Llorona

Un café humeante por empezar, un cigarrillo por fumar cortesía del camarero, que la mira de soslayo mientras seca las últimas tazas —bar vacío, luces que se apagan y la oscuridad brillando en la calle, que contempla a través de la cristalera— que deposita sobre la barra a la espera de nuevos clientes a la mañana siguiente, y ningún lugar donde ir. En resumen, la vida de la mujer que escruta la vida sentada junto a la cristalera del bar. El reflejo le devuelve su rostro, aún bien cuidado —frisa la cincuentena—, en la que se diluye una mirada húmeda y melancólica. Desde la radio que hace compañía al camarero le llega una melodía. Remueve la taza de café sin despegar la mirada de la cristalera. Suspira posándola en el café y después en el camarero, al que sorprende mirándola. Esboza una suerte de sonrisa.

—¿Podría subir la radio? —le pide—. En cuanto acabe la canción, me tomo el café y me marcho.

Su voz sonó a lamento, casi a un desgarro que se pierde en el silencio sin alterar ni querer causar molestia alguna. «Dos besos llevo en el alma, llorona / que no se apartan de mí / el último de mi madre, ¡ay! Llorona / Y el primero que te di», le llega desde la barra. La tararea con la misma mirada perdida con la que entró al bar y que sobrecogió al camarero. Un café y déjeme fumar en una esquina, se lo pido por favor, le imploró. Se lo sirvió y accedió a su petición. Y desde entonces apenas ha probado al café, sólo mira a través de la ventana; como si el tiempo fuera una mera excusa para dejarse llevar sin más afán que gastarlo porque tiene que gastarlo.

—«Si porque te quiero quieres, llorona / Quieres que te quiera más / Te quiero más que a mi vida, llorona / ¿qué más quieres?, ¿quieres más?», musita sin mirar a ningún lado para, después, agarrar la taza de café con las dos manos y darle matarile de dos tragos, uno más lento y otro, el definitivo, como un disparo que espante lo que más le pide el cuerpo desde hace tiempo.

—¿Cuánto le debo? —inquiere al camarero mientras se aproxima a la barra.

—Va por cuenta de la casa.

Ella sonríe, pero no del todo. De esas sonrisas a medias que pueden chillar tantas cosas.

—¿Por las molestias?

—Por cantar esa canción como lo ha hecho —le saca de dudas el camarero. Sus ojos brillan de puro estremecimiento.

—No le entiendo.

—Se lo puedo explicar. ¿Tiene tiempo?

Ella vuelve sonreír, ahora de manera completa, que contagia al camarero.

—¿Podría ser con otro café delante?

—Podría.

A través de la cristalera se ve la noche brillar y las luces de las farolas anhelar paseantes a los que arrancar sombras; que no tardarán en robárselas a las dos personas que salen por la puerta del bar.

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