Luis XVI sube al trono

Tal que un día como el de hoy de 1643, Luis XIV subió al trono de Francia. Bueno, un rey más, diréis. Vale, pero ¿creéis que gasto mi tiempo así como así en hablaros de cualquier rey que no sea mi colega Carlos? Algo tendrá de interesante el hecho para que lo haga. Y lo tiene, vaya que lo tiene. Porque el hijo de Luis XIII ocupó el trono a la tierna edad de cuatro años debido a la prematura muerte su padre. Cuatro. Angelito. Y palmó con 76 tacos de almanaque, que diría mi admirado Pérez-Reverte, así que echad cuenta de los años que reinó el colega.

 
Luis XIV.La verdad es que Luis XIV nació ya con suerte. Al menos eso se decía de quien lo hacía con dos dientes en la boca; y mientras se preparaba como rey a la vera de su madre, Ana de Austria —quien ejerció las labores de regente hasta que Luis alcanzara la edad para reinar—, aquélla otorgó las labores de gobierno al sucesor de Armand-Jean du Plessis —quien no sepa de quién se trata, a la Wikipedia de cabeza—, Jules Mazarin, más conocido —al igual que el anterior. Pistaza— por su cargo eclesiástico: Cardenal Mazarino. Y fue éste, Marazino, la persona encargada de inculcar a Luis XIV el sentido de la realeza, y también le enseñó a servirse de los hombres para —ojo al detalle— que éstos no se sirvieran de él.
 
Cierto es que con —o por culpa de la gestión de— Mazarino vivió las luchas civiles de la Fronda, originadas en parte por su mala administración, y en parte por la creación de nuevos impuestos que soliviantaron a los llamados parlamentarios de París, un grupo de abogados que levantó a la capital contra la familia real, obligándola a salir de allí por peteneras; lo que se considera el preludio de la guerra civil que asoló Francia.
 
Sí, porque aunque Mazarino recurrió a las tropas de Luis II de Borbón-Condé, cuarto príncipe de Condé, a las que los parlamentarios les duraron un suspiro, los honores que Condé le reclamó después de solucionarle la papeleta se los pagó Mazarino con una preciosa detención. Y esto, queridos míos y queridas mías, se tradujo en otro levantamiento, en esta ocasión el de la nobleza. En consecuencia, segunda Fronda. Venga, que seguimos para bingo.
 
Todo esto unido al regreso de la familia real al palacio de Louvre —con asalto del populacho incluido y visita al dormitorio donde Luis XIV dormía, y que se salvó de morir degollado por la turba de puro milagro—, curtió su personalidad, ya como rey tras su coronación en 1654, y pasado el huracán de las Frondas. Luego se casó con María Teresa de Austria —devota y remilgada a más no poder, y que nunca le satisfizo—, hija de Felipe IV, por el puro interés de Mazarino, deseoso como estaba de echar el guante a los territorios de los Países Bajos e incluso el trono de España llegado el caso; centralizó toda Francia en torno a su persona, encarando el prototipo de monarquía absoluta; guerreó todo lo que pudo y más, metiéndose en fregados del calado de la Guerra de los Nueve Años, la Guerra de Holanda y la Guerra de Sucesión española; y se codeó con personajes como Moliere, Racine o La Fontaine, entre otros.
 
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