Una hora antes del mediodía para el armisticio

Las cinco y doce minutos de la mañana marca el reloj de Ferdinand Foch. Es 11 de noviembre de 1918. Antes echó un vistazo al exterior a través de los cristales del ventanal del vagón de tren en el que se encuentra. Hace frío y la oscuridad es absoluta. Las rachas de viento agitan de cuando en cuando la estructura del vagón, el 2419-D. Es un vagón de lujo fabricado por la Societé General Des Atliers de Saint Denis y forma parte de un convoy destinado al alto mando reconvertido en despacho y sala de reuniones.

Las cinco de la mañana y quince minutos, vuelve a mirar su reloj Ferdinand Foch, mariscal de Francia y comandante supremo de los aliados. En el exterior parece haberse calmado el viento. A través de los cristales, el bosque de Compiègne, a 90 kilómetros de París, adquiere una tonalidad especial a pesar de la oscuridad que lo devora. Será él, que empieza a ver la vida con otros ojos; los del ganador. Y también los de una persona tranquila que por fin respira. Todo está a punto de acabar.

Echa la cortinilla y suspira. Tiene unas enormes ganas de terminar con todo esto. Y todo esto es la locura que ha sembrado Europa de muerte y destrucción durante los últimos cuatro años. Todo está a punto de terminar allí, en un lugar relativamente tranquilo, no muy alejado de uno de los frentes donde alemanes y franceses se han dado sopas con ondas hasta en el cielo de la boca. Comentarios, voces, murmullo… Eso es lo que escucha Ferdinand Foch en el interior del vagón.

Las cinco de la mañana y diecisiete minutos según su reloj.

Una maravilla, sin duda. El vagón, claro. Revestido de madera de teca y dotado de amplias ventanas a través de las que ha escrutado un paisaje inusual, pacífico. Nada que ver con el barro de las trincheras, la pegajosa mortaja que envolvió y aún envuelve a los cientos de miles de soldados que enterraron sus ilusiones, sueños y miserias en una refriega que no iba a pasar de tres semanas –eso se vaticinó en sus comienzos–, y ya va para cuatro años. Hasta hoy. Aunque frente frente, lo que se dice frente, poco haya pisado él; ni tampoco algunos de los allí presentes. Cosas de la guerra, de los que mandan al matadero a los que están predestinados a ello. Él no, desde luego. Es el Mariscal de Francia, y ya son las cinco y dieciocho minutos de la mañana. Va siendo hora de dar por concluido el trago. No tanto por él, sino por los alemanes. Al fin y al cabo empezaron esta locura. Son culpables de demasiado sufrimiento. No obstante, por un poco más que sufran… Sonríe maliciosamente al pensarlo.

Y los alemanes son el almirante Alfred von Oberndorff, del ministerio de Relaciones Exteriores, y el general von Winterfeldt Detlof. Con ese casco. Ahí, ese toque prusiano. Si les viesen sus soldados… Otro que se marcha de rositas. Pero si todo esto es para poner fin a tanta carnicería, a las nubes de gas silentes y asesinas que segaron tantas vidas, si se trata de que no haya nunca más ningún Verdun, Somme o Marne, todo estará bien empleado. Ferdinand Foch observa al jefe de la delegación alemana, Matthias Erzberger, que está algo nervioso. Quiere firmar ya. Y vuelve a echar un vistazo a su reloj. Habrá que ir acabando con este trámite. Porque no es más que eso, un mero trámite. La guerra ya acabó y es tiempo de devolver la paz a Europa, de devolverla los mejores años de su historia, y de ver el sol otra vez. Eso sí, con Alemania atada de pies y manos. Mucho mejor. Que es Alemania, y nunca se sabe. Las pocas hostilidades que aún queden –el armisticio no entrará en vigor hasta las once de la mañana– después callarán para siempre pues Alemania se ha comprometido a retirar de inmediato sus tropas de Francia, Bélgica. Luxemburgo y Alsacia-Lorena; a entregar material diverso ―cañones, ametralladoras, morteros, locomotoras…―; a internar su flota y a renunciar a los tratados de Brest-Litovsk y de Bucarest. Eso es lo que aparece en los papeles que están a punto de ser firmados por los representantes alemanes. Los que debe rubricar Matthias Erzberger en presencia del contraalmirante inglés George Hope, del almirante Sir Rosslyn Wemyss y del oficial naval Jack Marriot.

Cinco de la mañana y veinte minutos. Erzberger firma. Foch respira. Se acabó. Ya no habrá más guerras en Europa ni tampoco en el mundo, que ya estamos todos bien escarmentados, cavila antes de suspirar. Algún apretón de manos y saludos fríos. El Mariscal echa un vistazo al vagón. Ya ha cumplido su servicio. A saber a qué se destinará ahora. Total, nunca más se volverá a utilizar. Alemania está acabada. Al fin habrá paz en Europa. Para eso se acaba de firmar.

Eso piensa Ferdinand Foch.

Ingenuo él.

2 Comments

    1. Víctor Fernández Correas

      Muchas gracias por leerla, Ana 😉

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