Piezas sueltas

Piensen en mí. Aunque sea sólo cinco minutos. Se lo suplico. Soy político, es decir, vivo de la política. Lo normal en estos casos: dos comisiones a la semana, aparecer un poco por el despacho y dejarte ver en el escaño. No me mato a trabajar. Trabajo fácil y muy buena remuneración. Me disculparán que no les diga cuánto me levanto al mes. Tampoco es de su incumbencia. Pero también aprovecho la ocasión para decir que está mal pagado. Ustedes desconocen lo duro que es representar al pueblo. Muy duro, se lo puedo asegurar. Por eso la última noticia me ha dejado helado. Casi diría que a punto de entrar en la depresión. Una noticia así, a bocajarro, parte el alma; te descoloca sin remedio; pierdes el sentido del tiempo y del espacio. Es muy duro, créanme. Por eso les vuelvo a pedir que piensen en mí, en lo que será de mí dentro de unos meses si esa maldita noticia que no sale de mi cabeza desde que entró en ella es verdad.

 

 

 

 

 

 

Ya les adelanto que mi vida sería distinta, radicalmente distinta. Y ni siquiera estoy seguro de que me acostumbrara a ella. No nos pueden hacer esto. Simplemente, y en mi opinión, se trata de una canallada. Les repito, piensen en mí y en tantos otros compañeros que nos podemos ver abocados a la misma situación. Una tragedia, ya les digo. No lo pueden permitir. Échense a la calle si es preciso, manifiéstense o hagan una sentada pública, ahora que están tan de moda por cualquier asunto, por nimio que sea. Pero no se queden callados. No sólo se lo pido; se lo suplico. No permitan que ocurra algo así.

Que ¿cuál es la razón del mal que me corroe y tanto me aflige? No, no es ninguno de los últimos movimientos para reclamar una democracia más limpia. Siendo vulgar, me la traen floja. Tampoco son los resultados de las últimas elecciones. Ni me afectan. No, ni mucho menos la situación económica del país. Ya se arreglará sola. Total, son ciclos económicos y ahora atravesamos uno malo. Punto. Lo mío y lo que se cierne también sobre tantos otros compañeros es mucho peor. No se lo pueden imaginar. Terrible, casi apocalíptico. Un cambio drástico en nuestras vidas. Ayúdennos, se lo suplico encarecidamente. Porque, después de siete años en política, ¿me imaginan sin coche oficial, o lo que es peor, compartiéndolo con otro compañero de partido? ¿Saben lo que eso significa para mi dignidad? ¿Lo saben? Bueno, seguramente no porque nunca han viajado en coche oficial. Una canallada, ya se lo digo yo. Compartir metro, cercanías o el autobús con la gente mundana. O lo que es peor: volver al taxi. ¡No! ¡Eso sí que no! No quiero volver a aguantar radiolés ni cadenasdial, ni nada por el estilo. ¡No! Lo siento. ¡Me niego!

¿La culpa? La falta de solidaridad de algunos partidos políticos, especialmente de los nuevos. Esos que entran como un elefante en una cacharrería y que creen que por tener una cierta representación pueden cambiar las cosas. Hasta anunciar que sus representantes recién elegidos en las últimas elecciones no van a utilizar coche oficial. Unos canallas, se lo digo yo. Porque luego la gente, que es muy mal pensada, dice: y los demás, ¿por qué no hacen igual que ellos? ¡Necios! ¡Hipócritas de tres al cuarto! No entran en política más que para hacer daño. Para hacer la vida imposible a los que vivimos de ella desde hace años. Y eso no lo podemos consentir. Ya lo creo que no.

Así que ya les advierto. A ellos, a ustedes, a todos: no me quedaré sin mi coche oficial. Ya se pueden dar por enterados. Vamos, que por mi coche oficial, ma-to.

Quedan advertidos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies