Resistir es morir

Estaba satisfecho, muy satisfecho. Para eso le habían enviado hasta allí. Veía las llamas reventando en vivos colores. Rojas, intensas, nítidas. Los habitantes de la ciudad sitiada lo habían querido así. Preferían eso a entregarse. En el fondo, el tipo que observaba satisfecho cómo ardía esa ciudad sentía admiración por ellos. Por su lucha, su entrega, sus ideales. En otro momento les hubiera expresado sus respetos. Con un par. Esa indoblegable voluntad. Mínima debilidad que se esfumaba de sus pensamiento cuando escuchaba algún grito apagado, que eran los menos. La poca vida que aún quedaba en la ciudad se extinguía consumida por el fuego, y eso le alegraba. Su papel había terminado en ese capítulo de una larga historia en la que su protagonismo se antojaba esencial.

Y por eso estaba allí el tipo de cuestión. Ahora podría presentarse ante el Senado en Roma como la única persona capaz de aplastar, uno tras otro, los focos de resistencia en Hispania. En especial el que ardía ante sus ojos. Años de vergüenza, de ataques, de burlas. Esos pueblos bárbaros, se quejaban los senadores, rabiosos al contemplar que la resistencia del dominado es mucho mayor cuando no se quiere dejar dominar. Por eso le enviaron allí, a esa ciudad. Lo que encontró a su llegada meses atrás fue unas tropas hundidas que se dejaban llevar en un día a día anodino. Demasiados años siendo poco menos que una vergüenza. Un ejército desentrenado, desorganizado. Con mercaderes y prostitutas campando a sus anchas. Una vergüenza. A aquéllos los expulsó de inmediato, reorganizó el ejército, entrenó a sus hombres, les insufló una moral perdida. Y a los de la ciudad, orgullosos, altivos, indómitos, les prometió la exterminación si no se rendían. Lo que estaban haciendo sus tropas en ese momento. Su plan había salido a la perfección: un asedio perfectamente organizado, un agónico cerco que poco a poco mató de hambre y sed a los habitantes de la ciudad. Ya era suya, pero sin sus habitantes. Que días atrás le advirtieron de que preferían suicidarse a caer en sus manos. Las llamas brotaban por todos los puntos de la ciudad. Por la puerta vio salir a soldados con varios de los ciudadanos. Famélicos, apenas se podían tener en pie. De los pocos que decidieron seguir con vida y confiarle su suerte. Que ya estaba echada. Echó la vista atrás y contempló al resto de tropas, formadas, perfectas. Roma se rendiría ante él. Al fin, la ciudad, esa maldita ciudad llamada Numancia y sus habitantes habían sido derrotados por él, Publio Cornelio Escipión Emiliano. De ese episodio hoy se cumplen dos mil ciento cuarenta y ocho años.

Así comienza este seis de agosto en que el lema olímpico ―citius, altius, fortius― viene que ni pintado. Numancia es una muestra, y también la siguiente. La de esos pilotos que sobrevolaban una ciudad a temprana hora, ocho y cuarto de la mañana, a bordo de un bombardero B-29. Una joya de la aviación del momento. En sus tripas transportaba un arma que, por lo que esos pilotos habían oído, determinaría el resultado de la guerra que dirimían contra Japón. Bajo ellos, a varios miles de metros de distancia, se encontraba una ciudad con casi medio millón de almas que desconocían lo que están a punto de experimentar. Al igual que ellos. Uno de los pilotos accionó las rampas de la bodega y la bomba marchó hacia su objetivo. Todo bien. Hasta que estalló. Una deflagración colosal, nunca vista. Una ardiente bola de fuego que cegó a los pilotos por un instante. “Dios mío, qué hemos hecho”, exclamó uno de ellos. Lo sabrían días más tarde, cuando se conoció la magnitud de la tragedia ocurrida en Hiroshima. Más de cien mil personas muertas al instante y cerca de setenta mil heridos. Un goteo de muertos terrible cuyo alcance desconocerán y que se extenderá durante décadas. Fue hoy hace setenta años.

El seis de agosto fue completo: hace setenta y nueve años, tropas marroquíes al mando del General Franco cruzaron el Estrecho de Gibraltar. Ya en la Península, su fiereza sería pronto conocida por aquellas ciudades que dejaban a su paso; y hace cincuenta y cuatro, los rusos volvieron a demostrar al mundo lo controlado que tenían eso de enviar a personas al espacio. El mayor German Titov, de veinticinco años, fue lanzado tal que hoy para pernoctar un día completo dentro de su nave Vostok 2, con la que daría todas las órbitas que pudiera alrededor del planeta. “Me siento estupendamente”, confesó en alguno de los mensajes que envió desde el espacio.

Un seis de agosto que el destino eligió para traer al mundo a personas que harían de su peculiar concepción de la pintura todo un arte, como el de Andy Warhol, que nació tal que hoy hace ochenta y siete años. Sus retratos de vivos colores marcaron, y siguen marcando, a generaciones enteras; o a tipos que, gracias a sus desvelos, salvarían miles de vidas. Alexander Fleming, hace ciento treinta y cuatro años. Con el tiempo descubrirá la proteína antimicrobiana lisozima y el antibiótico penicilina

También este seis de agosto se llevó de este valle de lágrimas a hombres que retrataron la historia de su tiempo, plasmada en cuadros que no dejan de asombrar al mundo pasen los siglos que pasen. Diego de Silva y Velázquez fue ese tipo que hoy hace trescientos cincuenta y cinco años dejó de reflejar en un lienzo lo que sus ojos captaban.

Feliz jueves para todos.

Ruinas de Numancia.
Ruinas de Numancia.

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