La ventana del día

Lo sabe. Lo sabe desde antes de que abriera la ventana —buhardilla en el centro de la ciudad. La campana repicando en la torre del convento. Sonidos de un claxon perdido, de un ladrido anónimo reclamando a su dueño—, por la que entró una brisa que refrescó la habitación, que alborotó varios papeles que tiene sobre la mesilla y que no sabe cuándo tirará a la basura; lo sabe antes de que encendiera la radio para escuchar su emisora favorita, por la que Boy George le regala la primera sonrisa de la mañana al recordarle que los amantes nunca preguntan por qué, entre otras cosas; lo sabe antes de retirar la cafetera del fuego y servirse una taza con dos cucharadas de azúcar, a la que acompaña con una tostada de pan con aceite y tomate; y también antes de vestirse. Como le gusta a ella, de manera informal pero arreglada. Posible compromisos, los planes de su jefe, inescrutables; más vale prevenir que curar. Lo piensa todos los días mientras se da los últimos retoques delante del espejo. Sonríe. Lo sabe.

Lo sabe. Sabe que hoy será feliz y nada ni nadie le quitará el propósito de conseguirlo.

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