. Era optimista. Estaba convencido de que obtendría la verdad por respuesta.
 
—¿Por qué?
 
¿Por qué ese tipo que lo tenía todo, que decía desconocer la cantidad de noches que visitó camas y compañías que aliviaran su soledad, echaba el cierre al día con esa táctica de autodestrucción tan premeditada?
 
Al tipo le brillaron los ojos.
 
—Qué cabrón eres…
 
Y le contó cosas, detalles de su vida. El calor de los aplausos del público o el de la fogosidad de las mujeres que conoció. Un espejismo. Eso era su vida. Fama, dinero, reconocimiento. Nada tenía tanto valor para él como aquella copa que esperaba ver llena otra vez. Lo único que le mantenía vivo y le permitiría vaciar su cabeza de todo lo visto, oído y conocido día tras día. La última copa le proporcionaba la lucidez necesaria para olvidar quién era. Así un día tras otro hasta el siguiente. Como el que estaba a punto de finiquitar. El camarero asintió. Su sonrisa, igual de melancólica que la del tipo.
 
—Acabarás muriendo.
 
—Morí hace mucho tiempo.
 
El camarero se estremeció. Algo leyó, pero nunca creyó que la realidad fuera tan dura como lo que se contó en su momento. La historia del niño que nació con una enfermedad incurable; que creció con la ayuda de su madre y al que el padre dedicó su vida, dejando incluso de actuar, cuando la madre dio el último paso antes de tiempo. El niño al que el padre encontró muerto en la cama una mañana de domingo, cuando decidió irse.
 
—Me lo pidió él. Quería que volviera a actuar. Quería que fuera feliz. Quería que le matara yo.
 
El camarero asintió.
 
—Ésta va por cuenta de la casa.
 
También se sirvió él. Y brindaron. Le dijo que la noche siguiente estaría en otra ciudad. El camarero no dudó que allí encontraría otro bar que tampoco le negaría una última copa. La que le mantenía vivo.
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