Michel de Notre-Dame

Tal que un día como el de hoy de 1566 la palmó Michel de Notre-Dame en Salón-de-Provence. Sesenta y tres tacos tenía cuando se largó de este barrio para formar parte del otro; al que le cambió la vida cuando decidió irse a estudiar medicina a Montpellier. Porque allí se le ocurrió cambiarse de apellido, que aquello de Notre Dame sonaba a catedral, y lo latinizó pasando a apellidarse Nostradamus, que mola más, y también de paso acojona más. Pero mucho más, dónde va a parar.

Lo de la medicina le venía de familia, pues aunque el padre era escribano no así su abuelo, que había sido médico y, ojo, que aquí ya vienen curvas y fuertes: astrólogo. El yayo era originario de una tribu judía convertido al cristianismo bajo el nombre de Pierre de Notredame, y también se pegó más de uno y de dos viajes en el terreno de lo místico. Pero el nieto le rebasó por la izquierda y la derecha.

Fue en Montpellier donde Michel —o Nostradamus, como os venga en gana— adquirió los conocimientos y herramientas necesarios para convertirse en médico de los buenos, de esos a los que acude todo Cristo porque la fama le precede. No en vano, sus estudios sobre la Peste Negra le permitieron desarrollar las mismas técnicas que cuatro siglo después pusiera en marcha un tal Louis Pasteur: limpieza, aire fresco y hierbas medicinales; que con la suciedad de la época y la nula higiene, la peste daba palmas con las orejas.

Claro que lo de ser médico en aquellos tiempos tenía más peligro que el jeque del PSG tirando de talonario, por lo que sus curaciones —muchas de ellas calificadas de milagrosas— llamaron mucho la atención, y de ahí su marcha a Carcasona al servicio del obispo Amenien de Fays, que le salvó de algún que otro disgustillo en manos de la Inquisición; para después pasar por Toulouse antes de regresar a Montpellier.

¿Y lo de las visiones? Pues resulta que un día, al llegar a casa —pero no en la cocina, ni tampoco con las manos de la masa. Ahí Elena Santoja no estuvo fina—, se encontró con que su mujer e hijos habían contraído la peste. Palo gordo no, lo siguiente. Por mucho empeño que le puso y mirad que tiró de conocimientos, la palmaron. Y viendo que los colegas del ramo aprovechaban para darle palos hasta en el cielo de la boca —que si era discípulo de diablo, que si lo que hacía era brujería— y la Inquisición se interesaba por él de manera más que interesada, se largó a recorrer mundo, esto es Francia, Italia y Alemania, y empezó a tener visiones de lo que ocurriría tiempo después. Una buena, pero buena de verdad, es la que se cuenta por Italia: delante de las puertas de Ancona se cruzó con tres frailes franciscanos cuya vestimenta daba más miedo que algunas que desfilan por la Pasarela Cibeles. Vamos a dejarlo en harapientos. Bueno, pues fue el colega, y ante la sorpresa de sus otros dos compañeros, se arrodilló delante del tercero, el hermano Felice Peretti —un porquero que se metió a monje para dejar de pasar hambre—. Peretti le dijo que se levantara ante las risas de los otros dos, y Nostradamus que no, que se tenía que inclinar ante Su Santidad. Cuarenta años después de aquello, Peretti se convirtió en Sixto V.

A partir de ahí, visiones de todo tipo que organizó en volúmenes denominadas Centurias. Echadles un vistazo si podéis a las que ya se han cumplido, y si hay narices a las que están por cumplirse. Y ya aviso: algunas dan miedo, pero miedo de verdad.

Pues ese fue Michel de Notre-Dame, que la palmó tal que un 2 de julio de 1566.

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