Sam sólo tocaba el piano que no sabía tocar

Sam sólo tocaba. Como lo había hecho en la obra de Murray Burnett y Joan Allison. Tocaba el piano en el café de Rick.

Deslizaba sus manos por las teclas de un piano que sabía a alcohol, a olvido y a rencor; un piano en un bar al que todos iban porque allí estaba Rick. Rick. Esa alma herida dispuesta a perdonar pero nunca a olvidar; un tipo a muerte con sus ideales. Ese Rick. Y allí tocaba Sam, en el bar de Rick. 20.000 dólares de la época pagó la Warner Bros por los derechos de Todos vienen al bar de Rick, la obra de Burnett y Allison. “Una tontería sofisticada”, en palabras de Stephen Karnot, por el que pasaban todos los guiones que aspiraban a transformarse en película. Una tontería, quizás sí. Porque la obra de Burnet y Allison nunca llegó a estrenarse. Y eran 20.000 dólares, lo nunca pagado hasta la fecha por una obra que no había conocido ningún aplauso. La culpa fue de Irene Diamond, encargada de guiones de la Warner Bros. Hal B. Wallis, productor, la creyó. Sí, eran 20.000 dólares, pero con esos ojos, con esa pose de absoluto convencimiento… Mejor la llamamos Casablanca, pensaron en la Warner. Como Argel, rodada cuatro años antes, película que no funcionó mal del todo. Quizás haya suerte, pensaron en la Warner.

Casablanca se rodó por completo en estudios. Alguna escena ―la llegada del mayor Strasser, sin ir más lejos― en un pequeño aeropuerto y decorados de otras películas para recrear las escenas de calle. Salvo el café de Rick, para el que se construyó un set en tres partes tan irregulares que apenas casaban entre sí. Qué más daba. ¿Quién repararía en un decorado estando delante de ellos Ingrid Bergman y Humphrey Bogart? Ilsa y Rick. Y Víctor Laszlo ―Paul Henreid―, y el capitán Renault ―Claude Reins―, y Sam ―Dooley Wilson-. Que en realidad era batería y no tenía ni idea de tocar el piano―. Michael Curtiz los dejó a su aire. Qué podía hacer si apenas sabía nada acerca de la historia de la película. Max Steiner puso la música. Se lo había ganado a pulso tras componer la de Lo que el viento se llevó. Tenía que salir bien.

Y salió. 3 Oscars en 1943 ―mejor guión adaptado, mejor película y mejor director― y otras cinco nominaciones.

Y ahí sigue. Porque siempre nos quedará París. En cualquier lugar, en cualquier parte. Lugares donde habrá momentos para comenzar bonitas amistades. Sean las que sean.

Un veintiséis de noviembre  de 1942 se estrenó Casablanca en Nueva York. Y merecía la pena recordarlo.

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