Un asesinato por esclarecer y una cúpula por levantar

El cuerpo seguía allí, acostado en una escalera del edificio George Yard. El aviso llegó sobre las cinco de la mañana. Un estibador, que caminaba por Gunthorpe Street, aquella maloliente y sucia calle de Whitechapel, fue quien dio la voz de alarma a la policía. El vagabundo que creyó ver durmiendo en las escaleras resultó ser una mujer. El policía que observaba su cadáver no acertaba a comprender qué podría haber llevado a una persona a ensañarse de esa manera con un prójimo. Estaba más que acostumbrado a esas cosas. Puñaladas, algún que otro disparo, peleas multitudinarias que cerraban pubs y llenaban las celdas de la comisaría de noche… Pero eso, eso era otra cosa. Un compañero terminó de tomar declaración a un par de vecinos de la zona. Ninguno vio ni oyó nada, lo cual aún le extrañó en exceso. Imposible no gritar con todo lo que recibió la mujer. El policía, confuso, meneó la cabeza en un par de ocasiones. Más cuando otro vecino afirmó, según el relato que expuso al compañero, haber subido esas escaleras y no ver a nadie tumbado en ellas. Lo que ocurrió sobre las dos de la madrugada. Todo un enigma.

El policía dio orden de que nadie se acercara al cuerpo. Reparó en su vestimenta, en la falda de un color verde muy oscuro que casi se confundía con la larga chaqueta negra. La cabeza la tenía tapada con un gorro y unas botas protegían sus pies; gastadas, pero buenas para recorrer las empedradas y sucias calles del barrio. Sobre todo, no quería que la noticia ya hubiera empezado a correr y los periodistas, esos cuervos sin escrúpulos, acudieran al lugar atraídos por lo escabroso del asunto.  Aunque, si él lo fuera, no dejaría escapar una oportunidad como esa. No todos los días se encontraba uno el cuerpo de una persona cosido a puñaladas con tanto ensañamiento. Cerca de cuarenta repartidas por el torso y el cuello y que también le destrozaron el bajo vientre y los genitales. ¡Pobre mujer!, se lamentó el policía. Sin saber que aquélla, Martha Thurner, y que apareció muerta hoy hace 117 años, sería la primera víctima de un individuo al que todos llamaron Jack ‘el Destripador’. Su identidad nunca se llegó a conocer.

Así empieza este 7 de agosto, día en que los americanos desembarcaron en Guadalcanal tal que hoy hace 73 años. Los japoneses estaban construyendo allí una base aérea, objetivo clave para los americanos. Durante poco menos de un año miles de soldados de uno y otro bando perecerían en la jungla. Bombazos, disparos, rociadas de balas sin misericordia hasta que los japoneses decidieron marcharse de la isla y a otra cosa, mariposa. La guerra, que es así de bastarda.

Y una de citius, altius, fortius, pero para bien. Obra de un tipo al que le encomendaron construir una cúpula para la amada basílica de los florentinos. El desafío era mayúsculo, pero no se arredró. Durante meses realizó cálculos, midió, contempló el singular edificio desde todas las perspectivas posibles. Más de 100 metros de altura y un diámetro cercano a los 50. Su proyecto, una vez hecho realidad, sería admirado por florentinos y visitantes de la ciudad. Estaba convencido de ello Filippo Brunelleschi, que hoy hace 595 años comenzó la construcción de la cúpula de la basílica de Santa María del Fiore, en Florencia.

Para acabar el asunto, un nacimiento a destacar: el de Louis Leakey hoy hace 112 años. Amigos como los del Equipo Investigador de Atapuerca le deben mucho a este paleoantropólogo británico, que en 1959 descubrió un cráneo de homínido de la especie Australopithecus Boisei, datado en un millón setecientos cincuenta mil años. En 1967, también junto a su mujer, halló los restos fósiles de otro homínido mucho más antiguo, de unos dos millones de años, los del Kenyapithecus africanus.

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