Una ventana al mar

—«Nunca sabré cómo tu alma ha encendido mi noche…».
 
Él acababa de abrir la ventana, por la que entraban una suave brisa y la primera luz del día. Ella, aprovechando esa luz, buscó su teléfono móvil y accedió una red social para compartir vídeos. Allí encontró a Gloria Lasso, la culpable de que estuvieran allí.

 
Él se giró para verla. Ella yacía en la cama con la cabeza apoyada en la almohada, el torso descubierto y desnudo y las piernas cubiertas con una sábana. Lo miraba de parecida manera a la que lo hacía él. Sólo se miraban. Para hablar ya estaba Gloria Lasso. Mejor dicho, para cantar.
 
—Siempre lo supiste hacer tan bien…
 
—¿Cantar?
 
—Todo.
 
ventana-amanecer-marFluía la música a través de los pequeños altavoces del terminal móvil. «Nunca sabré por qué siento tu pulso en mis venas…». Con la melodía de la cantante en sus oídos ella recordó la conversación que mantuvieron la noche anterior, cuando se encontraron en un local al que ninguno de los dos quiso acudir. El escaso gusto por la noche, la necesidad de descansar, la falta de ganas… Excusas diversas que no arredraron a sus respectivos grupos de amigos. Treinta años sin verse las caras y tuvieron que reencontrarse en la puerta del servicio. Ella entraba y él salía. Treinta años. Se reconocieron al instante. Tras la sorpresa inicial, un par de besos dio paso a una conversación que se inició después de que él regresara del servicio, siguió camino de la gran sala del restaurante y acabó en la pista de baile, donde los dos grupos de amigos se juntaron. Una manera de terminar una buena noche para los demás y una mejor de comenzarla para ellos dos.
 
—«Besa tu suelo, reza en tu cielo, late en tu sien…».
 
Eso cantaba Gloria Lasso ahora. Ella abandonó la cama y se aproximó a él. Se abrazaron acompañados del rumor de las olas del mar, que llegaba hasta la pareja desde la cercana playa. La misma estrofa que la noche anterior les invitó a dejarse llevar por el momento, ella con las manos en el cuello de él y él con las suyas en la cintura de ella. Treinta años sin saber nada de la una y del otro. Te fuiste, me mataste, te eché de menos. Susurros que iban y venían de boca en boca y una llama que volvía a encenderse.
 
—«Ven hacia mí, así el día vendrá que amanece por ti…».
 
Encontraron el pequeño hotel al pie de la playa en cuya habitación ahora se abrazaban. Ambos lo conocían. Y se dejaron llevar con la misma pasión a la que ahora les conminaba Gloria Lasso. El mar susurraba y el día estaba amaneciendo.

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