Una ventana al mar

—«No hay otros mundos, pero sí hay otros ojos / aguas tranquilas en las que fondear…».

Desconoce el número de veces que ha escuchado ya la canción. Se desveló en plena madrugada. Un golpe de viento abrió la ventana. Se levantó para cerrarla y reparó en la luna, que rielaba sobre el mar. El rumor de las olas le llegaba como el susurro de una vieja amistad que desea charlar tras el reencuentro. En lugar de cerrarla, la abrió de par en par. Le pudo la canción. La buscó en el teléfono móvil, que dejó sobre la mesilla colocado de tal manera que la melodía fluyera por su altavoz. El rasgueo de la guitarra, la voz clara y poderosa, el violín acompañándolas. La luna se marchó y llegó la claridad, que rasgó la oscuridad por el horizonte.

madre_3—«Muge mi alma, confusa y triste / ojos azules en los que naufragar…».

Se humedecen los suyos. El recuerdo. También son azules, como los de la canción, y el alma que tanto los echa de menos está lejos, lleva demasiado tiempo sin naufragar en ellos. Habló con él la noche anterior. Trabaja en Alemania. Hablan un par de veces al día, al amanecer y al atardecer. Hoy no hará falta que el despertador le diga que es hora de levantarse para encender el ordenador mientras se hace el café.

—«Tierra absurda que me hizo absurdo / nostalgia de un futuro azul en el que anclar…».

Se despidieron cantando esa estrofa de la canción que sigue escuchando. Después de hablar con él y de terminarse el café recibirá al electricista, que está reformando la instalación de la casa. Ella, mientras, acabará de pintar el pasillo de la planta superior. Si todo marcha bien, la casa estará lista en seis meses. La soñaron una noche, al pie de un mar junto al que se dejaron las últimas fuerzas del día. Cuatro habitaciones para recibir a los clientes, no necesitaban más para ser felices. Por eso él está en Alemania.

Se despega de la ventana para encender el ordenador. Mientras la pantalla se ilumina corre a la cocina para encender el fuego, sobre el que deja puesta la cafetera. Al regresar a la habitación recibe con una sonrisa al rostro que la observa desde la pantalla. Él también sonríe, tenía ganas de ver esos ojos azules. Y escucha la canción. Se ríe, y empieza a cantar:

—«Dejé la estepa, cansado y aturdido / pasto de la ansiedad…».

Ella llora. Ya queda menos para reencontrarse. Ya queda menos…

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