Los Cien Mil Hijos de San Luis

Bueno, pues vamos allá. Hoy se cumplen ciento noventa y seis años de la entrada de los Cien Mil Hijos de San Luis en Madrid bajo el mano de Luis Antonio de Borbón, Duque de Angulema. El ejército constitucional se deshizo como un azucarillo en un café, y la resistencia de los partidarios liberales, pues menos o nada. En consecuencia, quedaba restablecido el Antiguo Régimen en la persona de esa joya llamada Fernando VII. Hasta aquí, y muy resumido el asunto, lo que pasó. Ahora, a por los intríngulis de la cosa, que tiene unos pocos.

Para empezar, no fueron cien mil los hijos de San Luis que entraron en Madrid. Ni de coña, vamos. Como mucho, como mucho, 95.602 soldados entre franceses —cerca de 60.000— y voluntarios españoles partidarios de la joya borbónica. Lo de los Cien Mil Hijos de San Luis, que nombrado así queda muy bonito, se trataba de un homenaje a Luis IX de Francia, primo hermano de Fernando III el Santo, que fue canonizado como San Luis Rey; y que en el imaginario católico patrio era sinónimo de la Francia cristiana, conservadora y absolutista. Mientras los franceses, que para estas y otras cosas son de ir muy al grano, decidieron llamar a aquellas tropas ‘La expedición de España’. Lo mismo. Para qué nos vamos a andar con fuegos artificiales.

Los Cien Mil Hijos de San Luis
Los Cien Mil Hijos de San Luis.

Lo segundo, es que entre ambos países existían los llamados acuerdos de la Santa Alianza, de tal forma que al tirar los españoles por la calle de en medio tres años antes en eso de quitarse de encima a la joya borbónica, los franceses dijeron aquello de arretuá, y decidieron venir para acá a leernos a cartilla, esto es, para devolver el trono a Fernando VII. ¿Por qué? Muy sencillo: porque tras lo de Napoléon, Europa andaba con la mosca detrás de la oreja, de tal forma que todo quisque se encargó de que en su país reinara una monarquía absoluta. Y eso de que los españoles nos proclamáramos liberales porque sí, como que no. Así que por eso vinieron para acá.

Que se iba a liar estaba más claro que el agua desde que Francia mandó para casa a su embajador en Madrid a finales de enero de 1823; y más cuando, por esas fechas, al rey, Luis XVIII le dio por decir aquello de que “cien mil franceses estaban dispuestos a marchar invocando al Dios de San Luis para conservar en el trono de España a un nieto de Enrique IV”. Ese nieto era Fernando VII, aquel que tres años antes, cuando los liberales le dijeron que vale ya de tanta tontería, proclamó aquello tan famoso de “marchemos todos juntos, y yo el primero, por la senda constitucional”. Fue llegarle las palabras de Luis XVIII y sólo le faltó irse de rodillas hasta París para pedírselo al mismísimo rey en persona.

Total, que llegaron los Cien Mil Hijos de San Luis, y enfrente les esperaba un ejército, el constitucional, formado por algo más de 130.000 efectivos. Más, sí, pero pésimamente organizados, así que pasó lo que tenía que pasar: que salvo alguna resistencia —eficaz en Málaga, Granada y Jaén —aquí Riego se echó las tropas a la espalda para defender el honor constitucional—, también en Cádiz —sede de las cortes constitucionales, y donde después se lio parda— y en Cataluña —donde el ejército lo comandaba Francisco Espoz y Mina—, entraron en Madrid como Pedro por su casa, sin apenas resistencia; y luego se dedicaron a perseguir a los liberales como si de conejos por el campo se tratara.

Después, y estando como estaba la familia real en Cádiz, los franceses se fueron para allá, y durante semanas la ciudad fue bombardeada como si no hubiera un mañana hasta que, al final, y desesperados los sitiados, sin refuerzo alguno ni ayuda, se llegó a un pacto: Fernando VII saldría de la ciudad, prometería defender las libertades de 1812, y a cambio se rendiría la plaza. ¿Lo hizo? ¡Los cojones! Salió de la ciudad, se unió a los franceses, y el día 1 de octubre decretó la abolición de todo lo que oliera a liberal. Tonterías, las justas. Que ya vale de tanta tontería.

Y ya está.

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