La ventana del día

«Por una cabeza todas las locuras…». Eso cantaba Gardel. El tipo que acaba de dar la última calada a su cigarro asiente en silencio con la estrofa dando vueltas por su cabeza. La cabeza. Don Carlos, tan atinado. Lo arroja al suelo y apaga aplastándolo con la puntera del zapato izquierdo. Brillante, bien lustrado. Así se lo dejó el limpiabotas al que acudió antes de subir al barco.

—¿O acaso quiere que ella lo vea como un muerto de hambre? ¡Sea un caballero, nomás! —le soltó el limpiabotas antes de entrar en faena.

Mexicano, hizo gala de conocer perfectamente el oficio. Al acabar, se miraron. Él le entregó el precio que le pidió por el servicio más una propina que el limpiabotas agradeció quitándose la gorra que tocaba su cabeza:

—¡Un auténtico caballero, eso es lo que es usted! —articuló el otro, con agradecimiento—. ¿Buenos Aires? ¿Río? ¿Montevideo? —prosiguió—. Por curiosidad, nada más.

—Buenos Aires

—¿Cómo se llama? —volvió a preguntar el limpiabotas, ahora con una sonrisa en la boca.

«Su boca que besa, borra las tristezas, calma la amargura…». Don Carlos regresa a sus pensamientos. El tipo echa un vistazo al horizonte. Miles de kilómetros de distancia les separan. Una locura, desde luego. Ella ni siquiera lo sabe. Puede que lo intuya. En alguna que otra carta se lo dejó caer. «Iré donde esté mi corazón, y mi corazón está contigo». Sólo le faltaba la decisión para dar el paso, abandonar una vida y un país que ya no son suyos y poner mar de por medio. Allí, en brazos de su amada, cree que será feliz. Al menos, más de lo que lo fue. Y sólo lo fue con ella en sus brazos apenas unos pocos meses. Imposible olvidarla. Por eso se marcha con ella. Puede que sea una locura, como canta Don Carlos, aunque el mundo se ha vuelto tan loco que una más poco importará.

—Paula —le contestó el tipo.

El mismo que observa la colilla aplastada, el último vestigio de su estancia en un país al que no desea volver nunca más. Fue. Ahora quiere ser en otro, y lo será. Recorre la escalerilla del barco sin echar la vista atrás. Suena la sirena. A su alrededor todo son gritos, lloros, abrazos, besos. «Basta de carreras, se acabó la timba, un final reñido yo no vuelvo a ver», que canta Don Carlos en su cabeza mientras se apoya en la barandilla del barco. Ante sus ojos, el infinito mar y un destino tan incierto como deseado.

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