Una vida en diez líneas de Word. Hoy…

Tan pronto lloraban como estremecían de alegría. Sus canciones. Letras llenas de viveza, de puros colores que estallaban formando un caleidoscopio cuya contemplación nunca aburría, o bien olían a tristeza y a desesperación infinitas. La vida, que es así de atractiva, de bella, y también de hija de puta.

Recorrió las colonias de su patria, y a la vuelta lo rebautizaron como el bicho cantor en el instituto. Eso y su frondosa cabellera se convirtieron en su seña de identidad. Pasó de la serenata a la canción protesta sin dejar de coquetear con el son que marca el alma de su país, un país que clamaba libertad. Lucho por ella, como otros tantos cantantes de su tiempo. Que conoció pasados veinte minutos de una medianoche. El límite abrió los límites; él sólo tuvo que poner la voz. Años después, represaliado y enfermo, acabó cobrando una pensión de ciento ochenta euros. Algún que otro amigo le organizó recitales para que él y su mujer pudieran vivir con cierta dignidad. El día de su entierro el cortejo fúnebre tardó dos horas en recorrer un kilómetro y medio de distancia. Treinta mil personas lo despidieron. Al cantante, ya eterno.

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