¡Vaya tormento de música!

                

Llovía. Llovía a cántaros sobre Valverde. El cercano Cerro de Las Porras estaba cubierto por una espectral bruma que lo envolvía por completo. Más abajo, las siluetas del castillo y de la iglesia, situados en la parte alta, junto a la carretera, apenas se reconocían a través de la espesa cortina de agua. Las calles permanecían vacías, y sólo el ruido del agua que corría por las regueras y la que caía de los tejados, rompía el silencio que proclamaba su dominio sobre cada una de ellas. En la taberna de El Cabo, en la plaza, los pocos clientes se dispersaban por la barra y las mesas entre nubes de humo de cigarros, puros y pipas recién encendidas y la chimenea que ardía con fulgor; los cristales, ahumados, ocultaban en parte la vista desde el exterior, aunque, con el mal tiempo reinante, pocos se aventuraban a pasear por plaza y el resto del pueblo.

         Cerca de la plaza, en la calle que conducía a Las Cabezuelas, en una casa cuya fachada de corte moderno rompía con la arquitectura tradicional del entorno, un grupo de chavales mataba la tarde frente a un ordenador portátil. No solían acudir mucho al pueblo, pero tratándose de un fin de semana, acudieron con la intención de divertirse todo lo posible, sin salir de la casa. La música machacaba las paredes y el sonido, penetrante, trascendía la habitación e, incluso, se escuchaba con nitidez desde la calle. El equipo había convertido la casa en una discoteca ambulante; en su pantalla, gráficos, ecualizadores y barras de sonido se alternaban con colores chillones y ondas psicodélicas. En el otro extremo de la habitación, encima de una mesa, botellas y vasos se amontonaban junto a bolsas de aperitivos y frutos secos. En el centro, tres chicos y dos chicas se movían al compás de la música, cuando un ruido de golpes en la puerta les despertó de su trance. Uno de ellos bajó las escaleras de madera, que crujían a cada paso, y abrió la puerta; ante él estaba el Tío Matías, el anciano vecino que vivía en la casa de enfrente. Con la boina calada hasta las cejas y un gabán raído, para resguardarse de la lluvia, se mantenía apartado del alféizar de la puerta. Su gesto denotaba cierto enfado. Es más que posible que la música le estuviera molestando y que llamara para quejarse, pensó Javier, que era el chico que había acudido a abrir la puerta.

– ¡Buen jaleo tenéis “montao”!.- El Tío Matías, impertérrito, seguía frente al joven, bajo la lluvia, manteniendo el tipo.

– Discúlpenos, no era nuestra intención molestarle. Enseguida bajamos el volumen y tenga por seguro que no volverá a ocurrir.

En su fuero interno le quemaba el impulso de abroncar al chico por el escándalo que surgía de la casa. Sin embargo, el Tío Matías pensó que había otras formas de enseñarles a divertirse, sin necesidad de molestar al resto del vecindario.                                         

– ¿Puedo pasar…?                                                                           

Javier quedó sin respuesta. Aquella proposición nunca la habría esperado; si acaso una bronca, en forma de desahogo, antes de que el anciano regresara a su casa. Pero pedirle que le dejara pasar no entraba en sus planes. Con un ligero balbuceo, y apartándose de la puerta para dejarle paso, le invitó a penetrar en el interior. Le ayudó a quitarse el gabán y la boina que colocó en una percha y subieron las escaleras de madera. En la habitación, los cuatro jóvenes restantes seguían moviéndose al ritmo que les imponía el ordenador. Javier se acercó hasta el equipo y bajó el volumen apretando una tecla. El resto de los jóvenes quedaron desconcertados, primero con el cese de la música, y segundo con la presencia del anciano. Sus pelos blancos, rostro arrugado e imponente altura le conferían un aspecto que impresionaba a cualquiera.                                                             

– Buenas tardes, chavales. Simplemente venía porque quería deciros que tenéis la música un poco alta, y que sería mejor que bajarais el volumen.- La voz del Tío Matías, profunda, resonaba en la habitación. Los jóvenes le miraban con respeto y hasta un cierto punto de temor. El anciano les observaba divertido, consciente de la impresión que les causaba su presencia. Sin menor dilación, alcanzó una silla y la colocó en el centro de la habitación. Se sentó pausadamente y sacó un paquete de Ducados, que ofreció con suma cordialidad al grupo de chavales, aunque ninguno accedió a su ofrecimiento. Encendió uno de los cigarrillos con su viejo mechero de cuerda y exhaló una leve bocanada de humo. – En mis tiempos mozos, cuando llovía a cántaros, solíamos buscar al Tío Guisopo, que era un anciano que contaba historias como nadie. Nos reuníamos entorno a él y nos daban las horas muertas hasta que, por lo tardía de la hora, nos marchábamos a nuestras casas. Ahora veo –hizo un gesto volviéndose hacia el ordenador, que seguía en pleno funcionamiento, a pesar de tener bajado el volumen- que os sobra con estar al lado de este cacharro para divertiros.- Seguía fumando el cigarrillo con parsimonia, sin que ninguno de los chicos se atreviera a abrir la boca. El Tío Matías se levantó de la silla y apagó el pitillo en un cenicero que reposaba junto al ordenador. Luego, volvió a sentarse en la silla. – ¿Nunca habéis probado a contar historias en días tan grises como éste?. Os aseguro que es más divertido que escuchar cualquier relato que pegar botes al son de este cacharro. Y la atmósfera no puede ser mejor. Si queréis, yo os puedo contar una…                                        

Los jóvenes, todavía recelosos, aceptaron la propuesta y se sentaron en los sillones que había en la habitación. Sin embargo, el Tío Matías les pidió que lo hicieran en el suelo, junto a él. Los chicos le obedecieron. Fuera, la tormenta arreciaba, y ahora se podían escuchar los truenos que el sonido de la música había ahogado durante toda la tarde.

– Hace muchos años, una tarde de lluvia como ésta, hubo un entierro en el pueblo. La gente marchó desde la iglesia al campo santo, que entonces estaba detrás de ésta. Acompañaban el cortejo fúnebre los pocos familiares que tenía el muerto, el cura y el encargado del cementerio, que también era familiar del fallecido. Nada más introducir el ataúd en el nicho, un albañil, amigo de la familia, tapó la entrada con unos ladrillos, hasta que se pusiera una lápida. Acabado el trabajo, salieron todos del cementerio y el encargado cerró la puerta echando el candado a la cadena que rodeaba la puerta. – Un nuevo trueno, más fuerte que los anteriores, estremeció la habitación. – Ése ha “caío” cerca-, exclamó el Tío Matías, a través de la persiana de la ventana, que estaba parcialmente bajada, para amortiguar el sonido de la música. El anciano sacó de nuevo el paquete de Ducados, encendiendo otro cigarrillo al que dio un par de caladas, antes de proseguir su relato.                                      

– A los tres o cuatro días, la viuda fue al cementerio, atormentada por el dolor que tenía. Al llegar a la altura del nicho, encontró que faltaban muchos de los ladrillos que tapaban la entrada. Y no sólo eso. A pocos metros, junto a la entrada del patio de armas del castillo, encontró el ataúd de su marido, abierto de par en par. El cadáver estaba dentro, pero le faltaba un crucifijo que, según decía, le había regalado su abuela en su niñez. El crucifijo estaba bendecido por una santera de Olivenza y le había acompañado durante toda su vida. Pero las malas lenguas, y en los pueblos las hay por cualquier esquina, dicen que ese crucifijo lo quería un primo hermano suyo. Y, ya adultos, incluso llegaron a no dirigirse nunca la palabra, simplemente porque uno llevaba el crucifijo que el otro deseaba.-

Un nuevo trueno volvió a golpear la reunión mientras el aguacero arreciaba. Las gotas de agua impactaban contra la cortina, creando una sensación de agobio en el interior. El Tío Matías volvió a dar algunas caladas a su cigarrillo, observando las caras de cada uno de los chicos; todas ellas denotaban no sólo interés, sino también inquietud e impaciencia: inquietud por el relato, su contenido y su final; e impaciencia, por querer conocer cuanto antes el final. El anciano mantuvo el silencio mientras daba caladas al cigarrillo. Por encima de la cabeza de una de las chicas permanecía encendida la pantalla del ordenador, aunque en silencio. A través de ella aún percibía luces de múltiples colores que giraban sin cesar, creando una sensación de mareo de la que sólo se sintió liberado al retirar la vista del monitor. La lluvia seguía cayendo en el exterior. – Pocos sabían del tema del crucifijo salvo, lógicamente, la viuda. Y ésta, nada más salir del cementerio, acudió a la casa del primo de su marido, pues estaba convencida de que era el responsable del saqueo del nicho de su esposo. El primo vivía solo, en una de las últimas casas del pueblo, cerca de la ermita del Cristo del Humilladero. Al llegar allí, encontró la puerta entornada. En el interior, nadie dio señales de vida. Salió de nuevo y quiso la suerte que en aquel momento saliera la vecina de la casa de al lado, quien le comentó que el primo había salido aprisa y corriendo la misma noche anterior de la casa, como alma que lleva el diablo, y se marchó del pueblo sin más noticias. A estas alturas, a la mujer no le cabía duda de que el primo de su marido había sido el ladrón del nicho. Por ello, decidió denunciar el caso el día siguiente a la Guardia Civil, como intento desesperado por devolver la paz a su marido.-                       

La puerta de la casa volvió a sonar. Alguien pedía entrar, aunque la lluvia comenzaba a amainar y los truenos se escuchaban ya como ecos lejanos. Javier se levantó del suelo y se encaminó hacia la ventana. Abrió la persiana y comprobó que se trataba de otra vecina, que preguntaba por el Tío Matías, pues había dejado abierta la puerta de su casa. El anciano, no sin cierto esfuerzo, alzó su enorme cuerpo y se acercó hasta la ventana, para decirle a la vecina que no había problema y que, de inmediato, volvería a la casa. Ambos regresaron a sus lugares ante la insistencia del resto de los chicos. El Tío Matías, antes de sentarse, dirigió una nueva mirada al ordenador. Pensó para sus adentros que, por una vez, había conseguido derrotar a la máquina, y centrar la atención de un grupo de jóvenes, en lugar de un conjunto de cables, placas y chips incorporados. Incluso, una de las chicas había acercado un cenicero para que fumara con comodidad, lo cual recibió con sumo agrado.                                        

– Bueno, no voy a alargar mucho la cosa, porque la casa está abierta y la vecina puede volver de nuevo para requerir mi presencia.- Sus palabras sonaban a pesar, pues se estaba gustando, pero tampoco se veía capaz de estirar mucho más la historia.- La mujer acudió al día siguiente al cuartelillo de la Guardia Civil, que se encontraba en el pueblo de al lado, como ahora, para denunciar los hechos. Una vez expuestos los acontecimientos, acudió junto a una pareja hasta el cementerio. Los tres requirieron la presencia del encargado de mantener el campo santo, y accedieron al interior. Al llegar hasta el nicho, descubrieron con estupefacción que éste estaba nuevamente tapado, como si nada hubiera ocurrido. Bajo el nicho, había una pequeña espuerta con cemento y una paleta aún en el interior. Los guardias civiles miraron con recelo a la mujer, quien todavía no comprendía lo que estaba sucediendo. De pronto, fueron alertados por el encargado del cementerio, quien se había acercado hasta un recodo del castillo, donde se mezclaban algunos olivos con dos o tres melocotoneros y naranjos.- El Tío Matías apuró el cigarrillo antes de apagarlo en el cenicero y rascarse la cabeza, mientras los chicos le apremiaban a concluir la historia.- Los tres corrieron hasta donde estaba este hombre y encontraron a un varón colgado de uno de los árboles. La mujer le reconoció con prontitud: era el primo de su hermano. Uno de los guardias corrió hasta la iglesia para dar aviso al forense, quien debía ordenar el levantamiento del cadáver. Sin embargo, la mujer comprobó que, en una de sus manos, portaba la cadena de su marido; del crucifijo no había rastro alguno. Nada más levantarse el cadáver, tres horas después pidió al forense poder registrar el cuerpo del primo, sin encontrar ningún indicio del crucifijo. El forense ordenó trasladar el cadáver hasta el ayuntamiento, donde le realizaría la autopsia. En el cementerio quedó la mujer, con la cadena en la mano. Al marcharse los guardias civiles y el forense, cogió una piedra y tiró uno de los ladrillos de la entrada del nicho; luego, arrojó en el interior la cadena y volvió a tapar el agujero con otro ladrillo y cemento de la espuerta que había debajo del nicho. Ella sabía que el crucifijo estaba de nuevo en poder de su marido, y que, posiblemente, él se hubiera encargado de encontrar al primo, de llevarle hasta el cementerio, y de ajustar allí las cuentas con él, antes de descansar por fin en paz.                    

Los jóvenes permanecieron durante unos segundos con los ojos como platos, totalmente abiertos, aún sorprendidos por el relato que acababan de escuchar. La lluvia había cesado por completo y el Tío Matías entendió que era la hora de regresar a su casa. Los chicos le agradecieron el rato que les había hecho pasar. El anciano agradeció el gesto con una sonrisa, y Javier le acompañó hasta la puerta, bajando los dos las escaleras, que crujían a cada paso. El Tío Matías salió al exterior. El cielo permanecía cubierto, pero las nubes se empezaban a retirar de los montes cercanos. Una suave brisa golpeó a ambos, envolviéndoles con el olor de la tierra mojada. A lo lejos, retumbaban los ecos de la tormenta, que debía estar descargando en otros pueblos. El anciano cruzó la calle para entrar en su casa, cuando Javier le detuvo antes de abrir la puerta.                                         

– ¿No le importaría volver cuando quisiera para contarnos más historias como ésta?. Las puertas de la casa siempre estarán abiertas para usted.                                                                                     

El Tío Matías vaciló unos segundos, pero abrió la puerta de la casa. Antes de cerrarla, sonrió a Javier, calándose nuevamente la boina, tras llevarla en la mano durante unos instantes.                    

– Eso dependerá de lo alto que pongáis la música de ese cacharro.        

Cerró la puerta y Javier volvió a su casa. Entre las nubes que se levantaban de los cercanos cerros surgió el arco iris. El sol comenzaba a brillar después de la tormenta.       

20/06/2002

Escrito por

No hay comentarios.

Deja un comentario

Mensaje:

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies