Noches que valen por toda una vida

Soplaba una ligera brisa de levante que mecía los veleros y lanchas anclados en el puerto, y que también hacía ondear la tela que protegía la pequeña terraza. Se oían voces en diversos idiomas: inglés, francés, ruso, griego… Sentado a una mesa en la esquina de dicha terraza del paseo marítimo, un hombre apuraba el último trago a su bebida.

Le apetecía pasear por el puerto y acercarse al espigón para sentir el aliento del mar calmado, con el que solía charlar antes de acostarse. Lo que no sabía es que dos inmensas esmeraldas le observaban de reojo cada que vez que pasaban a su lado, ni tampoco que esos ojos hacían lo mismo una noche tras otra. Las esmeraldas tenían dueña: una de las camareras que atendía la terraza en el último turno del día. Se acercó a él al reclamarle la cuenta y ella le ofreció una última copa sin coste alguno. Sabía que era su último día y decidió ser generosa con él. Una buena despedida. Al rato, ella vino con un nuevo vaso de whisky con agua y él, observando lo rápido que se habían vaciado las mesas de la terraza, se ofreció a invitarla a lo que quisiera. Una botella de agua, estoy trabajando, le explicó ella con voz suave. Además de las esmeraldas que adornaban su cetrina faz, tenía el pelo muy corto y de un intenso color negro, lo que le confería el aire de una pantera salvaje. Se miraron y bebieron sin decirse nada, pero al instante comenzaron a hablar como si se conocieran de toda la vida. Él, español, viudo, sin más ambición que conocer mundo. Ella, soltera, tunecina, huía de la soledad adherida a su destino. Él miró al mar, cuyas olas impactaban contra el cercano espigón, y le invitó a ir hasta allí. Pasearon bajo la luz de las farolas intercambiando palabras y risas. Una vez en el espigón, se sentaron en sus piedras, dejaron navegar sus miradas por las espumosas olas y se besaron. La conversación la terminaron en la habitación de una pequeña pensión que él había alquilado para pasar las vacaciones en aquella isla del Mar Egeo. La pasión dio paso a la calma, a los abrazos y a los cálidos susurros.

―Es sólo una noche y parece que llevara toda la vida contigo…

Se lo confesó antes de besarla de nuevo y de agotar sus últimas fuerzas en el cuerpo de ella, que le recibió generoso. Antes de quedarse dormidos hablaron del futuro, de sus planes, de sus vidas.

―Vagar. No tengo patria ni destino. Vivo, que no es poco.

Las esmeraldas de la muchacha brillaban con intensidad. Una confesión dura, real, acompañada de un tierno beso y de una negación con la cabeza cuando le ofreció regresar con él a España. La soledad necesita soledad para sentirse aliviada, articuló el hombre a modo de justificación.  Cuando despertó echó en falta el calor de ella; hacía ya tiempo que se marchó sin más despedida que una nota escrita a la carrera y que dejó encima del escritorio. Le agradecía la noche pasada, lo feliz que fue en esas horas, y le prometió que pronto se reuniría con él en España.

Cuatro meses después, un timbrazo alertó al hombre, que leía un libro sentado en un sofá de su casa. Por la ventana de la habitación, un ático con vistas al mar, entraba la luz de un sol tímido. Quien llamó fue una mujer de mediana edad, de aspecto desaliñado y mirada distraída. Confirmó que se trataba de él y le entregó una caja, tras lo cual se marchó. El hombre, extrañado, regresó a la habitación, abrió la caja y en su interior encontró una pequeña vasija y una carta. Su corazón se aceleró. Era la letra de Shaninez, la chica de la isla del Egeo, que decidió cumplir la promesa que le hizo aquella última noche. La enfermedad que repentinamente apareció en su cuerpo antes de conocerse ganó la batalla. No obstante, ella lo dejó todo listo para su traslado a España, donde sabía que alguien acogería sus cenizas como recuerdo de una noche que valió por toda una vida.

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