Tal que un 20 de noviembre

Hoy es uno de esos días en que la historia demuestra lo juguetona que puede llegar a ser manejando a su antojo hechos y personas.

En concreto la vida de tres. Significativas por ser quienes fueron, y por sus obras. Y las tres relacionadas entre ellas por esas cosas del destino, muy cabrón él, que las juntó en la hora postrera. Tres personas que fallecieron tal que hoy, un 20 de noviembre, casi de idéntica forma, sufriendo como perros; humillados o abatidos por el odio de quien no ve en el otro más que a un enemigo. Y tan en serio se lo tomó el destino que dos de ellas dejaron de fumar y de beber para siempre con pocas horas de diferencia. Al anarquista Buenaventura Durruti se lo llevó por delante una bala anónima -hecho tratado con maestría por Pedro de Paz en ‘El hombre que mató a Durruti‘- en el frente de la Ciudad Universitaria de Madrid. Murió desangrado en el Hotel Palace, reconvertido en hospital de campaña. Cosas de la guerra. Horas más tarde, en Alicante, las balas de un pelotón de fusilamiento agujerearon el cuerpo de José Antonio Primo de Rivera. Murió desangrado en el patio de una cárcel. También cosas de la guerra. Un falangista y un anarquista. Casualidades de la historia de un país que, luego, el fuego de una guerra alimentado por generales ansiosos consumiría hasta dejarlo en ruinas; después, bastó con llevarlo por el único camino que creían posible: el suyo. Pero aquí entra el destino, que siempre se guarda un as en la manga sabedor de que la última carta será la suya. Uno de esos generales, tras pastorear al país durante 36 años, también murió un 20 de noviembre tras una lenta y dura agonía. A Francisco Franco ya no le mataron las cosas de la guerra; murió en la cama de un hospital. Decía lo de la querencia del destino por jugar la última carta. A Franco le reservaba una sorpresa ciertamente siniestra: la parca se lo llevó el día resultante de sumar las fechas del inicio (18/7/36) y final (1/4/39) de la guerra fratricida que dejó en sus manos las riendas de un país derrumbado. Que hay que tener narices, también.

Y que no se olvide que también un veinte de noviembre de 1945 se abría en Núremberg (Alemania) la sala del Tribunal Militar Internacional que juzgaría los crímenes de guerra cometidos por la Alemania nazi. Veinticuatro altos cargos de Hitler. Casi lo mejor de cada casa -casi. Algunos, Hitler incluido, prefirieron la muerte a enfrentarse a cualquier tribunal-, entre los que se encontraban Rudolf Hess, Goering o Von Ribbentrop. Les esperaba un tribunal compuesto por magistrados británicos, soviéticos, americanos y franceses, y cerca de un año de declaraciones antes de conocer la sentencia. Paciencia, que lo iremos contando poco a poco…

Para finalizar, una de citius, altius, fortius. Fernando de Magallanes logró hoy hace cuatrocientos noventa y cinco años atravesar el estrecho que llevará su nombre. Que había que tenerlos, desde luego, dada la dificultad de aquellas costas y las condiciones de los barcos de la época. Al amanecer de este día divisó unas cumbres nevadas hacia el este. Un territorio que con el tiempo y por mediación de Diego de Almagro, que llegaría dieciséis años después para recorrerlo, se llamará Chile.

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