Lo de ‘La guerra de los mundos’ de Orson Wells

El que suscribe estas líneas es muy fan de esos personajes grandes, pero grandes de verdad; y también de lo que hicieron, aquello por lo que se los recuerda. Personajes épicos, capaces de protagonizar o de pergeñar momentos iguales o más épicos que ellos. Y el de hoy es irrepetible. ¿Quién sería, ahora mismo —políticos aparte. Si se lo propone cualquiera de ellos lo logra. Eso sí, sin la misma gracia ni la genialidad, ni el mismo don ni por asomo—, capaz de acojonar a un país entero? Pongamos los Estados Unidos de América. Alguien en su sano juicio, rebosante de genialidad, no un zopenco cualquiera. Uno y nadie más: Orson Welles. Y lo consiguió tal que un 30 de octubre de 1938.

Era víspera de Halloween, que allí ya sabéis que estas cosas se celebran mucho, y a Orson Wells se le ocurrió realizar una recreación radiofónica de la obra La guerra de los mundos, de H. G. Wells. Unos extraterrestres invadiendo la tierra, gente muriendo a manta, destrucción y todo eso. Pues vale. Al micrófono, un joven Orson Wells dispuesto a regalar una hora más o menos entretenida a la audiencia. Y de entretenimiento, nada. El acojone sumo.

Welles llevaba unos meses colaborando con la —entonces— muy popular emisora de radio CBS. Se encargaba de dramatizar obras literarias una vez a la semana, y qué mejor elección que La guerra de los mundos para la víspera de Halloween, pensó. Total, que la emisión comenzó en el estudio 1 de la CBS en Nueva York como si nada. Welles se hizo acompañar de la compañía teatral Mercury para darle más empaque al asunto. Esto va a quedar fetén, y tal. Voces diversas, gritos, gente. Lo más. Y mira que antes de que comenzara la emisión se advirtió de que lo que los oyentes se disponían a escuchar era una adaptación de la obra de H. G. Wells, pero ni por esas. La lio parda.

Poneos en contexto: los EE. UU., todavía con los últimos coletazos de la Gran Depresión. Gente pasando hambre y con muchas cosas mejores que hacer que escuchar la radio. Eso, los que la tuvieran. Así que, ya sea h por b, o por c, bien porque muchos sintonizaron tarde la emisión, bien los que la seguían desde un comienzo le prestaban la misma atención que sus señorías a una sesión de control del Gobierno, fue soltar Wells que un observatorio había detectado explosiones en la superficie de Marte que se dirigían hacia la Tierra con una rapidez que ni una destructora de papeles en el despacho de cualquier concejalía, y montarse un cuadro que ni Munch ni Picasso juntos.

La peña lo flipó. Al comienzo, claro, porque conforme Wells daba más y más noticias y el cariz del asunto tenía peor pinta que los pollos de más de un supermercado, el acojone comenzó a subir grados en la escala de acojone del pueblo americano: que si unos marcianos habían aterrizado en Jersey, que si eran la avanzadilla de un ejército invasor, que si emanaban gases venenosos…

Total, que se lio parda, como dije antes. Se estima que 12 millones de personas —la población de EE. UU. rondaba los 130 millones de habitantes en 1938. Es decir, casi el 10% escuchó en directo el programa— se pusieron a balbucear en masa lo del cerdito Porky: «Esto es to, esto es to, esto es todo, amigos»— abandonó sus casas con lo puesto, colapsaron comisarías y carreteras. Incluso las centralitas de urgencias no dieron abasto de tanta llamada jurando haber visto a extraterrestres dando las buenas noches a la manera marciana.

El remate de todo aquello, lo que dio una veracidad que te cagas a la emisión, fue la muerte del propio Orson Wells en directo a causa de los gases venenosos que emanaban los invasores. El acojone total.

Aquel genio que fue Orson Welles bien pudo terminar su carrera aquella noche, pero la que comenzó fue la de una leyenda. La del tipo que fue capaz de acojonar a todo un país sin más arma que un micrófono de radio.

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