Por una cabeza, por una mujer

Cantaba en la radio Gardel aquello del noble potrillo que, justo en la raya, afloja al llegar cuando consumía el último aliento de nicotina que le quedaba al cigarro que sostenía entre los labios. «No olvides, hermano. Vos sabes, no hay que jugar», insistía don Carlos. Lo estrujó en el cenicero donde haría compañía a la otra media docena que se fumó en la última media hora. Se paseó la mano derecha por una barbilla afilada y mal afeitada y suspiró. Por una cabeza, proseguía Gardel. La suya. Y también por una mujer. La que le observaba de pie, con ojos tranquilos. A pesar de llevar el pelo revuelto y arrugada la ropa —algo tuvo que ver en todo eso—, estaba preciosa, se felicitó el tipo. Veintipocos, morena y unos labios capaces de sacar de quicio a cualquiera. A él, por ejemplo. Se le acercó y le acarició el pelo con suavidad; un pelo negro, también revuelto el suyo.

 
—Vamos…
 
Él asintió. «Cuántos desengaños, por una cabeza», aseguraba Gardel. Se levantó de la silla en la que llevaba sentado el tiempo que tardó en consumir aquellos cigarros, y metió la mano en el bolsillo interior de su americana, expresando a continuación su tranquilidad con un suspiro de alivio.
 
—Vamos… —le repitió ella extendiéndole su mano derecha. «Al cielo o al infierno. Ya me da lo mismo», caviló él asiéndose a ella como el náufrago que se aferra al palo mayor de un barco a punto de hundirse buscando una esperanza de salvación.
 
En el fondo, lo que era aquella mujer.
 
Antes de salir del pequeño apartamento —bien decorado, con gusto—, él decidió echar un último vistazo a la habitación.
 
—No —le pidió ella.
 
No le hizo caso. Dos pasos y una apertura de puerta calmaron su ansiedad. Postrado en la cama, con un balazo en la cabeza, reposaba el cuerpo de su hermano. Chasqueó la lengua.
 
—¿Ves como al final es para mí?
 
Le importaba un rábano que no le pudiera escuchar. Estaba muerto. Y sin embargo, quería permitirse el lujo de despedirse de él de semejante manera. En el descansillo le esperaba ella, y en el bolsillo interior dos pasaportes y la suficiente cantidad de dinero como para largarse donde fuera, lo más lejos posible; allí donde la policía nunca les diera alcance. Bastante tendría con investigar las causas de la muerte del político que iba a ganar las elecciones locales, y de largo; y con parar los pies a la prensa en cuanto decidiera airear todo lo que aquel callaba y de lo que presumía ante su hermano, chica incluida. La que le volvió a decir vamos con una sensualidad que derretía.

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