Un trago frío de cerveza

―¿Fresca?

―Mucho.

Dos personas saborearon el primer trago que dieron a sus respectivas latas de cerveza. Tragos distintos, sabores diferentes.

Una estaba sentada y ni lo apreció; para ella la cerveza tenía un sabor amargo.  La que estaba de pie en aquella pequeña habitación de un piso del extrarradio de la gran ciudad apreció el líquido, que explotó en su boca colmándole de sensaciones, a cada cual más intensa La cerveza era la misma, incluso el tiempo que permanecieron en la nevera. Diferentes percepciones.

―Pues a tu salud.

La que estaba de pie dedicó un brindis a la que estaba sentada, que asintió en silencio antes de llevarse de nuevo la lata a la boca. Se conocían desde hacía muchos años, pero ahora se trataban poco. Dejaron de hacerlo con el paso del tiempo. El olvido, la desidia. Cuando la vida marcó a cada uno un camino distinto que recorrer. Hasta esa tarde. La que estaba de pie acudió a la casa de la que estaba sentada, y tras un par de minutos departiendo en el descansillo la segunda le invitó a pasar. Una cerveza para pasar el trago, le explicó una vez dentro su repentino visitante. La visita lo requería.

―Y por los buenos momentos.

cerveza3Ahora quien brindó fue la que estaba sentada. Sonrieron. Los momentos pasados. Las primeras correrías de juventud, los primeros amores, las primeras borracheras, los primeros tumultos, las primeras peleas… Apoyándose el uno en el otro, aferrándose a un mundo que aprendieron a conocer a base de golpes, enfrentándose a una naturaleza hostil que se ensañaba con el débil; ninguno de los dos lo era. Se conocían tanto que un simple gesto, un guiño de ojo, una ceja alzada transmitía al otro lo que quería decir o hacer. Complicidad, almas gemelas. Se podía llamar de muchas maneras a aquella relación.

―Los buenos momentos…

La que estaba de pie saboreó el último trago de cerveza que bebió componiendo un gesto tan ácido como el sabor de las palabras que pronunció. La vida, esos instantes, la fugacidad del tiempo, que se resbalaba de sus manos como esos peces recién sacados del río en el que aprendieron a pescar los domingos por la mañana. Otros tiempos, otra vida. Parecía haber pasado una eternidad cuando, a lo sumo, entre la escena de la habitación y la primera trucha pescada habría poco más de quince años. Luego, la distancia, distintas formas de ver las cosas. La cerveza que ahora bebían era su primer encuentro en los últimos cinco.

―¿La has terminado? ―preguntó la que permanecía de pie.

―Aún no ―replicó la que seguía sentada.

―Pues apura. Tengo prisa.

Dos tragos le quedaban a la cerveza de la que estaba sentada. La otro le miraba con ojos de indiferencia. Una mirada desconocida, tan distinta a las que la primera conoció. De complicidad, de alegría, de tristeza, de preocupación… La vida era eso, una mirada desconocida en el último segundo de la vida, una despedida que ésta le brindaba de la mano de quien mejor le conocía. La persona que, con el último trago de cerveza en la garganta, levantaría la pistola que empuñaba con la otra mano para cobrarse una deuda tan impagable como sus esperanzas de seguir con vida. Él, y no otro, era quien se encargaría de hacerlo. Para eso le habían contratado Los acreedores del que permanecía sentado. El dinero, le contestó antes de abrir las cervezas. A eso se dedicaba, y poco le importaba la identidad de la víctima. Encargo resuelto, encargo cobrado.

La que estaba sentada dio el penúltimo trago a la lata de cerveza, que ya estaba caliente, y sonrió a la otra. Los buenos momentos, articuló de nuevo sin ganas, vencida. Ya no tenía dudas de que el siguiente trago estaría frío. El más de los que nunca diera en su vida.

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