El pozo de la muerte

―¿Por qué nunca hay agua en este pozo?

―Porque este pozo pertenece a la muerte. ―El tipo que hablaba chasqueó la lengua mirando fijamente al que le hizo la pregunta―. Y la muerte nunca tiene sed.

El tipo en cuestión rondaba los ochenta. Achaparrado y regordete, boina calada hasta los ojos y cigarrillo apagado en la comisura de los labios, contaba historias. Era su especialidad. Historias que estremecían, hacían llorar o invitaban a soñar, según el momento; tiraba de un amplio repertorio. En esta ocasión, la que narraba al grupo de chavales que hacían lo imposible por buscarle, ponía los pelos como escarpias. Y la narración no transcurría al atardecer, sino ya de noche. Una tormenta descargaba toda su violencia sobre el pueblo. Viento, agua, truenos. Pavorosa. Sin embargo, el grupo se refugiaba bajo los soportales de la plaza. Al aire libre las historias del anciano impresionaban más. Su rostro agrietado asustaba tanto o más como sus relatos. El que narraba era el del pozo, a poco menos de diez pasos de distancia de los soportales.

Y es que la muerte existía, fueron las palabras con las que comenzó la historia que contaba al grupo de chavales. Siempre elegía una forma de hacerse corpórea para atraer a su víctima, prosiguió con el silencio y las caras embelesadas de tan particular auditorio como compañía. ¿Cómo lo hacía?, le preguntaron. Apartaba la tapa que cubría el pozo y esperaba agazapada entre las sombras, contestó. Sólo hombres, a los que elegía según la facha. Los quería para sólo ella. La boca abierta, sin tapa, los embaucaba y acudían al pozo. Luego desaparecían sin dejar rastro.

―¿Y los cadáveres? ―preguntó uno de los muchachos.

―Ella se los lleva. No quiere compartirlos con nadie. Tiene toda la eternidad para disfrutarlos.

―¡Chocheas, Matías! ¡Deja ya de tomar el pelo a los chavales, coño!

El aludido y los muchachos del grupo se giraron sorprendidos. Ahí estaba el alcalde del pueblo. Soberbio, engreído y armado con un paraguas que apenas cubría su figura, siguió choteándose del anciano durante un buen rato. Éste clavó su mirada en el tipo, que se hurgaba los dientes con un palillo para después escupir lo que hubiera escarbado en ellos.

―Ni un rato puedes dejar de joder. ¿Qué daño te hace que entretenga a los chavales con estas historias?

―¡Chocheas, Martín! A ti ni siquiera la muerte te quiere… ―dijo sin dejar de reír―. Por eso sigues con vida.

El alcalde se alejó de ellos dejando sus palabras como recuerdo. El anciano respiró profundamente y le siguió con la vista durante unos segundos hasta verle desaparecer por una esquina de la plaza.

―¿Y los cadáveres, Martín? ―le preguntó otra vez el mismo de antes, deseoso de conocer el final de la historia.

―¿Los cadáveres? ―El anciano fingió no saber qué contestar encogiéndose de hombros―. A saber…

Con el final de la tormenta llegó el silencio sólo roto por sonidos aislados, algún gato maullando y pisadas lejanas. Las pisadas eran de un tipo que caminaba trastabillándose. La curda que llevaba era de campeonato; al alcalde se le había ido la mano con el alcohol y regresaba a casa como podía. Su estado era lamentable. Vio el pozo abierto, cosa rara, y sonrío:

―A lo mejor hay agua dentro ―conjeturó el alcalde―. Me lavo la cara, dos tragos y listo.

Llegó al pozo y cogió el cubo, que arrojó a su interior. Fue cuando notó una caricia en el cuello. Una voz dulce le recriminó por beber sin pedir permiso. Giró la cabeza lentamente y la vio. Era una joven preciosa, morena. Un vestido blanco cubría su cuerpo hasta los pies. Le volvió a acariciar.

―No me has pedido permiso…

―¿Eres la muerte?

El alcalde sólo acertó a tartamudear. La sonrisa de la aparición le dejó clara la respuesta. Le atrajo para sí y abrazó antes de besarlo mientras le arrastraba al interior del pozo. Todavía tuvo tiempo de girar la cabeza y mirar hacia el punto del que procedía la risa que escuchó. Un anciano sostenía la tapa con la que a continuación ocultaría la boca del pozo.

―Ale ―despidió el anciano al alcalde sin perder la sonrisa―. Hasta que otro como tú se vuelva a reír de ella.

Ella era la muerte, que guiñó uno ojo al anciano para después descender por el oscuro agujero acompañada del grito del alcalde, que calló para siempre.

―Hasta pronto, dulce señora ―se despidió de ella el anciano―. ¿Tardaremos mucho en volver a vernos?

―Quien sabe. Tenemos toda la eternidad para hacerlo. ―Oyó que le contestó una dulce voz que la profundidad terminó de apagar.

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