Una copa de 30 euros

Soplaba una ligera brisa de poniente en aquella playa costera. El sol incendiaba el lejano horizonte con sus últimos rayos, lo que se podía contemplar desde un promontorio que el mar bañaba en un costado de la playa. Del alboroto de media tarde sólo quedaban como recuerdo voces que ordenaban la pronta salida de las aguas de los últimos críos que aún hacían de ellas su particular reino.

Desde los altavoces fluía una suave melodía de tonos hindúes aderezada con arreglos electrónicos. Y un tipo vivaz, aunque frisaba los sesenta, iba de mesa en mesa repartiendo botellas de agua, jarras de cerveza y alguna que otra mezcla espiritosa para dar la bienvenida al ocaso del sol. La playa gozaba de fama internacional por sus extraordinarias puestas, y el pequeño chiringuito que regentaba dicho tipo era un local de renombre. El último combinado de ginebra y tónica lo dejo sobre la mesa ante la que sentaba una mujer que no despegaba la vista del horizonte. Debía de andar también por los sesenta, pensó el tipo, que la examinó con la brevedad que otorgaba el servicio demandado por la clienta. Guapa también lo tuvo que ser a tenor de las escasas arrugas que surcaban su cuidado rostro, tocado con unas modernas gafas de sol. Y su pelo negro, puede que teñido, recogido en una sensual coleta. El tipo suspiró y ella se percató. Antes de macharse, la dejó con la palabra en la boca por culpa de una palabra:

—Treinta…
La mujer se quitó las gafas y persiguió al camarero por la terraza del chiringuito, por la que se movía con soltura llevando de acá para allá bandejas repletas de bebidas. Se cuidaba bien. Eso dedujo ella del tono tostado de la piel del hombre, curtida al sol y al aire de la playa. Volvió a colocarse las gafas cuando vio entrar en la terraza la visita que esperaba, un hombre de parecida edad a la suya al que recibió con un cálido beso en los labios. La mujer requirió la presencia del camarero, que acudió de inmediato:
 
—Otro combinado para el caballero.
 
Combinado que el camarero preparó con la misma rapidez que lo sirvió. La pareja, agarrada de la mano, se dejaba llevar por la música y la luz del atardecer. El camarero volvió a reparar en la mujer y con una sonrisa, casi perenne en su boca, repitió la misma palabra que articuló con anterioridad:
 
—Treinta…
 
La pareja de la mujer, extrañada, y ya sin la presencia del camarero, quiso compartir una duda con su acompañante:
 
—¿Treinta pavos la copa? ¡Joder, menudo estacazo por ver cuatro rayos de sol y escuchar cómo un gato muere con dignidad a pesar de la carnicería que está soportando!
 
La mujer rio la ocurrencia. Tenía mucho sentido del humor su última conquista. Fue dos noches antes, en la discoteca de moda de la cercana localidad que daba nombre a la playa. Dos copas, la música y un lecho que conoció un calor distinto al de otras noches, más solitarias. Pero la curiosidad pudo con ella y volvió a llamar al camarero.
 
—¿No le importaría traer algo para picar?
 
—Cómo no, señora.
 
Ella lo siguió con la mirada y vio cómo el tipo llenaba un pequeño cuenco con frutos secos mientras hablaba con uno de los compañeros de la barra. Al verlo venir hacia la mesa la música cambió. Los modernos sonidos habituales del local callaron para dejar cantar a Gloria Lasso, que recordaba cómo debía de ser para ella una luna de miel. Varios clientes protestaron, pero otros de mayor edad, sorprendidos tan gratamente por el cambio de música, se animaron a bailar la melodía. El camarero depositó el cuenco encima de la mesa y se marchó. Ella reparó en un papel que el cuenco pisaba y lo cogió para leer su contenido.
 
—A ver el estacazo… —anunció a su compañero antes de leer.
 
Gloria Lasso seguía atrapada en su Luna de miel. La mujer sintió una punzada en su estómago. En la nota sólo había una fecha y un nombre. La canción apenas duró un par de minutos, tiempo suficiente para que ella recordara el verano de esa fecha y el nombre de la persona a la que entregó su corazón para siempre treinta años antes, pero que renunció a seguirla allí donde ella se lo pidió. Después de aquel breve verano la vida hizo de cada uno lo que eran: él, un camarero errante, ahora en un chiringuito playero de su propiedad y ella, una actriz que sólo rodaba una película al año y por la que los directores llegaban a retarse a muerte con tal de contratarla. Lo miró, igual que él desde la barra, con la misma sonrisa melancólica que la suya. Tragó saliva y musitó el nombre del camarero, que desapareció de la terraza para no volver a verlo más esa tarde. Ni ninguna otra más desde entonces, aunque eso ella aún no lo sabía. Dio un sorbo a su copa con el recuerdo en la cabeza del último baile que ambos bailaron al son de la Luna de miel de Gloria Lasso, cuando el amor eterno que se juraron quedó enterrado en el olvido.
 
—Efectivamente, son treinta euros cada copa —dijo ella intentando dotar a su voz de la mayor serenidad posible en ese instante y rompiendo el papel en pedazos—. ¡Hay que joderse, vaya manera de robar a la gente!
amaneciendo-playa-mar

4 Comments

  1. Ana G. Hernández

    Magistral el relato Victor, haces que el lector se meta en el mísmo y lo viva.

    1. Víctor Fernández Correas

      ¡Gracias por leerlo, Ana!

  2. Natalia Martín

    Me ha encantado, precioso pero triste. El amor eterno no tiene nunca final feliz?

    1. Víctor Fernández Correas

      ¡Gracias por leerlo, Natalia!

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