Un café solo

—¿Solo o con leche?
 
—Solo, por favor.
 
El tipo que acababa de pedir un café en el primer bar que encontró, suspiró. Un mal día. Silbaba la máquina mientras el camarero preparaba el plato con su taza, donde dejó una cucharilla con el sobre de azúcar. Fuera, llovía. Una lluvia melancólica y fría.

 
Se despojó del abrigo y lo dejó como pudo encima de una banqueta. Empapado como estaba, confiaba que el calor del bar evaporara parte de la humedad que lo impregnaba. Aún tenía que llegar a casa. Que era como volver a la nada.
 
—Solo —le dijo el camarero sirviéndole el café pedido, que humeaba.
 
El tipo agarró la taza con ambas manos. Calor. Lo que más necesitaba; tanto para su cuerpo como para el alma. Ambos tan fríos como la lluvia que amansaba la calle. Vio reflejado su rostro en el cristal de detrás de la barra. Ojeroso, cansado. Triste. Ésa era su cara. Negó con la cabeza llevándose la taza a los labios. Humo, calor. En casa le esperaba el mismo frío que en la calle. Malos tiempos para la lírica, que cantaba German Coppini. Hasta la eternidad le parecía que caminaban los suyos. Un amor que se fue, al que no supo escuchar, que no pudo cultivar como se merecía; al que le costaba darle una nueva oportunidad. El trabajo, las prisas, el estrés. Y ahora se veía sin el amor y sin el trabajo. Malos tiempos para la lírica. Pues eso, masculló. En la radio sonaba Bohemian Rapsody. Freddie Mercury había matado a un hombre. Así comienza. Lo que hubiera hecho también el tipo de haber podido. Mercury, se cree, en sentido figurado; él, en sentido material. Un tiro en la frente. Bang. Y su jefe, listo de papeles. Sin el amor de su vida y sin trabajo se veía perdido. Mejor en la cárcel que en casa, sólo, frío. Abandonado.
 
Dio el último sorbo a la taza y dejó sobre la barra el euro que costaba el café. Fuera había dejado de llover. Un poco de calma como compañía de regreso a casa. Todo el día pateando la ciudad de un lugar a otro, de una entrevista a otra. Buenas palabras, cero expectativas. El abrigo seguía igual de húmedo que antes. No todo iban a ser buenas noticias, masculló de nuevo.
 
Al salir a la calle le recibió un sol tímido que había conseguido adueñarse de una porción de cielo. Resopló. Con calma, no hay prisa, se dijo. El rostro, serio. Que tardó unos segundos en romper su pesadumbre habitual al reparar en una mujer sentada en un banco, como si lo estuviera esperando. Y en sus ojos, azules como ese lienzo de cielo recién abierto, y que un día le juraron amor eterno a pesar de los pesares.

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