La ventana del día

amanecer en Punta PrimaAbrió la ventana, como cada día, e inspiró con fuerza, también como cada día. Silbaba la cafetera en la cocina, que acudió a apagar y retirar del fuego para regresar al alfeizar de la ventana. Volvió a inspirar aire con los ojos cerrados. Prendía el sol el horizonte y, a sus pies, el mar acariciaba la arena de la playa. Le relajaba el ir y venir de las olas, su movimiento, esa eterna contradicción de querer marcharse, pero nunca irse del todo. El perfecto ejemplo de su vida. Se calzó las chanclas, se aseguró de que la cafetera estaba apartada del fuego y cerró la puerta del pequeño apartamento. Al llegar la playa echó un vistazo a la ventana, abierta un par de metros por encima de su cabeza y por la que fluía la melodía del reproductor musical. Una flauta suave, dulce, que la brisa de la mañana templaba. Se despojó de la camisa que cubría su cuerpo y, tranquila, caminó hasta el mar. Cerró de nuevo los ojos y se dejó llevar en su lento andar, cubriéndola el agua. Dejó de escuchar la música y lo único que oyó fue el mar. La misma rutina, el mismo amanecer, el mismo nuevo nacer. Como cada día.

 

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