Un vals en Viena

Llevaban una tajada de consideración. Como un piano. Él y ella. Dos tipos que ya no volverían a conocer los sesenta y que lo mismo se echaban a correr el uno detrás de la otra en plena SingerStrasse, para pasmo del resto de viandantes —todavía los había—, que reían a carcajadas las confidencias que se hacían al oído.

Un cielo arisco regaba de nieve las calles de Viena iluminadas con motivos navideños. Cerca de la catedral, la atmósfera olía a vino y a ponche caliente y se escuchaba el sonido de un violín; y a la pareja en cuestión se le había ido la mano con el vino en la cena. Eran conscientes, y a pesar de ello no tenían ningún pudor en ocultar sus estragos. Se dejaban llevar.

Se detuvieron en medio de la StephansPlatz. Frente a ellos, la catedral, cuyos tejados blanqueaba la nieve. Por un segundo se quedaron en silencio. Sólo el violinista se atrevía a quebrar el momento con su música. Se miraron y se besaron. Veinte años. Veinte, repitieron mirándose a los ojos, glaucos. Después ambos posaron su mirada en el violinista. Y tras sonreírse, fueron hasta donde se encontraba. Él —alto, en buena forma física, sienes muy plateadas y el resto del pelo camino de ello. Ojos verdes y facciones suaves— abordó al músico. Una charla breve que acabó con el violinista asintiendo y riendo a la vez. Él regreso al lado de ella —pelo canoso, faz relajada, algo más bajo que él y de parecida constitución física—, y le pidió permiso para bailar un vals allí, delante de toda Viena, al pie de la catedral, permiso que le concedió con gusto.

De inmediato comenzaron a bailar al son del violinista, que los miraba complacido sin saber que se habían vuelto a reencontrar veinte años después, ya con la vida entrando en el carril de desaceleración; y que, cuando las circunstancias les obligaron a separarse, juraron regresar a Viena y pedirle a Leonard Cohen que les regalara un disfraz de río para bailar al son de su violín.

Y aunque Don Leonard ya se fue, su violín y su disfraz de río siempre estarán a disposición de quienes, como aquella pareja, todavía no deseen enterrar su alma en un libro de recuerdos.

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