La llegada de mi colega Carlos a Yuste

Pues tal que un 3 de febrero, pero de 1557, mi colega Carlos –el I de España y el V de Alemania, para el que no me siga la corriente– cogió los bártulos y se largó para el Monasterio de Yuste. Que ya tenía ganas. Por delante, unas dos leguas de camino, o sea, cerca de diez kilómetros, aunque la cosa puede variar según se tome como referencia la legua castellana —4 100 metros metro arriba metro abajo— o la imperial, que equivale a 4 828,032 metros. Resumiendo la cuestión, cerca de dos leguas. Para verlas. Es más, si os apetece, podéis recorrerlas en cualquier época del año, que para eso existe la Ruta del Emperador; ruta que parte de Jarandilla de la Vera, lugar donde pasó unos meses hasta finalizar las obras del palacete adosado al Monasterio de Yuste que se construyó mi colega, y que concluye en dicho monasterio tras atravesar Aldeanueva de la Vera y Cuacos de Yuste por el camino. Para verlas, insisto, porque las haces a pie y tal, y es cuando te pones a pensar en cómo las pasó subiendo y bajando cuestas —y qué cuestas—, cruzando gargantas –y qué gargantas— que deberían de bramar lo que no está en los escritos, dejándose la vida sus sirvientes —él iba en litera. Para eso había sido emperador—, en medio de aquel barrizal, dado que aquel invierno había llovido lo que no está en los escritos y más. De traca. Siglos XVI. Para qué seguir contando penurias.

Cuentan las crónicas que lo de largarse para Yuste era algo que mi colega deseaba con fervor, pero que por unas cosas —los dineros. Mejor dicho, su ausencia para pagar a sirvientes y licenciar a las tropas que le acompañaron hasta Jarandilla— y por otras —las obras y su retraso, y el mal tiempo— no pudo verlo hecho realidad hasta este 3 de febrero de 1557.

A eso de las tres de la tarde, minuto arriba minuto abajo, la comitiva compuesta por cerca de medio centenar de personas partió de Jarandilla camino del Monasterio de Yuste. Como recuerdo, lo de los alabarderos que le sirvieron hasta entonces, que arrojaron sus alabardas a los pies del emperador como gesto de que ya no servirían a ningún otro señor. La mayoría regresó a Flandes. A saber a qué se dedicarían allí luego. ¿A la guerra? Pues seguro, que en lo tocante al tema, el siglo XVI fue como el Corral de la Pacheca: un desmadre continuo.

Dos leguas de camino, incido en el particular, para arribar a eso de las cinco de la tarde al Monasterio de Yuste en medio de un repique de campanas, pero sin tuna rondándole, sino más bien algo así como cuarenta monjes, con su prior a la cabeza, para darle la bienvenida.

Pues eso, todo eso, fue lo que ocurrió en la vida de mi colega Carlos este 3 de febrero, pero de 1557.

Y es lo que os tenía que contar hoy.

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