La ventana del día

Hay vecinos que están hasta las narices de Sandra, Gloria o Irene. Otros, no. Les hace gracia. Incluso la envidian. Bendita vitalidad, responden al ser requeridos por el particular. Y en un edificio con una media de edad parecida a la de los restos de los pobladores de la Gran Dolina, Sandra, Gloria o Irene no pasa desapercibida. Primero porque vive en la buhardilla, un espacio de poco más de treinta metros cuadrados. Salón, cocina, cuarto de baño y dormitorio. Muy minimalista todo. Por el tamaño, básicamente. Lo mejor, las vistas: la ciudad a sus pies. Amaneceres que atrapan y vistas a un mar de estrellas y luces que anuncian la llegada de la noche; segundo, porque Sandra, Gloria o Irene es una sonaja, va con la música a todas partes. Se despierta con ella, desayuna con ella, sale de casa con ella, regresa a casa con ella, se acuesta con ella. Y también con alguno que no es la música. Lo asegura una vecina del tercero, que más de una noche y de dos la ha visto por la mirilla subir acompañada. «¡Y nunca es el mismo!», jura y perjura a otra del segundo, que se lleva las manos a la cabeza, se santigua y pide a Dios que ponga remedio a tanta inmoralidad, que esto ya es más que Sodoma y Gomorra; y tercero, porque Sandra, Gloria o Irene anuncia a todo el vecindario que se marcha a trabajar, que sale de casa. Un escalón, y otro, y otro. Auriculares en los oídos, voz en grito. 40 escalones. Se arranca al cerrar la puerta —«Drive boy dog boy, dirty numb angel boy, in the doorway boy»— y aterriza en el portal —«And you just groan boy, she said come over come over, she smiled at you boy». A su paso, de todo. ¡Ahí va Othar, causando la destrucción! ¡Tanta gloria lleves como paz dejas! ¡Buen día, guapa! ¡Ay, si me pillaras con cuarenta años menos…! Pues eso, de todo.

Sandra, Gloria o Irene pone los pies en la calle. Dedica una sonrisa a Rafa, el portero, y echa a andar camino de la estación. Rafa la ve marchar. Barre el suelo del portal con energía. Se siente más joven desde que escucha otro tipo de música. Siempre fue de La revoltosa, de Doña Francisquita o Agua, azucarillos y aguardiente. Barre con fuerza. Y se anima también a cantar —«Drive boy dog boy, dirty numb angel boy, in the doorway boy»—sin importarle mucho que el parecido entre lo que oye y lo que sale de su boca sea el mismo que entre él y Cary Grant. Tres narices le importa. Levanta la mirada del suelo. Aún puede ver a Sandra, Gloria o Irene antes de entrar en el metro. Vuelve a sonreír.

Jodía cría…

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