Un bar al pie de la muralla

El bar era pequeño. Tres mesas repartidas por el local con cuatro sillas alrededor de cada una de ellas, un servicio para ambos sexos y una barra alargada. En las paredes, encaladas, había fotos de épocas pretéritas de la vida de la ciudad. Y entró en él porque casi se lo estaba haciendo encima. Cosas de la vejiga cuando llega a un punto de no retorno, y la suya ya lo había alcanzado. Por eso entró en aquel bar.

Apenas apartó la cortina de la puerta y estaba pidiendo un café con leche para, con celeridad, recorrer los pasos que le separaban del servicio. Fue al regresar a la barra cuando la vio. Cierto es que no había nadie más en el bar, pero aun así sólo se hubiera fijado en ella.

―¿Cómo desea la leche? ¿Fría o caliente?

―Templada ―respondió él aproximándose a la barra con paso lento. Cogió una de las tres banquetas que esperaban compañía y se sentó.

―Café con leche templada.

Ella le sirvió el café en la barra. Él la observó mientras echaba la leche en la taza. Le habían dicho que las mujeres de aquella ciudad eran guapas, muy guapas. Pero ella… Levantó la vista y sus miradas chocaron. Él la bajó, de repente, con un sentimiento de culpa, como si se avergonzara de haber examinado con demasiado detenimiento a la chica de aquel bar tan vacío como la soledad de su alma. Ella sonrió. «Esa sonrisa ―pensó―. Lo que debe ser despertarse con ella todos los días. Dar motivos para alimentarla».

―No eres de aquí, ¿verdad? ―Ella decidió tutearlo.

No contestó. El tintineo de la cuchara fue el único sonido que se escuchó en el bar. Sólo acertaba a remover el café con la vista clavada en el suelo. Hasta que la levantó y se encontró de nuevo con la misma sonrisa, los mismos ojos verdes, el pelo negro y liso que le colgaba por la espalda.

―Sólo estoy de paso…

La voz del hombre sonó temblorosa. Le asustaban algunas mujeres. Las más bellas. La que tenía enfrente lo era. «¿Por qué te tiembla la voz?», le preguntó ella. Él se encogió de hombros, sin más. ¿Qué podía contestar?

―Me encantan tus ojos…

ÉL se lo dijo tal cual. Apenas le quedaba un sorbo de café en la taza, pero no quería apurarlo. Es más, no tenía ganas de abandonar aquel bar. Pediría otro. O quizás un refresco. O una cerveza. Cualquier cosa con tal de no salir de allí, de navegar eternamente por esos ojos verdes que reclamaban atención desde su acuosa ventana. «Una cerveza». Hacía demasiado calor en la calle ―Sur de la Península. Cuarenta y dos grados a la sombra marcaba el último termómetro que vio―. Y la iba a pedir cuando ella abandonó la barra, acercó una banqueta y se sentó junto a él. Le acarició el pelo y se volvieron a mirar fijamente.

―Me encantan tus ojos…. ―repitió ella.

La dueña del bar se levantó para cerrar la puerta y tapar la única ventana con la cortina. Ni siquiera se sentó en la silla. Lo besó y ambos cayeron al suelo. No hubo dolor, sino más besos y caricias. Para empezar.

Tres horas después, con un bocadillo y una cerveza en el estómago, él dio un abrazo a uno de sus mejores amigos, que le había invitado a visitar la ciudad. El trago de la cerveza le refrescó un tanto. El calor todavía era importante. Comenzaba a atardecer, y los rayos del sol doraban la torre de la catedral. La terraza estaba concurrida. Pero él sólo quería estar en un sitio. Sólo ansiaba regresar al bar donde horas atrás su alma encontró el calor que buscaba. Y se lo propuso.

―Podíamos ir luego al bar que hay al pie de la muralla. He estado esta mañana y es un sitio tranquilo para hablar.

―¿Al pie de la muralla? ―respondió el amigo tras dar cuenta de su botella de cerveza―. Que yo sepa ese bar lleva cerrado muchos años. El dueño lo cerró después de que su hija muriera de una sobredosis. Muy chunga aquella historia. Una pena ―prosiguió―, porque la niña era tela de guapa. Una morenaza… Y unos ojos verdes… Lástima que se metiera demasiado.

Él cogió su botella y casi se la bebió de un golpe. Después miró a ningún sitio. No lo había soñado. No lo podía haber soñado. Sus palabras, sus caricias, sus besos… Entró en ese bar. Se tuvo que pellizcar un par de veces. Estaba allí. Pero el amigo se lo había dejado bien claro. ¿Cómo le iba a engañar? Nadie conocía esa ciudad mejor que él. Sus bares, sus gentes. Incluso dijo haberla conocido. No podía ser un sueño, admitió meneando la cabeza. No podía serlo. Al fin, liquidó la poca cerveza que quedaba en la botella y suspiró.

―Si te bebes así las cervezas, no me extraña que veas abiertos todos los bares. Ojú, hijo mío ―replicó el otro―. Hasta los que llevan años y años cerrados.

juderia-cordoba

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