Una ventana

«Cuando crucé la frontera me pidieron que me rindiera, pero no les hice caso…».

Eso escucha la mujer que mira con ojos glaucos a través de la ventana.

Su realidad, su vida.

Cuando cruzas una frontera sabiendo que no hay posibilidad de retorno, que las heridas nunca cicatrizarán, que la mochila de recuerdos que llevas a la espalda adquirirá más y más peso.

Ella cruzó su propia frontera a sabiendas de que le pidieron que no lo hiciera.

Y no se arrepiente.

Un hombre y sus circunstancias. Un culpable como otro cualquiera, una culpa a la que atribuir su propia desgracia, sobre el que cargar su tristeza, su naufragio en forma de lágrimas y lamentos.

—Y la cruzaste… —recuerda, atemperando el sabor amargo de los recuerdos con un sorbo a la taza de café que sostiene con la mano izquierda. Entre los dedos de la derecha languidece un cigarrillo al que no ha arrancado más que un par de caladas.

—Y la cruzaste…

«Soy el único esta noche, pero debo continuar…», prosigue Leonard Cohen, cuya voz suave —la primigenia. La posterior, herida por los excesos, es la que enamoró a la mujer que no aparta la mirada de la ventana— la transporta a un lugar, a un momento, a una escena concreta.

A un hombre.

No era el más guapo. Tampoco el más atento ni mucho menos el más galán; con esa mirada de perdonavidas, el rictus siempre serio y un rostro anguloso, de facciones marcadas.

Le pidió cruzar la frontera con él; abandonar una vida tranquila, hasta cierto punto relajada. Dinero fácil, amistades consolidadas, un futuro por descubrir. A cambio le ofreció su vida, un áspero camino pespunteado de dolorosas realidades.

—Y la cruzaste…

La mujer —quizás cuarenta, quizás menos. Pelo alborotado, mirada glauca, rostro cansado— apaga el cigarro en un cenicero donde acabaron otros tantos, da un último sorbo a la taza de café, que deja sobre la mesilla de noche, y le mira.

Él también la mira.

Están allí, en una pensión que ha conocido tantos calores efímeros como el suyo. Un lugar de paso como otro cualquiera.

—Y la cruzaste… —dice él, mirándola con esa firmeza que a ella la desarmó al conocerle.

—Sí… —le responde antes de posar sus labios en los del hombre.

 «La libertad pronto vendrá…», deja caer Leonard Cohen, cuya voz escapa por una ventana por la que entra la primera luz del día.

La misma que la mujer y el hombre ganaron el día que decidieron cruzar su propia frontera.  

 

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