La muerte del emperador Carlos V

Tal que un 21 de septiembre de 1558, el emperador Carlos V se quitó de encima todas las preocupaciones: que si el foco luterano de Valladolid —recién descubierto. En pleno corazón del imperio. Pupa no, lo siguiente—, que si el hijo del francés —Enrique II, vástago de Francisco I— dándole por saco al suyo —Felipe, el segundo—, que si las deudas que no cubrían el dinero procedente de las Américas, y que amenazaban a la Corona con una bancarrota —lo que acabó ocurriendo años después. Y no una, sino unas pocas veces más—. Un vodevil, vamos.

Pues de todo eso y de alguna cosa más que me dejo en el tintero se dejó de preocupar tal que un 21 de septiembre de 1558, repito, porque la palmó. Por culpa de un mosquito. Nada de gota —que sí, que le trajo por la calle de la amargura también en Yuste, pero no—, sino un puñetero mosquito fue el que le mandó para el otro barrio. Cuentan las crónicas que, a finales de agosto, se le antojó comer en la galería que da entrada al palacio que se mandó construir junto al Monasterio de Yuste. Que qué buen tiempo hace, que qué maravilla de día, y todo eso. Al poco de terminar de comer, reposando como estaba, parece que comenzó a sentirse mal. Por resumir: dolor de cabeza —pudiera ser demasiado sol, pensaron sus allegados —pesadez de estómago —la tupa (como dicen en Extremadura, mi tierra) que se tuvo que dar a tenor de lo que solía meterse entre pecho y espalda, según aquellos mismos— y mucha sed —el calor, otra vez aquellos allegados—.

A saber, pensaron.

Lo que no sabían en ese momento —y se supo mucho tiempo después— es que a Carlos V le había picado un mosquito de los que pululaban por ese precioso estanque que mandó construir al pie del monasterio para poder pescar cuando le viniera en gana. Pescar, pescó poco. Lo que sí pescó fue una malaria de campeonato, que fue la que le mandó para el otro barrio. Pero en aquellos tiempos, ni santa idea de esas cosas.

Total, que desde finales de agosto hasta el día que se quitó de en medio, aquello fue un rosario de fiebres, de desvaríos, de aprovechar los días que tenía una miagina —un mínimo. Palabro de nuevo de mi tierra extremeña—de lucidez para escuchar la lectura de su testamento, para preparar su enterramiento si llegaba el caso —que llegó. O eso se cuenta—, o para dejar instrucciones a su hijo en forma de Codicilo —caña a los luteranos; al francés, hasta en el cielo de la boca y más; y con los banqueros, lo que pidieran, pues estaba en sus manos, entre otras cosas—.

Rodeados de todos los que le acompañaron hasta Yuste y sosteniendo el crucifijo con el que su amada Isabel —la emperatriz— se le adelantó en eso de ponerse a criar malvas, Carlos V se quitó de preocupaciones y se largó en busca de su amada la madrugada del día 21 de septiembre de 1558, festividad de San Mateo.

Pues eso.

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