Lo de la gesta de Filípides

Para comenzar el día, el dato: tal que hoy hace 490 años antes del nacimiento de Jesucristo, se cuenta que Filípides palmó tras meterse los cuarenta y dos kilómetros que separaban Maratón de Atenas a lo Forrest Gump; que había que dar noticia de la victoria ante los persas, noticia que esperaban los atenienses como agua de mayo, pues los persas habían jurado saquear la ciudad, pasar por la piedra a todas las atenienses y matar a sus hijos. La leyenda cuenta que al llegar a Atenas gritó: «” ¡Alegraos, atenienses, hemos vencido!”» y cascó. Muerto por cansancio.

Ahora viene la pregunta: ¿es que no se le pudo dejar un caballo a ese hombre para que no tuviera que meterse aquella pechada sin más ayuda que sus piernas? Que por caballos no sería, desde luego; que alguno habría sobrevivido después de que los atenienses ―cerca de diez mil, con la ayuda de mil soldados de Platea― se dieran hasta en el cielo de la boca con los persas ―unos veinte mil― que venían a darles los buenos días, las buenas tardes y las buenas noches. Todo junto. Y más si tenemos en cuenta que en aquella batalla, si hacemos caso a lo que dejó escrito Heródoto, «perdieron la vida unos seis mil cuatrocientos bárbaros y ciento noventa y dos atenientes».

Ojo al dato, que diría el gran García: ciento noventa y dos atenienses de casi diez mil. Ciento noventa y dos. ¿Es que nadie, pero nadie, le pudo decir al tal Filípides dónde vas muchacho, pero tú estás en tu sano juicio y todo eso? ¿En qué narices estaba pensando Milcíades ―el fulano que le mandó para allá―? O puede que Filípides fuera un cagaprisas de cuidado, desoyera lo que le recomendara el otro, y decidiera coger camino de Atenas para dar la buena nueva a los que esperaban noticias en la ciudad. Que ya hay que ser cagaprisas.

Por cierto, que lo de Filípides forma parte de la leyenda, que ni siquiera Heródoto lo recoge en sus textos. Es más, parece ser que la anécdota fue recogida seiscientos años después, así que lo de Filípides y su gesta como que mejor cogerlo con pinzas. Pan para hoy y hambre para mañana, porque Jerjes I, el rey de los persas, preparó años después de aquello la madre de todas las invasiones. Y eso sí que fue chungo. Pero chungo de verdad. Otro día a lo mejor me animo y os lo cuento.

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