Urbano II la lio parda. Pero parda, parda

Hoy hace 923 años que Urbano II la lio parda, pero parda, parda. ¿Que quién era Urbano II? Su Santidad, el Papa de la época. Y la lio parda porque lanzó a miles de personas contra los que consideraba infieles. O sea, los que ocupaban Jerusalén en ese momento. Parda, parda.

Detalle de Urbano II liándola parda.

El tal Urbano II llevaba ya siete años como Papa de Roma; a lo suyo y sin que nadie de enterase de sus tejemanejes. Tampoco ahora nos enteramos de demasiado, pero entonces, sin Internet, redes sociales ni nada por el estilo, menos todavía. Pero el tipo estaba con la mosca detrás de la oreja porque los que consideraba infieles —cualquiera que no fuera cristiano— campaban a sus anchas por Jerusalén. Tierra santa, Monte de los Olivos, el Santo Sepulcro, etcétera. Ahí es nada. Vamos, que se lo llevaban los demonios.

¿Cómo devolver aquellos santos lugares al Cristianismo? Dos años rumiando el asunto con sus días, sus noches; desde el Concilio de Piacenza dando la matraca con el asunto y ni Dios, con perdón, poniéndose de acuerdo: unos que sí, otros que no, otros tantos que demasiado aventurado —cercanías del año 1000: distancias casi siderales. Nota para tener en cuenta—, otros que sí pero mejor en otra ocasión… Hasta llegar a Clermont, en Francia. Otro concilio, que fue donde Urbano II la lio parda.

Para empezar, hizo saber a todo bicho viviente que el emperador de Oriente, Alejo I Comneno, estaba hasta el gorro de los Selyucidas –clan turco que venía arrasando desde el Irán oriental todo lo que encontraba a su paso—, que lo incordiaban que daba gusto. Luego estaban los nobles europeos, gordos como cerdos la víspera de San Martín, que se comían Europa y Asia juntas y se bebían el Volga, el Danubio y el Tajo juntos. Y para rebajar, a guantazo limpio con el vecino noble de al lado un día sí y otro, también. En consecuencia, había que mantenerlos entretenidos, y a ser posible fuera de sus lugares habituales de esparcimiento. Y el populacho, más caliente que el palo de un churrero por eso de que Jerusalén y las iglesias de Asia estaban en manos sarracenas. Y también, por qué no, seducía, y mucho, la idea de abrir nuevas rutas a los peregrinos hacia Asia menor.

Total, las crónicas cuentan que Urbano II alzó la voz ante los presentes, que eran unos pocos —pidió que le montaran una plataforma fuera de la ciudad toda vez que la catedral se quedó pequeña para acoger tanto fervor desatado—, y después de comenzar diciendo que la raza de los francos era la elegida —“¡Los mejores, sois fetén!”—, los encomendó a tomar el camino de Tierra Santa al grito de “¡Dios lo quiere!”. Y la masa, como decía antes, más caliente que el palo de un churrero, sobre todo tras conocer lo que se le ofrecía a cambio de emprender la aventura –indulgencia plenaria y bienes declarados como inviolables. Esto último para quien los tuviera, claro—, se lanzó desde ese mismo momento a la toma de Tierra Santa.

Y así geminó el espíritu de la Primera Cruzada. Luego vendría más y más sangre, y más sangre. Aquellos lodos y tal.

 

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