Respeto, nada más

No buscaba consuelo ni condescendencia. Respeto, nada más.

Arrastra consigo una dignidad entrada en años y kilos con la conciencia de que allí sobraba. Y allí no era sólo el bar en el que entró para pedir un vaso de agua y también tomar algo de calor antes de regresar al infierno que era la calle esa tarde -si el frío y el viento eran malos, peor era la indiferencia de sentirse ignorado-. El hombre referido, de aspecto descuidado, barba sin conocer maquinilla alguna en meses y dejadez corporal, sobraba en una sociedad que expulsaba a tipos como él, miembros de una estirpe de soñadores con ganas de cambiar un mundo que terminó por atropellarlos.

Conforme se acercaba a la barra, el pasillo se ensanchaba. Miradas de desdén a su alrededor se mezclaban con algún que otro murmullo y caras de asco. La clientela del local, un garito exclusivo del noroeste de la ciudad. ¿Por qué allí? Todavía quedaba gente que le daba de comer o arreglaba su jornada con un billete, por pequeño que fuera. Todavía. Milagros que ocurrían a ciertas horas y días concretos, pero que le ayudaban a seguir para adelante cuando el futuro era una quimera para él.

–¿Podría darme un vaso de agua?

Su tono de voz sonó fuerte, claro. Nada de poses lastimeras ni de una gracia, por piedad, que tengo sed. Dignidad, volvió a recordar. Y de eso a él le sobraban tantos kilos como a su cuerpo. El camarero llenó el vaso y lo dejó encima de la barra como quien suelta un lastre sin ver dónde cae. El tipo se quitó los guantes raídos que cubrían sus manos y le dio un pequeño sorbo. A su lado reparó en un pipiolo que reía sin dejar de mirarle. Uno de esos ganadores que creía haber logrado todo en la vida antes de los 30. A su alrededor, un coro le reía las gracias. Cuando el indigente se giró para encararlo no era una sino varias ya las miradas que lo escrutaban sin ninguna misericordia.

—¡A ver si algo del agua le cae fuera, abuelo, que falta le hace!

Risas. De muy mal gusto. Y comentarios con la higiene del indigente como protagonista. Serían cinco los que se arremolinaban junto al que había soltado la lindeza. El individuo en cuestión vestía traje caro y zapatos convenientemente lustrados. Asomaba en sus ojos un brillo artificial nada bueno. Un mal bicho, conjeturó el indigente. De esos capaces de apuñalar a quienes se le pusieran por delante con tal de alcanzar su objetivo. Uno de esos tantos que le habían expulsado de la sociedad.

El hombre apuró el vaso de agua y dejó una moneda encima de la barra ante la atónita mirada del camarero, al que dedicó un silencioso asentimiento con la cabeza. Por las molestias, musitó acompañando el gesto. El pasillo se volvió a abrir y todavía pudo escuchar algún que otro comentario hiriente camino de la puerta, que se abrió para dejar paso a un hombre de edad similar a la suya, pelo engominado y aires de saber lo que era la vida y cuánto costaba ganársela. Ambos se miraron, más cuando un último comentario del chaval se escuchó en todo el local. Comentario que no acabó. La entrada de la persona que ahora miraba fijamente al indigente lo dejó con la palabra en la boca. El recién llegado compuso un gesto de fastidio que el otro, encogiéndose de hombros, cazó al vuelo. Así se las gastaba la persona recomendada para encauzar cierto negocio que no le terminaba de convencer. Joven y preparado, ideal para lo que buscas, le insistieron.

—Un grandísimo hijo de puta, desde luego. Eso es lo que eres —terció el recién llegado, ora mirando al aludido, ora al indigente.

Éste sonrío. También miró al joven para luego hacer lo mismo con el tipo que tenía delante. Podían vestir y oler de distinta manera, pero sabían lo mismo de la vida; la conocían lo suficiente como para saber cómo afrontar cada situación. Para eso les había enseñado a enfrentarse a esa misma vida que había tratado de distinta forma a los dos.

—Como para fiarse de él, ¿verdad? —concluyó el indigente antes de marcharse del local.

Cerró la puerta y respiró hondo. Aire limpio, que era lo que necesitaban sus pulmones. A través del cristal llegaban los gritos del hombre con el que se acababa de cruzar. Se giró para ver mejor la escena y volvió a sonreír. El chaval, con la mirada clavada en suelo, se llevaba las manos a la boca y asentía sin parar. Quizás incluso hasta estuviera llorando, conjeturó el indigente, que prosiguió su camino silbando una melodía que recordó. En el bolsillo llevaba un billete de los grandes por cortesía del mismo hombre que le había alegrado el día. Iba a comer caliente recordando que la vida pone a cada uno en su sitio, aunque a él ya se le hubieran agotado las oportunidades de conseguirlo.

hombre lluvia

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